fbpx
Saltear al contenido principal
El Engaño De Nuestro Nombre

El engaño de nuestro nombre

“What’s in a name? That which we call a rose
By any other name would smell as sweet.”

Shakespeare, “Romeo y Julieta”

En el inmenso árbol de la vida los pulpos figuran como una de las criaturas más extrañas. Gozan de una conciencia excepcional, aunque están lejos evolutivamente de cualquiera que alcance esa complejidad. Tiene tres corazones, son capaces de jugar a la pelota, emplean armas, evalúan escenarios, son capaces de abrir recipientes y han demostrado ser escapistas expertos de acuarios. Sin embargo, en ese árbol aparece una criatura todavía más extraña: nosotros.

Aunque decenas de animales emplean diversas formas de comunicación (la cola del perro, el baile de las abejas, los cantos de las ballenas y los pájaros) nuestro lenguaje alcanzó una complejidad que ni siquiera él mismo ha sido capaz de analizar por completo. Pasamos por la vida usando las palabras como muchos montamos bicicleta, es decir sin comprender la cadena de fuerzas que intervienen en cada una de los pedaleos. Más de uno se ha dado cuenta de que vivimos en un océano de letras y expresiones donde vamos arrancando de un lado y de otro para formar un ramillete, una simple frase que nos brindamos a nosotros o a los demás: desde “mi mamá me mima” hasta “el tiempo es la imagen móvil de la eternidad.” (Timeo, Platón)

Son varios los pensadores que consideran que al igual que la gran pregunta por el origen de la vida, donde ninguna estrella ha revelado media infidencia, la pregunta por el origen de nuestro lenguaje es casi tan misteriosa. ¿Qué ocurrió para que entre gritos y gestos fueron emergiendo gradualmente las palabras? ¿Cuántas cacerías fueron suficientes para que pasáramos de los gruñidos a los versos? Cuando se trata de cuestiones tan espinosas se suele señalar un período donde ocurrió el milagro, se apunta, además, las transformaciones de nuestra fisionomía y se estudia los vestigios de nuestros antepasados, pero el detonante principal resulta un misterio. Si mañana pudiéramos desentrañar los cantos de las ballenas y supiéramos que además de la cotidianidad del océano, también discuten sobre gramática y excelencia cetácea, quedaríamos pasmados. Con nosotros no ocurrió distinto: un sofisticado primate recibió un don verdaderamente divino, que superaba ampliamente su simple cotidianidad. Para sobrevivir requería, imaginemos, unos cuantos palos; le dieron, en cambio, mil bosques. Este don es tan asombroso que crea realidades, que crea también los engaños más sofisticados. Hay uno que me causa curiosidad, nuestro nombre.

Filósofos como Santo Tomás y Aristóteles (probablemente los dos mayores capitales del aburrimiento humano) han considerado que existe una cosa como la sustancia, que da cuenta de quienes somos cuando a nuestro alrededor todo cambia. Nuestras instituciones se levantaron bajo esa idea. Somos el asiento de nuestras ideas. Somos la expresión de nuestro carácter. Somos los dueños de esa conciencia, la expresión de esa alma, el hálito de ese espíritu; se piensa que mientras alrededor todo cambia algo persiste en algún lugar y de alguna forma. Explicado así pareciera que esta idea nació de la filosofía y llegó de contrabando al mundo, pero no. Son las diversas culturas las que recorren este camino, son las diversas lenguas las que suponen una propiedad que permanece en medio del inexorable cambio. A vuelo de pájaro se nota un consenso entre los pensadores y las culturas, sin embargo existen detractores, resulta importante decirlo.

Usamos nuestro nombre y pensamos que el nombre menciona una misma realidad. El orden de las vocales, consonantes y acentos nos induce a pensar que aquello que nombra guarda una misma estructura, pero no es así. Sabemos que a nuestro alrededor no sólo es el viento y el agua los que corren, es nuestro cuerpo, la aparición de nuevas emociones, la formación de recuerdos o la triste caída del cabello. Según las circunstancias nos invade ya sea el crecimiento o el deterioro, pero vivimos en el corazón del cambio. Nuestro nombre parece ser la respuesta ante una curiosa tendencia mental: somos rebeldes frente a las transformaciones y atribuimos una permanencia a ciertos componentes del mundo. Esta idea solo necesita que seamos descuidados en observar. Si somos suspicaces, y nada nos obliga a serlo, advertimos el engaño.

La literatura sí ha observado con detenimiento este tema, ha tomado esta idea, que en filosofía recibe el nombre de identidad personal, y la ha sometido a una serie de experimentos en un puñado asombroso de obras literarias. Esa sola voz que supone nuestro nombre. El alma que sueñan los teólogos. La sustancia que concluye la filosofía. Todo se desliza entre las historias para que ellas nos enseñen que somos diferentes (y al tiempo parecidos), que cambiamos (si bien se conserva algo) y que en determinadas circunstancias no nos reconocemos (aunque los demás de pronto sí). Es un problema arduo, lo sé, y la literatura lo muestra dejando claro que no tiene por qué saber su solución, si existe alguna, claro. Daré un ejemplo.

Entre las decenas de obras de Akutagawa hay una titulada “Kappa”. “Kappa” hace parte de los Yokai, esas figuras legendarias del japón que aparecen al pie de los arroyos o en la suciedad de los baños. El inventario de estas criaturas es un deleite para quien ama el reino de lo fantástico. Kappa es el nombre de una raza de criaturas casi siempre amigables, de no menos de un metro de altura, que tienen membranas interdigitales y una profunda hendidura en su cabeza, como si después de la frente siguiera un cuenco. En la novela un humano viaja a la tierra de los Kappa. Un Kappa lo roba. El humano lo lleva a la justicia. El Kappa reconoce el robo, pero dice que había robado para darle de comer a su hijo enfermo que, tristemente, falleció después. El juez sopesa la cuestión y libera al Kappa con un razonamiento salomónico: quien robo tenía un hijo, ¡cómo vamos a culpar a alguien que no! ¿Qué nos dice que es el mismo Kappa?

Imagen de “Coo” en la serie animada “El verano de Coo”

David Hume consideró en el siglo XVIII que la identidad personal era más un juego de palabras, una conveniencia del discurso que una realidad. Cuando nos encontramos con una persona de nuestro ayer, separados por varios lustros quizá, advertimos que tan profundo es el cambio, si bien andamos en búsqueda de patrones, de una similitud al recuerdo que conservamos en la memoria. Fernando Pessoa, el gran poeta portugués del siglo XX, supo que el verdadero arte de la creación no descansaba únicamente en la composición de escenarios y acontecimientos, sino en la formación de diferentes voces que, a su vez, se atrevieran a plasmar su peculiar perspectiva de la realidad y del arte, de Portugal y la modernidad, de la estética y la ética, del sentir del sol y el viento que pasa, de la muerte y el efímero placer que nos asecha. Sé plural, decía Pessoa; lo somos, más allá de que lo queramos. Cargamos un rótulo que persiste, eso es todo; ahora quién lo carga, eso es otro tema.

En uno de sus cuentos más notables (“A season of dibelief”), que también hace parte de “El vino del estío”, Ray Bradbury, el increíble Ray Bradbury, nos cuenta la historia de una señora que aprende de una manera traumática la difícil lección que le dejó su marido: somos los de este momento, no somos esa otra persona, esa niña, esa joven, esa esposa, esa madre. Resulta claro que necesitamos ese nombre, que ese nombre guarda una relación muy cercana con nuestro entendimiento, sin embargo su constancia, las mismas sílabas y el mismo acento, no tiene la última palabra sobre nuestra realidad.

El problema es que detrás de las mismas palabras pasa una corriente; el problema es que sin ellas nos cuesta mucho saber para de dónde viene, dónde está o a dónde terminará.

Crédito de la imagen: Levi Ackerman

Esta entrada tiene 3 comentarios
  1. Fernando. Gracias por su blog. Y en particular, por sus enseñanzas y pensamientos sobre el nombre, la identidad y el presente, a veces, tan difícil de asir, no obstante que es nuestro arraigo permanente.

    1. Fernando. En las nebulosas de la memoria guardo el recuerdo etéreo de las columnas del periodista Antonio Panesso Robledo, Panglos, leídas por consejo de mi abuelo.
      En algunas ocasiones su posdata era: Que hay en un nombre?. Y que hay en los nombres de tres de las seis mujeres más influyentes , a mi modo de ver, en política, arte, religión de nuestra sociedad occidental: Isabel la Católica, Isabel I de Inglaterra, Isabel de Rusia? Las tres restantes ya no Isabel: Leonor de Aquitania, Catalina de Rusia y Victoria reina y emperatriz.

      Su exquisita manera de divulgar además de que instruye, hace relucir gratos momentos y siempre reflexionar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba