fbpx
Saltear al contenido principal
Estupidez Y Felicidad

Estupidez y felicidad

En alguna oficina de algún sello editorial, después de la solicitud de gestión, del tinto aguado, de la logística incierta y las dudas y las peticiones, uno de los tantos ingenios se da a la tarea de diseñar un nuevo producto. Piensa: al mundo le gusta las confesiones, entonces una autobiografía. Piensa: la juventud adora tanto a los vampiros como a los zombis, ergo o zombi o vampiro. Mira al techo rascándose la barbilla, recuerda: La gente sufre una poderosa adicción por las “lecciones de vida”. ¿Qué se podrá hacer? ¿Qué se podrá mandar a escribir? ¿Vergüenzas de vampiro? ¿Confesión zombi? ¿Arquetipo zombi? ¿Constelaciones familiares de Transilvania? ¿Qué? No cuesta trabajo imaginar los escenarios de siempre: la rehabilitación, porque siempre se está en dificultades; el camino encontrado, porque odiamos la inevitable ambigüedad;  la verdad descubierta, alguna obviedad o tautología reescrita; y el corte espiritual, resulta imperativo evitar la palabra “religión.” Algo tendrá que enseñar los vampiros, es imposible que el único que enseñe sea el Conde Contar.

Después de Vlad “El empalador”, el Conde Contar.

Cualquier podría pensar que en la filosofía existen muchas posturas sobre la felicidad. Después de realizar una extensa investigación, F.C.Schiller concluyó que en filosofía sólo existen nueve ideas originales, que toda la filosofía es una variación de esas nueve ideas, que abren escuelas, levantan discusiones y continúan el curso de la gloria o de la reescritura. Sobre la felicidad, la filosofía ofrece obras capitales, pero quizá, por la consideración anterior, su número no es tan alto: los triunfos del epicureísmo, que durante años fueron objeto de toda censura, hoy tienen su mediodía; el estoicismo, que cuenta en su haber escritores excepcionales como Séneca, Marco Aurelio y Epicteto, hoy lucen anticuados y represivos; el escepticismo será motivo de un próximo diario de lecturas de la portentosa obra de Montaigne; la última escuela, el cinismo, es sin duda la más curiosa. El nombre de su fundador: Diógenes, el perro.

Desde luego existen mil y un posturas sobre la felicidad, uno de los encantos de la vida es recordar las diversas formas en que los demás buscan su felicidad y nosotros la nuestra: desde lo más ínfimo, que resulta a menudo lo más notable, hasta lo más grande, que parece para muchos único. Más allá de esta diversidad existe un enemigo en común: la rueda de la fortuna cuyas revoluciones dan y quitan, que no respeta reyes ni generales, cuyo paso cambia la tranquilidad por las desdichas, las desdichas por la ansiedad, la posesión por la nostalgia. La balanza no se equilibra: la infinita variedad de gustos enfrenta un mismo azar. No se trata entonces de una preferencia específica, la filosofía debe mirar con cuidado este azar: ¿qué respuesta darle? ¿cómo encontrar un bien seguro cuando todo puede cambiar?

Diógenes por Bastien-Lepage.

La fortuna nada quita a quien nada tiene. Nada pueden los terremotos ante quien solo tiene un tonel donde dormir. Nada pueden los ladrones contra quien anda desnudo y sin dinero por la calle. Nada puede el azar frente a quien capituló en todo. Diógenes vivía como un perro; esta es la etimología de la palabra “Cínico”. Sabemos de su biografía por otro Diógenes, que no debemos confundir, Diógenes Laercio, que redactó La vida de los filósofos más ilustres. Las anécdotas son ya legendarias: una mañana Alejandro le ofrece todo cuanto su tesoro ofrece, Diógenes le pide que se corra: está cubriendo el sol; en otra oportunidad Diógenes se estaba masturbando, las personas lo miraban con reproche, cuando terminó, Diógenes dijo: si tan solo se me quitara el hambre sobándome la panza… Cuando llegaban los extranjeros a visitar la solemne estatua de Zeus que había levantado Fidias, Diógenes les explicaba que la habían hecho en su honor. Hay muchas excentricidades en esta figura, pero más de una  verdad.

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Estimado Fernando. He leído en: Cultura Japonesa: Pensamiento y Religión de Federico Lanzaco Salafranca que el individuo japonés tiene dentro de su cultura: La no-felicidad; el concepto de felicidad no es significativo y el uso de los vocablos kofuku y shiawase no es cotidiano en su lenguaje.
    La búsqueda de la felicidad es ilusoria, mientras que la serenidad y la resignación resaltan como valores significativos, tanto como su amor a la naturaleza y respeto por lo perecedero, que es lo bello, como las flores del cerezo. Tal vez, en lo personal, una reflexión frente al estoicismo. Gracias.

  2. Ya estoy buscando los libros de Lanzaco, me parecen muy interesantes. Sí, la noción de felicidad en el Japón es muy distante de nuestra percepción convencional. Primero, por su falta de individualismo; segundo, como dices, por la prelación de la serenidad y la resignación. Sin embargo hay un concepto que ganó popularidad en occidente, pero que también ha sido muy importante al interior de la cultura japonesa. Se emplea a menudo cuando se habla de esta cultura y su reflexión sobre el buen vivir, mira que no escribo felicidad porque los dos sabemos que se puede prestar a malentendidos esta palabra. Se llama Ikigai. El libro clave al respecto, según Laura Imai, es el de Kamiya Mieko.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba