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Alberto Durero: Animales, Paisajes, Curiosidades

Alberto Durero: animales, paisajes, curiosidades

A lo largo de sus viajes a Italia y alrededor del Norte de Europa, en medio de las caravanas y los caminos, Durero inició una colección de imágenes. Suyos encontramos paisajes, acuarelas de pueblos, dibujos de montañas. Durero y Leonardo no escaparon del embrujo de la naturaleza. Para la curiosidad de Leonardo resultaba inevitable internarse en los bosques y en las cavernas, y tomar apuntes de la mejor manera que pudiera: dibujando las costas, las corrientes del agua, los huesos de un oso, los pétalos de una flor. Para Durero la curiosidad también fue la guía. A menudo se considera que con sus acuarelas buscaba guardar una serie de imágenes que más adelante servirían de escenario para sus grabados. Más allá del destino que les hubiera dado, hoy sabemos con precisión que son obras terminadas, que valen por sí mismas, que, junto a los dibujos de Leonardo, son los primeros paisajes que conservamos en la historia del arte occidental. Pero el embrujo de la naturaleza no termina ahí.

Sabemos que Durero contrajo una peligrosa enfermedad cuando viajaba para mirar una ballena encallada, la marea le arrebató la oportunidad. Durero pintó liebres, monos, morsas, cacatúas, papagayos, gatos, ciervos, rinocerontes, cabras, entre otros. Sabemos que del mismo modo que las acuarelas le sirvieron para modelar los escenarios, así también los dibujos de animales le servían para sus grabados: la estampa de la virgen no perdía mucho si a sus pies aparecía un mono. Sin duda el gusto del público no sólo quería las imágenes convencionales; se había descubierto el nuevo mundo, había rumores sobre los prodigios de las nuevas latitudes, y el grabado se reproducía a la velocidad de la misma inquietud. Durero trabajó en una de sus estampas más famosas: el Rinoceronte.

Desde la antigüedad un rinoceronte no llegaba a las costas europeas. Durero lo pintó según las descripciones de un observador que tuvo el privilegio de ver al animal. El rinoceronte llegó a Portugal y sería enviado al papa como un regalo: el pobre naufragó en el mediterráneo. Durante décadas el grabado de Durero fue la imagen por excelencia toda vez que alguien pensaba en el rinoceronte: la figura es preciosa, pero por favor mire con detenimiento los ojos; la solemnidad resulta indiscutible, pero ¿ya se fijó en los dos cuernos que tiene? Desde luego no faltan imprecisiones, no importa, este grabado es una de sus obras maestras.

La liebre es la predilecta de muchos y no sin razón. El paso de los años la ha convertido en un ícono del arte occidental. Nadie antes de Durero había pintado algo así, ni siquiera Leonardo. Existe una serie de teorías sobre cómo pudo pintarla con semejante detalle, algunos insisten en que la liebre estaba viva y la memoria de Durero la capturó en cada detalle; otros en que la liebre fue atrapada y Durero la pintó en su estudio. Más allá de estas discusiones, esta obra muestra todo cuanto alcanza Durero. La composición es de corte casi científico, la Liebre es una obra terminada, no es una nota ni un boceto ni una preparación. Los tonos del pelaje, oscuros, claros, casi dorados, la silueta de las orejas, la paticas juntas, algo tensas, la mirada que encierra un curioso brillo (algunos dices que es el reflejo de una ventana), los bigotes, la sombra tímida. Pareciera una fotografía, pero no solo por el detalle.

Qué hubiera hecho Durero si hubiera alcanzado a ver la ballena… qué hubiera hecho.

En la imagen de cabecera: “Lago en el bosque” Alberto Durero

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