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La Mente Entre Redes

La mente entre redes

Cuando las líneas ferroviarias atravesaron por primera vez Europa no sólo se transformó la geografía, sino la psique humana. Las nociones de espacio y de tiempo cambiaron. Varios caminos y puentes quedaron a merced de la naturaleza. Surgieron nuevas oportunidades comerciales y aparecieron necesidades imprevistas. Comenzó a emerger una relación particular entre la máquina y las posibilidades a nuestro alcance. Me gustaría decir que con internet y la creciente digitalización que estamos atravesando vivimos un nuevo capítulo en la historia de las transformaciones tecnológicas. En cierta manera esto es verdad, pero en cierto modo no. El problema es que internet no es una cosa entre las cosas, los trenes y los aviones caben entenderse en la lógica de los caminos y las carrozas, la red, no. La red no es una poderosa máquina de escribir. La red tampoco es una biblioteca sofisticada o una bodega. Quizá esta transformación no la podamos comparar con las del pasado, como la invención de la imprenta o del computador personal. Esto es diferente.

Cuando entramos a la red, cuando enviamos un mensaje o un correo, cuando revisamos las redes sociales, cuando navegamos por los portales de información, ingresamos a un espacio en particular, un plano si se quiere, gobernado por otras leyes y otras dinámicas, donde tenemos una forma de representarnos ante nosotros y los demás. Y es extraordinario. Las comunicaciones y la información alcanzaron una velocidad casi absoluta. La capacidad de interacción se multiplicó de manera exponencial. El inventario se conoce de sobra. Sin embargo solo unos pocos conocen que cuando entramos, y mientras más permanecemos conectados, aparecen otros cambios: cambian nuestras expectativas, nuestras costumbres, nuestra capacidad para prestar atención y nuestra forma de relacionarnos con los demás. Dejemos de lado, por un instante, el contenido. Una persona puede pasar horas buscando bromas de gatos y mirando videos en los portales, preguntando sobre su hámster y dando su opinión crítica sobre los concursos caninos. No importa qué, mientras más permanezca, más arraigo tendrá el hábito de continuar conectado.

Así como un casino busca a toda costa que las personas no salgan, así en las redes la clave es mantener a la persona conectada el mayor tiempo posible. En los casinos se ofrecen bebidas gratis, se prenden las lucecitas de colores, se encienden las sirenas cuando alguien ha ganado, hay una atmósfera estimulante en cada esquina. En las redes están los titulares asombrosos, las noticias conmovedoras, el “feed” con las historias más recientes sobre los familiares o los ex novios. En los casinos la persona puede quedar durante horas frente a la máquina tragamonedas. En la red se trata de saltos, de vínculos que la lleven de un lugar a otro, no importa el contenido; la reflexión descansa, fundamentalmente, en cuál es el próximo paso, en cómo prolongar la cadena para mantener la navegación, de un lado a otro. Esto se sabe de sobra. En los periódicos los editores y los publicistas hablan abiertamente al respecto. A este fin se ajustan los contenidos, la escritura, la argumentación, el diseño, los titulares e incluso la misma ética. Este es el Moloc. Y si existe un Moloc, debe haber un sacrificio, pero ¿qué es lo que se sacrifica?

La atención

Dentro de los traductores de “Las mil y una noches”, el español Juan Vernet ocupa un lugar fundamental, su análisis sobre la composición de los textos incluye un conocimiento pormenorizado de la cultura del islam en general y… vibra el reloj: una carita feliz por un futuro encuentro… A diferencia del primero, Vernet decidió incorporar aquellas piezas que pertenecen al canon… mensaje: ¿vino blanco o rojo?… Blasco Ibáñez trabajó sobre la obra de Mardrus, que Vernet llegó a prologar en el año de… mensaje: ¿Qué pasó, amiga, se van a ver? Carita feliz.

Hoy la atención está asechada de manera constante. Se piensa que somos capaces de prestar atención a diferentes cosas a la vez, cuando en realidad ya existen, y desde hace mucho tiempo, numerosos estudios que concluyen que el “multitasking” no es otra cosa que un desgaste continuo de nuestra atención, ya de por sí limitada. La persona cambia de escenarios una y otra vez y esto le impide alcanzar una efectividad razonable en cualquier de ellos. Tal es el precio de estar conectado siempre. Tal es el precio del sistema de interrupciones constante en que vivimos.

Y la atención es la piedra angular de la pedagogía. Este es uno de los grandes triunfos durante el colegio. Muchas personas insisten en brindar contenidos “útiles” a los estudiantes, aspiran a que cuando culmine el bachillerato el estudiante sepa algo práctico que contribuya a su ingreso al mundo laboral. Aunque alcanzar este fin sea loable, es fundamental decir que en esas presuntas materias que a primera vista no muestran utilidad se cultiva la atención. Y si la persona es capaz de sostenerla durante más tiempo, la posibilidad de comprender aumenta de manera considerable. Si se entrena la atención se dará una herramienta imprescindible para adquirir cualquier tipo de contenidos en el futuro. La matemática, la música, la lectura, como señala Gregorio Luri, educan la atención. Por eso son imprescindibles. El olvido puede llevarse la trigonometría, las canciones de la región andina, los tormentos que vivió Arturo Cova, sí, pero la disciplina y la atención que forjaron será la clave tanto para el presente como para el futuro.

Con esta Tablet y con una buena conexión a internet su hijo tendrá una oportunidad maravillosa para la educación. Tendrá a su alcance las mejores enciclopedias, los contenidos más variados, los videos, las animaciones y las explicaciones de los mejores profesores. En un abrir y cerrar de ojos podrá acceder a todo cuanto quiera su curiosidad. Aquí los límites son pocos, ojalá hubiera tenido yo esas ventajas cuando estudié… Resulta tan atractivo este discurso, resulta tan sencillo y comprensible, solo imaginar que después de haber enfrentado durante siglos tantas limitaciones por fin podamos entregarle a una generación un portal donde, sencillamente, desaparezcan. Pero, preguntémonos por un instante, si la atención es una de las piedras angulares, qué es mejor, qué es lo que se necesita, qué la ayuda, qué no. Un simple cuaderno y un libro sufren limitaciones, cierto, pero en ocasiones las limitaciones son exactamente lo que se necesita.

Pero los desarrollos en pedagogía a través de la red han sido extraordinarios. Ahora con el Covid se ha visto cómo la digitalización mantuvo a flote la educación, que uno pueda ver conferencias en distintas partes del mundo, en diferentes idiomas, es asombroso. Se acceden a recursos notables, pero como todo está dispuesto a la interrupción, empiezan las notificaciones, las otras ventanas, las noticias de última hora, los titulares, las redes sociales y la atención va de un lugar a otro y Vernet y Mardrus y la cita y el vino y la carita feliz. Educarnos en emplear la red de la mejor manera es un desafío asombroso, en especial porque está orquestada para capturar y desviar nuestra atención una y otra vez, porque está orquestada para crear adicción, como las máquinas de los casinos. Con la creciente digitalización se ha creado un hábito que hunde sus raíces en los niveles más profundos. Este ha sido uno de sus triunfos incontestables para la red. Si una persona se vuelve adicta a un sistema de interrupciones, ¿qué pasará con su atención? Demos un paso más ¿Qué ocurrirá con su memoria?

La memoria

En un artículo publicado por El Tiempo titulado “La rebelión de los pupitres” el periodista Ernesto Cortés nos cuenta que “la Secretaría de Educación se impuso la tarea de recolectar, óigase bien, un millón de ideas sobre cómo debería ser la educación del futuro en Bogotá.” Hasta ahora, nos cuenta, se han recolectado 75.000 ideas, una cifra nada despreciable, donde sobresalen algunas que el autor trata con mayor cuidado. Quiero analizar dos: La primera es el rechazo a la vieja pedagogía que hace énfasis en la memoria, “en un mundo donde el racionamiento, el debate, el pensamiento crítico y la innovación se imponen.” Y la segunda es el bilingüismo, que debe ser un imperativo en la formación. Que los padres, los estudiantes y la comunidad en general tengan esta añoranza es completamente comprensible, pero la contradicción es grotesca.

Lo sabe cualquier profesor de idiomas, lo sabe cualquiera que ha aprendido otra lengua: qué otro camino hay si no es la memoria, qué otra manera existe de aprender el vocabulario, las declinaciones del alemán, los kanjis del japonés, los verbos irregulares tanto del francés como del inglés. No lo hay. El descrédito que sufre la memoria hoy es aterrador y, con seguridad, irá en aumento. Desde luego que se debe alentar una postura crítica por parte del estudiante, pero esto debe ser una etapa posterior; la educación inicia desde lo básico, desde leer sílaba a sílaba hasta completar las oraciones y más adelante un párrafo. El primer gran tramo a cumplir es la comprensión, sin este ¿qué crítica relevante puede haber? Y para comprender tanto la memoria como la atención son cruciales.

Año tras año la memoria va ganando este aspecto aterrador, casi monstruoso, la imagen del profesor de corte dictatorial que insiste en que la única manera de aprender es memorizar los contenidos. En el aula los estudiantes reclaman. El profesor los amenaza. Comienza la repetición sin sentido. El profesor los califica. Termina la jornada, se pronuncia línea a línea las definiciones. La obediencia ciega ha conseguido su victoria. Esta imagen caricaturesca ha contribuido a envilecer la educación de la memoria, pero si pensamos, y no se necesita detenerse al respecto, todo conocimiento que tenemos está entretejido en el manejo de ciertos contenidos, en tenerlos a nuestro alcance. Nuestra memoria resulta tan fundamental y profunda que modela nuestra misma percepción. Darle la espalda en la educación (y en general) es pagar un precio muy alto. Si se educara a las personas mejor en la memoria y por supuesto en la atención, el bilingüismo estaría a unos cuantos pasos. Si se educara mejor en la memoria, por fuera de esos estereotipos macabros, cuánto ganaría la comprensión, cuánto ganaría la misma crítica, la opinión. La memoria no es un adversario.

El malentendido es común, ¿qué sentido tiene memorizar cuando tenemos toda la información a nuestro alcance? ¿Qué sentido tiene saberse un número telefónico cuando ya están todos los datos en la memoria del celular? Detrás de esta opinión no solo descansa un facilísimo insufrible, sino una dependencia que amenaza convertirse en absoluta. Antes de recordar las personas ya están digitando las preguntas en el celular. Antes de hilar sus recuerdos ya están en Google, que, se dice, todo lo sabe y todo lo recuerda. Y así el entrenamiento de la memoria decae. Y qué es mejor, ¿saber inglés o usar un traductor digital? ¿Qué prefiere, tener los recuerdos de su infancia o tener una foto suya en el jardín infantil? Nuestra memoria no es una enorme gaveta con los archivos por orden alfabético, esto es una analogía completamente desacertada. Nuestros recuerdos están tejidos con nuestro razonamiento, con nuestras emociones, con nuestra identidad. ¿Es importante cultivar la memoria? Piense, ¿se alegrará alguien de perderla?

Nuestra memoria a corto plazo es limitada, podemos manejar con destreza un número determinado de contenidos, pero tan pronto sobrepasamos ese número, después de haber visto siete videos de diferentes temas, de leer la nota de Ernesto Cortés en la sección de “Bogotá”, de haber visto la publicidad de las camionetas, de haber cerrado las notificaciones del vencimiento del antivirus, de saltar a la cuenta de Instagram de Olivia Wilde, de escuchar una conferencia sobre “Las mil y una noches” es comprensible el desconcierto. No somos, ni podemos ser, consumidores ilimitados de información. Si se satura nuestra memoria a corto plazo, la posibilidad de que esos contenidos lleguen a la memoria de largo plazo es mínima. La saturación y la interrupción constante arrojan consecuencias claras en el entendimiento. Comienzan los olvidos, los pésimos hábitos en el estudio,  la fatiga intelectual y, finalmente, la ansiedad. Más y más personas son presas de un hábito que abre continuamente las esclusas a un torrente de información que, sencillamente,  sobrepasa a cualquier persona. Está la estimulación de las decenas de fotografías, de los anuncios de comida, de los videos de automóviles, están los portales de noticias que ahora son modelados no como un cuerpo de información confiable y crítico, sino como un magacín de variedades, que va desde los divorcios de las celebridades hasta los asesinatos, que va desde los cortes de luz en la ciudad hasta el horóscopo, desde el trino más insignificante hasta los índices de suicidio en la capital. Nosotros no recibimos la información a la manera en que la guarda un computador: cada nueva ventana es otra ruleta de las emociones, ambición, gusto, miedo, indignación, alegría, tristeza, deseo, en pequeñas dosis, las suficientes para convertir a la persona en esa esfera plateada que salta de un lugar a otro en la máquina de pin-ball. El cansancio es comprensible, pero como se construyó, en suma, una adicción,  se continúa una y otra vez, hasta que la esfera después de cientos de vueltas y estertores abre una red social. Y el juego alcanza otro nivel.

La libertad

Este artículo está publicado en la sección del blog de mi página, montaré el vínculo en mis cuentas de Facebook e Instagram y acompañará a los correos electrónicos que enviaré dentro de poco. Uno de los elementos más extraordinarios de la red es la infinitud y la diversidad de contenidos que recibe en su interior; los usuarios, más en las redes sociales, la nutrimos una y otra vez sin que importe la ideología, la trascendencia, la relevancia, la mezquindad, lo pertinente, lo irrisorio. Todo entra. Y dentro de semejante conjunto también tenemos nuestra forma de representarnos, contamos con una identidad digital expresada en diversas plataformas, creemos ordenar en las redes sociales una mecánica de contenidos según nuestras afinidades e intereses. Parte del encanto es que nuestra voluntad es respetada, tenemos voz y voto, somos artífices de cierta manera, pero de otro modo no. La complejidad no se trata de contenidos, sino de formas. Y el punto angular es nuestra identidad digital.

Esta identidad digital está expresada en diversas plataformas, ya sea nuestro alías en los portales de noticias, donde sentamos cátedra sobre el deber ser de la política; nuestro avatar en Youtube, donde calificamos el tutorial para preparar pasta; las diversas redes sociales, donde lanzamos nuestra postura de intelectuales, exitosos, atractivos, tiernos, amigables, depresivos, rebeldes o aventureros. Lo supo la sociología del siglo pasado, la obra de Bobbio examina esto con mayor atención, nuestra identidad no está cristalizada en nuestro cuerpo, avanza en espacios concéntricos, desde el lugar donde dejamos nuestra chaqueta cuando tomamos un café, hasta nuestra manera de mostrarnos en el mundo virtual. Y con esta progresión también avanzan nuestras emociones. Nuestra identidad digital está amarrada a ellas.

Y las cuentas de Instagram, Tik Tok y Facebook son una preocupación, son una fuente de alegría o tristeza, reclaman el reconocimiento de unos y otros y, en algunas ocasiones, más durante la larga adolescencia según Jonathan Haidt,  son la pieza angular de la identidad. Y el sismógrafo de nuestras emociones entra a una coyuntura con unas dinámicas absolutamente inesperadas. La cuenta de Instagram del futbolista portugués Cristiano Ronaldo alcanza los 251 millones de seguidores, ¿cuántos mensajes recibirá después de cada publicación? ¿Qué pasará cuando comenta una imprudencia o un error? Lo más probable es que sea un tercero quien administre esa cuenta, pero si el mismo futbolista la revisa, ¿estará su sensibilidad preparada para semejante caudal de juicios? Ahora imaginemos la cuenta de una niña en Instagram con veinte seguidores, que está aguardando que su publicación tenga al menos algunos comentarios y un par de likes, qué expectativas comenzará a tener, qué querrá.

La conjetura no es absurda, querrá, como el futbolista, tener más seguidores, así de sencillo. El reconocimiento es un objetivo natural del ser humano, lo supimos desde el mismo Platón. Y para tener más seguidores tendrá que aprender más de las dinámicas de las redes (qué gusta, qué no, qué imitar, a qué hora publicar, con quién aliarse, con quién no) y para aprender más sobre las dinámicas de las redes tendrá que pasar más tiempo en ellas y cuando pase más tiempo en ellas, más cultivará el hábito de permanecer en el sistema de interrupciones. El camino a la adicción está a la vuelta de la esquina y, como miles ya están adictos, nada se notará. La media de nuestra estadística no se despega del celular.

Hay una frase de Goethe que siempre me ha parecido de una sabiduría asombrosa, “que no hablen de libertad quienes no se saben gobernar a sí mismos.” Desde hace décadas el conocimiento para producir adicciones se incorporó a la composición tanto de las redes sociales en particular como de la red en general. Cuando algunos de sus artífices aparecen diciendo que nada sabían al respecto están, simplemente, mintiendo. Mintiendo. Esto no fue una casualidad. Sus cuentas bancarias así lo informan. ¿En manos de quién debe quedar la formación para saber usar las redes, con sus asombrosas ventajas, sin caer en las dinámicas de la adicción? ¿Quién debe velar porque la atención cuente con la protección necesaria para adquirir de manera eficaz los contenidos? ¿Quién cuida que estos sistemas sean éticos en la construcción de hábitos? Por ahora sólo hallo una respuesta: la de Goethe, el individuo, el gobierno de sí.

Pequeña bibliografía

  • El artículo de Ernesto Cortés lo puede leer por entero acá: https://www.eltiempo.com/bogota/voy-y-vuelvo-550259
  • El trabajo de Nicholas Carr es clave sobre las dinámicas de la red. En español se conseguía hace unos años, “Superficiales” bajo el sello Taurus.
  • Una obra sobre la atención que reúne muchos de los estudios más recientes al respecto se titula “Deep work” de Carl Newport
  • “El libro de la memoria” de las hermanas Ostby, está editado por Ariel.
Esta entrada tiene 4 comentarios
  1. Interesante articulo. Me encantaría conocer su posición sobre el gran poder de estas redes y su alcance. Ejemplo prefecto el de Twiter y de Facebook de “vetar” y cerrar cuentas – como lo hicieron con la cuenta de Trump….

    1. Hola Isabel, me alegra que te haya gustado el artículo. Entiendo la coyuntura tan complicada que está atravesando EEUU, pero se cruzó una línea de la cual no habrá marcha atrás. No tengo ni idea qué ocurrirá al respecto. Ya cuando se sumó amazon, google, la fuerza es casi incontestable. Yo creo que suele olvidarse que estas redes son privadas, que uno firma un contrato (que jamás lee, claro), y que deja los datos a disposición de terceros. Lo que quedó de manifiesto es que incluso un presidente puede quedar arrinconado por esta fuerza, más allá de cualquier opinión que se tenga sobre lo que haya hecho o piense hacer. Esta vez la libertad de expresión no quedó vetada por el gobierno, sino por los mismos agentes privados, que alcanzan una fuerza que no alcanzamos a comprender.

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