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Ser Un Mejor Autodidacta

Ser un mejor autodidacta

Tanta es la complejidad delante de nosotros, tantas son las voces y los relatos, que no resulta difícil pensar que la educación formal no sea suficiente para todos los campos que abarca nuestra vida. No debemos confinarnos a los modelos tradicionales de la enseñanza. En ocasiones debemos andar por nuestra cuenta, ser autodidactas. Esta nota es un modesto inventario de estrategias.

Dentro de internet permanece abierto de par en par el mayor diccionario enciclopédico de todos los tiempos. La oportunidad que tenemos resulta extraordinaria, qué duda cabe, sin embargo hay una serie de problemas que ya hemos analizado en este mismo espacio (¿Ya leíste “La mente entre redes”?). Cuando somos al tiempo profesor y estudiante conviene decir que hay una serie de espejismos que crea la red.

La información pasa por un filtro, por una edición, donde lo más relevante resulta la cantidad de clics que se da en un portal, no tanto la pertinencia, las fuentes o la misma calidad. Luce suficiente, pero en muchas oportunidades no lo es. Ocurre lo que ocurre en muchos documentales, donde con el ánimo de mantener la atención, se arregla y se dispone la información de tal manera que se pierda casi por completo el rigor. No todo lo que aparece en los portales o documentales es verdad, por más que el tono aparente serlo. Suele ocurrir que el especialista queda completamente pasmado cuando escucha sus intervenciones en ese contexto. Aparece su nombre, sí; su autoridad en esa materia es reconocida, claro, pero a menudo la edición, la música y el contexto hacen de las suyas. Estas notas y estos documentales pueden ser un comienzo, pueden despertar ideas, dudas, pero salvo contadas excepciones están confinados al mero entretenimiento, por más que lo ambienten con música de noticiero. Lucen profundos delante de un titular, pero es preciso verlos con una pizca de sal. La mayoría prefiere simular un rigor que alcanzarlo.

” La información pasa por un filtro, por una edición, donde lo más relevante resulta la cantidad de clics que se da en un portal …”

Como divulgador soy un entusiasta de los grandes libros de divulgación. Pienso que en este territorio hay un espacio único para unir un discurso informado con la pedagogía, estuve a punto de decir arte, pero mejor dejemos la primera expresión. Una obra de divulgación no solo muestra un artículo o un ensayo, sino una mirada general, una forma en que se articulan los contenidos y se muestran con mayor claridad las analogías, las relaciones, las afinidades y la diferencia. Una revista especializada ofrece contenidos de tipo quirúrgico, atacan determinado punto. En un comienzo, repito, ayuda una mirada a gran escala. Lo que hizo Carl Sagan en su momento fue admirable. Podríamos hablar de Troyat, Bronowski, Will Durant o el mismo Stephen Jay Gould.

El lugar que las librerías ocupan es más importante de lo que parece: no son bodegas que guardan ejemplares exclusivamente. El librero es el punto de convergencia. A sus manos llegan tantos los libros como las solicitudes, la oferta y la demanda, pronto emergen unos títulos que quizá no tengan la última palabra ni la hipótesis más provocadora, pero que enseñan las claves de cierto tema con una claridad meridiana. Dar con una obra notable de divulgación no es sencillo, hoy abundan libros que quieren imitar el estilo cinematográfico y documental, que están menos interesados en la enseñanza que en el entretenimiento. La estrella polar del oficio es el rigor, pero bien vale caminar en pos de ella con alegría. La tradición del librero sabe quien ha obrado así.

El lugar que las librerías ocupan es más importante de lo que parece: no son bodegas que guardan ejemplares exclusivamente.

Hoy tanto las universidades como los medios de comunicación se les hace agua la boca cuando dicen “especialistas”. Bien vale distinguir entre las ciencias duras y las llamadas ciencias sociales. No deja de ser curioso que un especialista en Wittgenstein y otro en el linfoma de Hodgkin sean vistos bajo la misma lente. En las humanidades la mirada panorámica, capaz de integrar numerosos campos, no es accesoria. En las ciencias duras también se gana mucho con esa mirada, pero es evidente que donde más se obtiene es cuando se esmera en un determinado problema. Creo que se puede sobrevivir en las ciencias duras sin la mirada global; en las humanidades lo dudo. Tal vez sea una parcialidad hacia “el hombre de letras” como lo llamó Voltaire.

Durante años coleccioné “Historias de la filosofía”, y estudiaba el artículo dedicado a un filósofo en los diferentes autores, Hirschberger, Abbagnano, Copleston, etc. Soñaba con editar una historia de la filosofía con mis artículos predilectos. Como sería muy dispendioso entrar en detalles daré dos que admiro profundamente. Comenzaría primero con la de Bryan Magee, cuya obra y entrevistas marcan un hito en este campo. Sus diálogos son parte del tesoro casi infinito de Youtube. La siguiente no es sorpresa: “La historia de la filosofía occidental” de Bertrand Russell.

No soy historiador de profesión, pero en mi trabajo también he tenido la oportunidad de hablar de algunos de estos temas. Creo que tener una mirada general al principio contribuye a dar pasos más seguros en los temas particulares. Los historiadores a veces pecan por un estilo lerdo y perezoso, ya el gran Simon Schama se quejaba al respecto en uno de sus ensayos más lúcidos, “Clío está en problemas”. Hay tres historias universales que encuentro muy bien escritas: para comenzar desde lo más básico, la de Gombrich “Breve historia del mundo”; más avanzada, y de una exposición brillante, es la de H.G Wells, “Bosquejo de la historia universal”, (“An outline of history”). La última es más reciente, es “La historia del mundo” de J.M. Roberts.

En literatura me atreveré a dar una sola recomendación. No siga cronologías o escuelas, rastree los gustos de los mismos autores que a usted le gustan. Forme una red, la suya, y tarde que temprano esa red irá cubriendo espacios que jamás había imaginado… Le doy un ejemplo que me da cierto orgullo: mi amor juvenil por Nietzsche me llevó a Stendhal, Emerson y Dostoievski. Un día abrí una novela de Dostoievski y un personaje le preguntó a otro “¿Ya leyó Dickens?” y yo conteste “¡No!” y llegué a Dickens, de Dickens a Poe, de Poe a Sir Thomas Browne… De Emerson a Whitman, de Stendhal a Benjamin Constant… y así. No sabría cómo explicarlo, pero en el entramado apareció, recientemente, Juvenal. Hay muchas maneras de andar entre los libros, claro, pero esta, especialmente, me ha brindado muchas alegrías.

Crédito de las imagenes: pxhere

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