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Ana Karenina Y El Cine, Segunda Parte

Ana Karenina y el cine, segunda parte

Continuamos con nuestro recuento de las diferentes versiones de “Ana Karenina” en el séptimo arte.

En nuestra última entrada hablamos de un puñado de películas que dejaron a un lado la atmósfera épica propia de la narrativa de Tolstói, por mostrar las tribulaciones de Ana y su relación tanto con su esposo como con su amante. Sin embargo, salvo la versión soviética, las demás adaptaciones no tocaron la relación de la otra pareja de la obra: Levin y Kitty. En esta segunda parte encontraremos una serie de apuestas que sí desarrollaron esta parte de la historia.

Quizá desde finales de los noventa la fotografía y la escenografía han adquirido un protagonismo incontrovertible. Las películas de época tal vez cuentan con un diálogo lamentable, quizá sus actores sean simples marionetas, pero habrá al menos una escena donde la fotografía deje pasmado al espectador. Las adaptaciones literarias también muestran esta ventaja. Atrás quedaron las viejas versiones de Orson Welles y de tantos directores donde cabía distinguir la triste calidad de la escenografía.  Hoy son los trajes, la decoración de los palacios, la puesta del sol, la fuerza de una tormenta. Es tanta la calidad de la fotografía que a veces termina siendo lo mejor de una película o de una serie. Esto nos da una clave para las últimas versiones de nuestra novela.

Porque la fotografía es una aliada de la sensación épica en el cine. La maestría en este arte contribuye de manera decisiva a crear esta atmósfera. Hace unas décadas se produjeron grandes épicas con costos desmesurados, ya fuera “Lawrence de Arabia” (Lean, 1962) o de la versión soviética de “Guerra y paz” (Bondarchuck, 1965), una de las películas más costosas de la historia y quizá la que necesitó un mayor número de extras.  Desde finales de los noventa era viable filmar una versión de Ana e incluir algunas escenas donde se representasen los pasajes épicos de la obra, sin incurrir en un presupuesto desmesurado. Veamos cómo les fue.

En 1997 salió a las pantallas la versión de Bernard Bose donde Sophie Marceau interpretó a Ana. La primera diferencia, frente a las otras versiones norteamericanas, es que el director desarrolló la historia de Levin y Kitty. Esto resulta fundamental para la novela. Tolstói cuestionó desde muy temprano la vida conyugal y en sus diarios y correspondencia escribió largamente al respecto. La lectura de la gran novela se enriquece justo por el contraste entre estos personajes: por un lado, nos muestra los estragos de la pasión; por otro, nos muestra las dificultades propias del amor frente a las añoranzas y la madurez. Levin resulta esencial para la historia de Ana; Ana, para la de Levin.

La película fue filmada en Rusia. Alfred Molina, mejor conocido por interpretar a Diego Rivera en “Frida” (Taymor, 2003), muestra el mejor Levin que he visto hasta el momento. El casting de Sophie Marceau es impecable. Su elegancia nada tiene que envidiar a las demás versiones, pero si bien su relación con su hijo es adorable, como claro el repudio hacia su esposo, su pasión por Vronksy resulta artificial; sin embargo expresa ternura como Vivien Leigh y, como Garbo, su rostro refleja profundidad. Bose inicia su versión con uno de los capítulos más celebres del ensayo autobiográfico de Tolstói titulado “Mi confesión”, donde se respira la atmósfera opresiva, propia de la depresión que atravesó el autor en la década de los setenta.

Sophie Marceau, Interpretando a “Ana Karenina” 1997

Cuando Joe Wright anunció su versión era claro que entraba en un territorio donde había alcanzado reconocimiento por “Orgullo y prejuicio” (2005). Desde el principio era evidente que buscaba filmar una versión distinta. Wright quiso mostrar una puesta sobre un teatro, quizá como una variación frente a las demás versiones, una apuesta que resulta difícil pensar a la luz de la misma obra o del pensamiento del autor, si bien es claro que el director goza de un margen de acción considerable en su versión.

El papel principal fue interpretado por Keira Knightley. Ni su tristeza, ni su pasión, ni su remordimiento, ni su ternura, logran levantar cabeza por encima de las versiones anteriores. Para los rusos y para los lectores de Tolstói es claro que Ana es un personaje absolutamente único, la suya es una hondura que no se atrapa en el ingenio de una conversación ni en una postura melodramática. Wright intenta lograr esto desde la fotografía, pero no lo consigue; las poses de Knightley no ruedan con mejor suerte; el guion de Tom Stoppard ensaya lugares comunes de las series históricas, la frase bonita y armada, que de tanto repetirse en diversos lugares aparece hueca.

La joya de la corona, sin embargo, es el actor que interpreta Vronsky, Aaron Taylor-Johnson , que nos da un Vronsky desabrido, por decir lo menos. Su triunfo consiste en conseguir que un personaje que no es muy profundo, que no es muy brillante, que no cuenta con un espíritu fuerte, sea todavía más superficial, aún más prosaico y que atraviese lo ordinario hasta la orilla de lo ramplón. Y lo consigue de una forma estrepitosa. La ventaja de tenerlo en el reparto es que los demás defectos de la película no se notan. Como actor de una de las versiones cinematográficas de una de las grandes novelas el señor Taylor-Johnson nos brinda, de manera ejemplar, un largo comercial de champú.

Keira Knightley , Interpretando a “Ana Karenina” 2013

La última versión que se analizará se titula “Ana Karenina, la historia de Vronsky” ( Shakhnazarov , 2017). En un principio fue una serie de ocho capítulos y, a partir de la serie, se hizo la película. De todas las propuestas está es, sin lugar a dudas, la más arriesgada.

Se une en un mismo film dos fuentes: la célebre novela de Tolstói y un relato sobre la guerra de Veresaev. Corre el año de 1904, Rusia enfrenta a Japón. Un joven médico atiende a una víctima de un bombardeo. Cuando termina la operación escucha el nombre, se trata de Vronsky, quien fuera el amante de su madre treinta años atrás, Ana Karenina. Mientras éste se recupera, Serguéi Karenin pide su versión de la historia.

Como resulta predecible a nivel visual y escenográfico la película aventaja por mucho a las demás versiones. En más de una oportunidad el director se demora en una toma solo para que admiremos la fotografía. El casting es impecable. Vronsky, interpretado por Maxime Matveïev, es capaz de mostrar dos momentos de la vida, uno que sabemos por la novela y el otro que aparece como parte de la libertad de la adaptación: mientras el primero sigue el modelo de Tolstói, el segundo muestra un personaje que ha superado esa trivialidad, que consigue un carácter, una hondura, que ha llevado a cuestas un remordimiento y un sufrir. Todavía no entiendo por qué, pero su perfil me recuerda a Richard Chamberlain.

Elizavet Boïarskaïa trae su larga experiencia teatral a una interpretación donde se reconoce la ternura, la alegría, la enajenación y la dignidad. El alma rusa vibra en su mirada. Me atrevería a decir que esta versión precisa que se conozca de antemano la novela, en la medida en que se cuenta la historia de una manera distinta a la cronológica. Como en tantas otras versiones no aparece la historia de Levin. Sin embargo, esta versión vale mucho la pena.

Elizavet Boïarskaïa interpretando a “Ana Karenina” 2017

Mireya Castañeda escribió su “ANNA KARENINA: Las versiones para cine” en el portal http://www.granma.cu/. Ella al final dio su veredicto: “Puestos a escoger. ¿Por cuál se decidiría? Mi voto particular está dividido: Garbo y Samoilova.” ¿Y el mío? ¿También está dividido?

Sí, de las versiones clásicas me voy por Samoilova; y entre las más recientes me inclino por la de Sophie Marceau, solo por tener la historia de Levin. Ahora que empiece mi cuarta lectura de Ana seguramente cambiaré de opinión.

Crédito de la imagen de cabecera: Fotograma de “Ana Karenina” 2017, Director: Shakhnazarov

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Fernando la amplia expresión que permite el lenguaje del cine, representación, narración, el mismo fin intrínseco que aceptamos al ver, oír, sentir un film, esto es, suspender la credulidad, mas no la verosimilitud, como bien lo dice usted, en sus dos magníficas reseñas de las más cercanas Ana Karenina, conllevan elecciones difíciles; es el contexto de las circunstancias?, o lo es el personaje?, pero es que Ana no es ajena, no es inmaterial, me atrevo a sentirla, como a otras y otros tantos de la literatura, seres con un presente continuo.

    El cine, también desde la década de los años diez, hace más de un siglo, creó lo que se conocerá como la star system; la primera, Asta Nielsen, danesa, en El Abismo; le siguieron los italianos con sus divas: Lydia Borelli, Francesca Bertini, Pina Menicheli; los rusos nos dieron las reinas de la pantalla: con sus tres Vera Orlova, Karalli y Kholodnaya; los estadounidenses las stars: Pearl White, Mary Pickford, Lilian Gish. En la década siguiente los suecos nos traerán a la inquietante Greta Garbo (no olvidemos en los treinta a Hedy Lamar en Extasis de Gustav Machaty) y más adelante nos regalarán a las espléndidas Ingrid Bergman, Liv Ullman, Bibi Anderson, Harriet Anderson, Ingrid Thurin, bajo la batuta del segundo, en mi opinión, en el cine Bergman (el primero F. w. Murray) y con la inigualable fotografía de Sven Nykvist, quien supo imprimir los sentimientos en las luces y sombras y hacernos percibir, luego en el color, la incomprensible condición humana, como en los rojos de Gritos y Susurros. Que calidez, que fríos, cuántas dificultades en el alma, los recuerdos, las nostalgias, cuántos temores vislumbrados, palpados en su fotografía.

    Pero como bien usted destaca, las actrices que han interpretado a Ana nos traen su esencia, nos hacen verla real. Sophie Marceau permite tocar la riqueza de su mundo, la música de Tchaikovsky, la magnificencia de los palacios rusos nos trasladan, con plena seguridad, a sus dudas, errores y fatalidad. La producción es grandilocuente, apasionada, vibrante.

    La apuesta teatral, de la película protagonizada por Keira, me agrada en su puesta en escena, diferente, exigente, un minimalismo que abre paisajes, que explora quizás más que imaginación, fantasía; aún cuando coincido en todo con su análisis de la parquedad de los protagonistas, incluido su malogrado esposo; parece que sus encarnaciones no pretenden incluirnos en sus vidas sino jugar con nuestra aceptación de su rol, de manera que siempre están en un papel.

    No conozco el tercer film, ni la serie que refiere como la más relevante por la mirada rusa que la define, gracias por traerla, la buscaré, sus recomendaciones son muy valiosas.

    Genial literatura y cine.

  2. ¡Qué repertorio tan extraordinario de actrices, Nazly! Me alegra que te guste tanto el tema. Sí, la historia del cine, en especial sus primeras décadas es en verdad apasionante. Y sobre las versiones de Ana hay mucho más que hablar, entiendo que pronto Netflix sacará una serie al respecto y, claro, yo no toque las tantas series que hay, puedes ver la versión rusa del 2017 en youtube, está con subtítulos en portugués, inglés y francés. ¡Vale la pena!

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