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Las Tristezas De Quererte, Bernard Shaw

Las tristezas de quererte, Bernard Shaw

Antes su nombre estaba en la boca de cualquier persona culta, los políticos más renombrados repetían su ingenio, los libros de curiosidades inventariaban sus anécdotas y la agudeza luciferina de la cual siempre hizo gala. El cine lo amó. Varias de sus comedias fueron llevadas a la pantalla, los actores acompañaban al genio en busca de una dedicatoria o un papel. Ganó un Óscar. Y ganó el Nobel. Como se inmiscuyó en las grandes peleas lo compararon con Voltaire. Como renovó el género teatral su nombre aparecía al lado del de Shakespeare. Fue corresponsal de Tolstói, recibió la admiración de Churchill y se convirtió en el portavoz más ingenioso de la comunidad vegetariana del mundo. Su nombre, sin embargo, ha ido desapareciendo poco a poco.

Bernard Shaw nació de una familia humilde en Irlanda en 1856. Su figura parece enraizada en el siglo XX, pero fue contemporáneo de Chejov y de Ibsen. Escritor tardío, primero inició escribiendo reseñas musicales donde su ingenio despertó algunas sonrisas. Su timidez no fue un obstáculo para convertirse en un afamado orador que hablaba de los derechos de las mujeres y de las necesarias transformaciones de la sociedad. Escribió novelas que ni siquiera en su tiempo fueron leídas; sus comedias, por el contrario, rodaron con mejor suerte. Como Jacques en Como gustéis consideró al mundo un teatro donde cada quien interpreta una parte. Shaw no dudó en escribir el libreto para su propio papel.

George Bernard Shaw 1890

El personaje se llamó G.B.S. Provocador hasta el colmo, hizo de su ingenio el arma predilecta para desnudar la hipocresía victoriana. A pesar de los siglos, la cultura del siglo XX había heredado un insufrible puritanismo que escondía en virtudes crímenes que se cometían a plena luz del día, a veces con la misma complicidad de los jueces, los fiscales y las mismas víctimas. A pesar de los entusiastas, el romanticismo también encerraba varios cadáveres en los sótanos, aromatizados con aceite de rosa, por supuesto. Rara vez la mordacidad de Shaw se dejaba sobornar. Unos sufrieron de la punta de las paradojas,| otros con la embriaguez de su ingenio, entre risas iba descubriendo las tantas vergüenzas de la moral de antaño y la soberbia de la moral moderna.

Lo leí con una asombrosa voracidad. Hoy recuerdo la alegría de esas horas, el ingenio capaz de darle una vuelta a los lugares comunes y devolverle al lector las mismas palabras bajo otro orden, con una sentido alegre, paradójico y provocador. Pocos compartieron mi admiración, pero no me importa, yo leía entre carcajadas el malestar de César acompañando a Cleopatra, el desconcierto de una pacifista que descubre que su esmerada educación fue pagada por la venta de armas, la sorpresa de Juana de Arco cuando, en el más allá, repiten el juicio por herejía y la vuelven a condenar. Mi obra predilecta es De vuelta a Matusalén donde Shaw expone su visión metafísica y desarrolla la trama a partir de los dilemas de una renovada mortalidad, la de permanecer vivo trescientos años o más. Si nuestra condición cambia de semejante modo, ¿qué ocurriría con nuestra sabiduría? ¿Qué pasaría con nuestra ética? ¿Hasta dónde duraría la llama de la pasión? Y no habló solo del matrimonio, por supuesto.

Después de leer varias de sus obras comencé a sospechar del estilo. A veces las ideas y las denuncias perdían justo por el afán de las bromas y las paradojas. Era como si la tentación de burlarse fuera irresistible. Era como si el malabar con las palabras fuera lo importante y no la comprensión de las mismas ideas. Dejé de leer a Shaw, pero no dejé de quererlo. Sus libros durmieron en las estanterías, pero nunca se fueron. Sabía que su alegría allí estaba. Y un día un ensayo de Jacques Barzun me recordó a ese viejo amor. Y de nuevo comencé con las comedias y continué con la gran obra que no había leído y de la cual más había hablado la crítica, Hombre y superhombre.

Encontré además un documental sobre Shaw donde él mismo aparecía hablando sobre su amor a los animales, sobre su recelo acerca de la sexualidad, sobre el feminismo. Aparecieron sus bromas. Aparecieron sus opiniones políticas. Y apareció su afinidad tanto con Hitler como con Stalin. Era él. Shaw habla de impulsar la muerte de cientos de personas con un nuevo mecanismo, que la ciencia debe inventar, un nuevo tipo de gas. Las democracias estaban destinadas a fallar donde sí triunfaría con seguridad la dictadura. En ese instante el olvido de Shaw cobró sentido. Por Hitler no sólo hubo entusiasmo en Alemania, hubo partidarios suyos incluso en Latinoamérica. Con la caída del Tercer Reich el entusiasmo cayó, pero no tardó en surgir de nuevo. Como la Unión Soviética triunfó en la Segunda Guerra, la maldad de Stalin fue maquillada por muchos comunistas que hicieron caso omiso de las barbaridades del Gulag y de la macabra hambruna en Ucrania. Aquí en Latinoamérica varias figuras lo apoyaron, lo apoyaron aun después de saber las brutalidades que había perpetrado. Pablo Neruda le escribió un elogio.

Fotograma de “Pigmalión” de Bernard Shaw por Jeff Berryman

Busco por doquier el momento en que se retractó. Pero no, nunca lo hizo. Leo el ensayo de Bertrand Russell donde establece una división para rescatar a Shaw de Shaw. Por un lado, está el escritor de comedias, por otro el amigo, a esos hay que admirar; el defensor de la tiranía solo merece el olvido y el repudio. Entiendo a Russell, pero tal división no es suficiente. ¿Qué ocurrió? ¿Hasta dónde su afán por el orden político lo sedujo a la dictadura? ¿Había alguna semilla en las obras que yo tanto he querido donde se advirtiera sus futuras posturas políticas? ¿Qué hacer con sus bromas ahora? Qué distinto hubiera sido si las hubiera escrito al principio, como aquella vez que un opositor le envió una carta que no tenía nada escrito en el sobre ni el contenido, tan solo una palabra: “¡Imbécil!” Y Shaw le dijo a un amigo, “qué raro, esta es la primera carta que recibo con remitente, pero sin contenido”.

Sé bien que un autor es más que una simple opinión, pero esta no fue cualquier opinión. Sé que en más de una oportunidad cualquiera cae en una trampa y el orgullo no ayuda a retractarse. Sí. Pero no sé qué hacer, por un lado está el hombre compasivo que pensaba que a su funeral asistirían todos los animales que se habían salvado por su dieta vegetariana; por otro está quien recibió las loas de los esbirros de Stalin cuando cumplió setenta y cinco años. El problema es simple: el acto final de una obra da la clave para entender los demás. Conozco el acto final, pero ¿qué hacer con los demás? ¿Será que así funciona la vida, que solo podemos juzgar el destino de alguien hasta saber el final, como piensa Montaigne?

Encuentro un ensayo en un libro de testimonios históricos, donde se apuntan crónicas de diversos períodos de la historia y encuentro el ensayo de Shaw sobre la muerte de su mamá. No comprendo la inclusión en la antología, pero lo leo. Shaw es la única persona en la cremación de su madre y tiene la oportunidad de ver cómo aparecen las llamas, como el cuerpo exánime va desapareciendo. Sale del lugar y regresa después de unas horas para recibir las cenizas. Las ve delante suyo y de repente imagina a su madre preguntándole: “¿En cuál de estos puñados de ceniza estaré yo?” Y en esa soledad Shaw ríe. Cómo quererte Bernard Shaw, cómo dejar de hacerlo.

Esta entrada tiene 4 comentarios
  1. Apreciado Fernando. Que controversial Saw, como su obra La Profesión de la señora Warren, quien pretende ganar respeto con la crianza y educación de su hija, con el dinero que le proporciona su oficio de directora de un prostíbulo. Gracias por el recuerdo de Jacques Barzun, en su gran obra: Del Amanecer a la Decadencia, Quinientos años de vida cultural en Occidente, uno de mis libros permanentes, cita a Saw en uno de los libros que releva usted en su blog, Hombre y Superhombre (1904): Tus amigos no son religiosos: solo arrendatarios de bancos de iglesia. No son morales: sólo convencionales. No son virtuosos: sólo cobardes. Ni siquiera son viciosos: sólo frágiles. No son artisticos: sólo lascivos. No son prósperos: sólo ricos; no valerosos: sólo pendencieros; no magistrales, sólo dominantes… Siempre los contrarios, los extremos. Quizás como el mismo Shaw.

    1. Qué alegría que seas una entusiasta de Barzun. Ya se ganó su lugar en mi escritorio, yo lo leí de tapa a tapa hace años, pero entendí que es fundamental volver siempre a sus opiniones. Por uno de los ensayos de Barzun, que encontré en otro lugar, volví a Shaw. Sin duda es un personaje que vive en la paradoja, yo todavía no doy crédito que semejante entendimiento tan profundo haya tenido esas opiniones al final de su vida. Quiero leer su biografía. Estoy terminando ahora “man and superman”, justamente.

    2. No conocía a Lord Shaw, el título del blog me llamo la atención y dejó la curiosidad de encontrar ¿por qué se puede querer a alguien a pesar de no compartir ideologías o simplemente la forma de ver la vida?.

  2. Gracias por tus comentarios, Sonia. Sí, con Shaw he tenido ese problema y aunque sé que no hay obstáculo para querer a quienes piensan diferente, existe algunas opiniones que necesitan una reflexión aparte. Ser entusiasta de Stalin o Hitler es una de ellas… Los entusiastas de Heidegger y Celine tendrán el mismo problema, me imagino.

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