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Ana Karenina Y El Cine, Primera Parte

Ana Karenina y el cine, primera parte

La literatura se enriquece cuando el cine enseña una interpretación más de sus grandes obras, ya sea “Guerra y paz”, “Antonio y Cleopatra” o, en este caso, “Ana Karenina” de Liev Tolstói. Desde hace décadas la obra del gran escritor ruso se ha convertido en una fuente de inspiración para varios directores que han querido mostrar en la gran pantalla el rostro de uno de los personajes más célebres de las letras. Examinemos algunas de estas versiones y los desafíos que enfrentan.

A pesar de que “Ana Karenina” no narra las grandes batallas ni busca retratar la historia del pueblo ruso, se consigue respirar la épica, ya sea en las carreras de caballos, en las cacerías o en las jornadas de los mujiks. La obra no es solo el análisis de las circunstancias y las tribulaciones de un solo personaje, como es el caso de “Una vida” de Guy de Maupassant o “Madame Bovary”, sino un estudio sobre la aristocracia rusa y un retrato de uno de los personajes más cercanos al autor, Levin. Como narrador, Tolstói dispone de un lente gran angular y de una mirada escrupulosa e incisiva que revela las transformaciones psicológicas propias de la pasión. El primer desafío que enfrentan los directores descansa en responder qué estilo de película está a su alcance: un film que además de las tribulaciones psicológicas incluya la perspectiva épica u otro que deje a un lado esta perspectiva y prefiera exaltar las circunstancias de los protagonistas. Las versiones cinematográficas de “Ana Karenina” pueden distinguirse entre estas dos alternativas.

Nuestra primera “Ana” es Greta Garbo. La actriz que ganó fama en la década de los veintes interpretó a “Ana” en dos oportunidades: una bajo el nombre de “Love” en 1927, película muda que protagonizó junto a John Gilbert, y la otra en 1935, esta vez bajo el mismo nombre de la novela, producida por el gran David O. Selznick y dirigida por Clarence Brown. El rostro de Garbo alcanza una capacidad expresiva extraordinaria donde brilla la sutilidad del sentimiento.  ¡Qué importancia tienen los parlamentos, exclama la gran Norma Desmond en “Sunset Boulevard”, cuando tenemos rostros! Y no imagino un rostro más expresivo que el de Greta Garbo. Ambas películas optaron por centrar la trama en el personaje de Ana Karenina, dejando a un lado a  Levin y los aspectos épicos característicos de la novela. La adaptación es muy ligera, no resulta extraño el viejo estereotipo ruso y unas cuantas escenas humorísticas que a menudo pagaba el drama al cine de ese entonces. El peso lo lleva Garbo y por ella vale la pena esta película. Su sonrisa no está libre nunca de un asomo mínimo de melancolía.

Greta Garbo interpretando a “Ana Karenina” 1927

Nuestra segunda “Ana” es la protagonista de “Lo que el viento se llevó”, la extraordinaria Vivien Leigh en el año de 1948. La película sigue el mismo camino que la versión de Garbo: deja a un lado los aspectos épicos por mostrarnos los tormentos de una Ana mucho más dulce, de un rostro amable, tierno, que cuando entra a los momentos más profundos de la pasión parece arrastrada por un arrebato y, cuando cae a los abismos de la tragedia y el suicidio, se percibe una desilusión caprichosa, un poco infantil. Vivien Leigh infundió en su versión ese temperamento tan particular que la caracterizó. Como Ana los momentos donde gobierna el amor la ternura consigue una frescura extraordinaria, mayor que la de Garbo, pero cuando llegan la tragedia y el desengaño su tristeza no parece tan honda.

Vivien Leigh, interpretando a “Ana Karenina” 1948

Nuestra tercera “Ana” fue interpretada por Tatiana Samóilova en un film de Aleksandr Zarkhi de 1967. Las versiones soviéticas de los clásicos rusos, ya fuera “Guerra y paz” (Serguéi Bondarchuk, 1967), ya fuera “Crimen y castigo” (Lev Kulidzhánov,1970) son un modelo de rigor y exactitud. Existen directores que emplean las obras literarias tanto como punto de partida como  fuente de inspiración, pero siguen la obra tan solo en líneas generales y, en más de una ocasión, se atreven a remover partes fundamentales de su estructura, cambian incluso el final. La animosidad de varios espectadores resulta comprensible. En la segunda parte de este post les contaré la apuesta tan alta de la versión más reciente de “Ana Karenina”.

Tatiana Samóilova, protagonista de “Ana Karenina” 1967

En el caso de las versiones soviéticas se llega a un exceso de rigor frente a la obra. Tatiana Samóilova da una interpretación sobrecogedora de Ana, donde los detalles más mínimos son expuestos de manera magistral. Quien frecuenta la obra de Tolstói recuerda que la corporalidad de sus personajes es una de sus características más sobresalientes: son los gestos, la risa, el tono de voz, la manera de manejar las manos, todo. Esta película es una de las demostraciones más altas de transmutación que conozco: su realismo resulta estremecedor. Y la hondura de los pasajes finales, donde se percibe cierta locura en la más profunda de las tristezas, conmueven profundamente. Los soviéticos no escatimaron recursos en las versiones de Tolstói, sabían que Hollywood ya había filmado varias versiones y querían superarlos (y lo hicieron de una manera asombrosa). En esta “Ana” se respira el aliento épico, pero la interpretación y el maquillaje de Levin no contribuyen. En esta época la épica cinematográfica es una deidad poco misericordiosa: en la versión de “Guerra y paz” de Bondarchuk el triunfo fue absoluto según los críticos de cine más reconocidos; esta “Ana” no se acerca a estas alturas.

En la segunda parte examinaremos las versiones interpretadas por Sophie Marceau, Keira Knightley y la última versión rusa dirigida por Shajnazárov. Faltan más, claro. Se han rodado varias miniseries y películas para televisión, una en particular que siempre he querido encontrar, sin suerte, la versión dirigida por Simon Langton con las actuaciones de Jacqueline Bisset (¡!), Christopher Reeve (¡!) y Paul Scofield (¡!).

Crédito de la imagen de cabecera: Fotograma de la obra “Ana Karenina” de 1948, Dominio público

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Fernando, excepcional su conocimiento del alma femenina; su traducción de los gestos, sonrisas, desvelos, tristezas de grandes actrices que han encarnado a Ana, recaen en mi como una Ana verdadera, hallada por usted en la literatura, el lenguaje del cuerpo, la iluminación, la música y la fotografía del celuloide.

    La literatura, desde los años diez del pasado siglo, previos a la majestuosidad y vivacidad de los locos veinte, ha sido fuente de grandes producciones cinematográficas:

    En Rusia: El Idiota de Dostoievsky, La casita de Kolomna de Pushkin, dirigidas por Chardynin, El Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, dirigida por Meyerhold; de Tolstoi: El padre Sergio, dirigida por Protazanov, Anna Karenina, dirigida por Gardin, La sonata de Kreutzer también de Chardynin.

    En Japón Hosoyama llevó al cine Katiuska de Tolsoi y me parece que la tituló Resurrección.

    A su vez, en Francia, Capellani lleva a la pantalla a Hugo, Los Miserables, Notre Dame de Paris; de Dumas y Los tres mosqueteros, se encarga Pouctal.

    Que tal, de Italia, el clásico por excelencia, Comedia de Dante en el celuloide en 1911; Milton y su Paraíso Perdido en 1913, gracias a Bertolini y Maggi.

    Hasta Estados Unidos acogió a los grandes escritores de manera tan temprana: Enoch Arden de Tennyson por el también grande D. W. Griffith y a Thackeray el espléndido Porter.

    Mas regresando a Ana el ideal, como la Reina Cristina de Suecia, es Greta Garbo, merecido su homenaje al listarla en el primer lugar en la historia, no solo por la cronología sino por su permanencia real en el recuerdo.

    Gracias por su búsqueda y enseñanza de la literatura y del cine como artes hermanadas desde los pioneros del cine.

  2. Las adaptaciones soviéticas y las rusas son tan hermosas, es un cine tan distinto al cine hollywoodense y su ritmo frenético. Yo trato de ver cuánta adaptación literaria se cruce por mi camino, la verdad para nosotros, y te estoy incluyendo claramente, quienes amamos la literatura, es una oportunidad muy valiosa reconocer las afinidades entre estas dos artes, cómo el cine se arriesga a darle vida, voz, alma, a un personaje que tuvo su presencia en el mundo de las letras. La suerte que tenemos hoy es casi maravillosa: delante nuestro se levantan tantas y tantas versiones, que falta doblar nuestras horas ante tanta dicha.

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