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Alberto Durero. Los Autorretratos

Alberto Durero. Los autorretratos

Alguien decía que el primer asesinato en un autobiografía es la verdad, cuál será la primera mentira en un autorretrato, qué habrá de falso, qué habrá de artificial ¿Qué necesidad mueve a un artista que trabajaba por el dinero y perseguía llegar a la corte a detenerse por un momento y mirarse al espejo y pintar? No pintarse como un personaje más en una enorme narrativa, como lo hicieron Rafael o Botticelli, no,  pintar un retrato de sí mirándonos de frente, evocando la mirada y el aspecto de Jesús. De Durero (1471-1528) conservamos cartas y algunos poemas, contamos con el testimonio de varios de sus corresponsales; nada hay tan elocuente como su imagen, nada tan enigmático.

Durero proviene de una familia de orfebres en Nüremberg. La ciudad era tan celosa con las técnicas de sus artesanos que había que consultar a las autoridades antes de viajar, se temía que los extranjeros aprendieran los secretos del oficio. El talento de Durero apareció muy joven, su primera obra maestra es su autorretrato a los trece años. Los trazos que forman los plieguen son suaves, casi tímidos. Salvo por la atención de la mirada el rostro aparece inexpresivo. Con algún cuidado se alcanza a ver el titubeo de la pluma: en el dedo de la mano, en la silueta del gorro; los juegos entre la luz y la sombra le dan mayor relieve al rostro que a la camisa, la pluma pareciera tranquila en el cabello, pero solo en un lado. Seguimos el índice y la mirada atenta: y el reflejo que imaginamos a un lado no es distinto de cuanto vemos.

Unos meses después Durero parte para Italia. En el norte de Europa los artistas alcanzaron una maestría pintando la piel como pocos, manejaban cada detalle para darle más profundidad a la mirada y unos tonos más cercanos a la naturalidad de la piel; la composición del cuadro, sin embargo, no era la más cuidadosa. Los colores de los Venecianos y la perspectiva que los artistas italianos ya manejaban con exactitud, era casi un nuevo nacimiento para cualquier artista.  Durero aprendió, incluso trabó amistad con uno de los grandes pintores del período, Bellini. El embrujo de Italia fue parte fundamental de su vida, y sería un aspecto esencial de la cultura alemana. Allí el arte había ganado el horizonte que los humanistas ya habían conquistado. De vuelta a casa pinta otro autorretrato.

En el fondo están los Alpes, que recuerdan su viaje al sur. El pintor no luce como un artesano o un orfebre, está arreglado con sumo cuidado, desde los guantes hasta el cordel de la capa. La barba y el copioso cabello son jóvenes y brillantes, la mirada se muestra tranquila, segura; la boca, si se mira bien, es la misma de aquel niño frente al espejo. El artista comprendió en su trascender la esfera de sus padres y los artesanos. Ahora en su lenguaje se acerca al enigma fascinante de ser quien es.  

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Fernando. Excelentes sus notas. Gracias por sus enseñanzas.
    Durero ese afable y distante desconocido, suave, enigmático, imposibles de desentrañar sus autorretratos, inolvidable la sensación frente a su mirada.

    Mil gracias.

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