fbpx
Saltear al contenido principal
Brian Selznick Y El Siglo De Oro De La Ilustración

Brian Selznick y el siglo de oro de la ilustración

Después de visitar librerías durante tanto tiempo es fácil concluir que vivimos en la época dorada de la ilustración. El pasado dejó nombres célebres, sin duda, la obra de Doré, Botticelli, Rackham, Tenniel, pero cuando entramos a la sección infantil de las librerías nos damos cuenta de que este gran legado ha sido verdaderamente fértil. En el pasado, esas secciones solían ser modestas y ocupaban unas cuantas estanterías, hoy la variedad y la calidad nos deja abrumados: son los formatos, el diseño, el juego entre el texto y la imagen, la misma impresión, el contenido, el estilo, y aunque estas no son las únicas obras ilustradas, es justamente en este género donde los ilustradores han encontrado un extenso horizonte donde desarrollar su creatividad. Quiero hablar de un caso en especial, Brian Selznick.

Retrato de Brian Selznick

Que somos criaturas visuales es claro, la misma Alicia se queja de los libros sin ilustraciones. Durante la infancia y a lo largo del proceso de convertirse en lector, el texto y las ilustraciones van alternando protagonismo, hasta que pronto la balanza se inclina hacia las palabras. En este caso es diferente. Entusiasta del cine mudo, Selznick ha explorado una forma de presentar su obra afín también a los primeros pasos del lector. Las ilustraciones ocupan las dos páginas de par en par. Las páginas pasan y, a la manera de una película de los veinte, la acción va sucediendo en las ilustraciones, los personajes son perseguidos, corren entre la estación del metro de París, se ocultan en alguna sala del museo de ciencia natural de New York y de repente, después de varias páginas, la serie de ilustraciones da paso al texto de par en par. En “La invención de Hugo Cabret” imagen y texto forman una misma historia; en “Wonderstruck” ocurre algo diferente.

Entre el protagonista del texto y la protagonista de la historia que muestra la imagen hay varias décadas de diferencia: del lado de las palabras nos cuentan la historia de un niño huérfano que va en busca de la memoria de su madre; del lado de la imagen es la historia de una niña sorda dueña de un talento maravilloso para los dioramas. El paralelo entre ambas historias es fascinante. Selznick nos conduce a la profunda intimidad de quien no escucha y a la zozobra de quien busca con afán quién es. El museo de ciencia natural, en medio de ambos periplos, empieza a revelar sus secretos más curiosos, con varias décadas de diferencia. Y el mundo de los dioramas nos guarda la exhibición de su máxima obra justo al final. Dentro de este siglo dorado uno de los mayores triunfos consiste en que una obra no siga los caminos convencionales entre las palabras y la imagen. Selznick lo hace en Hugo, pero da un paso asombroso en “Wonderstruck”. Yo no quiero preguntar qué hace en “La cabina de las maravillas”, creo que tarde que temprano me tendré que enterar.  

Crédito de la imagen de cabecera: Brian Selznick

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Fernando. Estupendo y totalmente desconocido para mí. Gracias por su ilustración.

    En mi niñez me acompañaron, entre otras: Las Mil y una noches, Rafael Pombo, La Alegría de Leer, La Cartilla Charry, Cuentos Colombianos de Mitología, y las enciclopedias: Lo sé todo, El tesoro del Saber y Atlas del Mundo.

    Y mejor crecer, mi padre y sus enseñanzas de los clásicos.

    Genial la oportunidad de las nuevas generaciones.

    1. Tuviste una fortuna asombrosa con esas lecturas, más aún con tu padre. En mi casa nadie leía y había muy pocos libros, una colección de cuentitos que mi hermana guardaba en una cajita, eso era todo. Yo miraba con envidia las enciclopedias infantiles y el libro de los Gnomos que mis amigos del colegio tenían.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba