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¿Presionarías Ese Botón?

¿Presionarías ese botón?

Caminas casualmente por la calle, adviertes, pegado a un semáforo, el botón para reiniciar la sociedad. Tienes la extraña certeza de que si lo presionas servirá. Comienzan a desfilar las ideas por tu mente. Piensas en el daño ambiental que ha ocasionado nuestra especie. Piensas en las desigualdades sociales, en los estragos de la pobreza, en el daño de la corrupción, en las excusas ridículas para la guerra, en la mezquindad, el maltrato y el abuso a las minorías. Incluso suena la tonada de una canción.

¿Vas a presionar el botón? Pero ¿en qué se va a transformar la sociedad? Sabemos que hay planes y que a lo largo de la historia varias personas han reflexionado al respecto. Esos planes y esa experiencia de todo cuanto ocurrió sobrevivirá. No se sabe, eso sí, si los proyectos se van a poder llevar a cabo o en qué medida consiguen alcanzarse plena o parcialmente, tampoco si habrá un consenso para intentar materializarlos.  Entonces, ¿qué haces? ¿lo presionas? No es una decisión sencilla, lo sé.

Imaginemos qué hubiera hecho otra persona. De pronto eso ayude.

Si Arthur Schopenhauer estuviera en tus zapatos ni siquiera se tomaría la molestia. Según el filósofo alemán la historia no es otra cosa que una sucesión de tragedias donde lo único que cambia es la indumentaria, pero el libreto sigue igual. No serviría de nada reiniciar la sociedad, los protagonistas no demorarían en aparecer y cada uno de los agentes cumplirían la macabra cita sin falta. Ahora, si el botón fuera a terminar la misma vida, yo creo que Schopenhauer dudaría un rato por la música, por Shakespeare y los perros, (su perrito se llamaba Atman), pero lo haría. Si crees como Schopenhauer que la vida no debió haber sido, reiniciar la sociedad no arreglaría absolutamente nada. Pareciera exagerado citarlo, pero hay personas que hoy creen eso. Si te interesa la filosofía no dejes de leer su ensayo sobre el suicidio, (me voy a permitir arruinarte el final: uno pensaría que suicidarse sería una solución, pero no lo es.)

Según Fernando Vallejo la criatura humana es caprichosa, solapada, mojigata, ingrata, idiota, ingenua, grosera, hipócrita, miserable, mentirosa, manipuladora, deshonesta, asesina y, en casos realmente productivos, cumple toda esta lista en un mismo fin de semana. Estos atributos se notan con mayor claridad en las instituciones, ya sea la podredumbre perpetua de la política o la interminable descomposición de la religión. La ciencia tampoco se salva. Según Vallejo, adora ídolos falsos: ya sea Darwin, Newton o Einstein. Yo creo que he leído la mayoría de sus libros donde aparece esta desilusión constante por el mundo y su afán de exhibir sus vergüenzas. Los cambiaría todos por un simple ensayo, “Los impensados caminos del amor.” Pero me desvío. No sé si Vallejo presionaría el botón de reiniciar la sociedad, de pronto sí presionaría un botón que terminase con la humanidad, pero estoy seguro (y lo estoy por ese ensayo), de que no presionaría el botón de eliminar la vida.

No sé si te habrá ayudado estos dos ejemplos, la cuestión continúa tal cual: presionas o no. Se necesitan más precisiones, es evidente. Aquí van: sobrevive la ciencia y la tecnología que hay en el momento exacto en que presionas el botón, ahora que se mantenga o se destruya eso ya depende de la sociedad que emerja. Están los planes e ideologías que diferentes frentes políticos han urdido a lo largo de la modernidad, también las personas que los defienden. Sobrevive el recuerdo del pasado, pero se disuelven las estructuras del presente, entiende la palabra “estructuras” en el sentido más amplio que puedas imaginar, económicas, culturales, religiosas, académicas, etc. Eso sería presionar el botón. Ese fue el que presionó durante la Revolución Francesa, Robespierre.

Los planes del comité de Salud Pública durante la revolución francesa fueron extraordinarios, incluso la constitución que escribieron fue uno de sus logros más asombrosos. El botón que presionaron reiniciaba la sociedad por fuera de los caprichos de los reyes y las tonterías infinitas de la aristocracia, por fuera de la tradición religiosa y sus maldades soterradas, por fuera de la injusticia y la mezquindad que durante décadas había impuesto el hambre al pueblo de Francia. Transformaron la economía y la educación. Sustituyeron a los santos de las iglesias por los bustos de Rousseau y Voltaire. Cambiaron el nombre de los meses del calendario, que no eran sino un eco de tiranos del pasado: Augusto, Julio, Octavio. Mudaron el atuendo convencional mandando a la quiebra al gremio de las pelucas (extrañamente el único que las seguía usándolas era el mismo Robespierre). El comité de salud pública oprimió ese botón y de qué manera. Y, para reemplazar los crímenes del antiguo régimen, mataron a miles. Fueron tantos que las guillotinas perdieron el filo. En Lyon, por ejemplo, resultó más eficaz atar a las personas como espárragos y dispararles con cañón.

A lo largo de la historia han sido varios los líderes religiosos que han enfrentado la misma disyuntiva, sin embargo no han querido tanto reiniciar la sociedad como devolverse a determinado momento. Los más tímidos se conforman pronunciando elogios, hablando de qué tan extraordinario fue ese pasado, de qué tan maravilloso sería vivirlo de nuevo, pero no se arriesgan: sus palabras viven en la leyenda y en la melancolía. Lo más radicales, en cambio, sí quieren presionar el botón: de un lado, existen quienes permanecen en la sociedad buscando la manera en que se materialice su enseñanza; del otro, existen quienes sencillamente parten y llevan su comunidad por fuera de los núcleos urbanos olvidando la marcha del progreso, impidiendo cualquier comunicación. La mayoría de estos movimientos entienden este cambio como devolverse a un punto en un pasado casi siempre imaginario. Es preciso decir que muchas sectas han empleado este romanticismo para reclutar y explotar a sus miembros. No todos han obrado de esa manera, pero un buen número sí.

Por un momento pensé en darte más ejemplos históricos, ya quería hablar de los zares y la revolución rusa o de la restauración Meiji en Japón. El párrafo dedicado a Tolstói lo borré a regañadientes; en suma, el gran novelista entendió que reiniciar la sociedad pasaba, principalmente, por ser radical en la transformación de sí mismo: no sobra decir que fracasó muchas veces. Me parece oportuno adoptar otra perspectiva: hacer un último “experimento mental”, (me encanta la expresión alemana “Gedankenexperiment”, que tiene más una connotación científica, claro) antes de que pronuncies tu respuesta. De pronto será la misma que se te ocurrió en un principio, eso no lo sé.

Tienes que apostar, no hay remedio. Tienes a tu cargo la vida de una persona que no está relacionada -de ninguna manera- con la tuya. No sabes ni su situación social, ni su color de piel, ni su postura religiosa, ni su orientación sexual. Sale de nuestro ejemplo a tus manos con veinte años. El propósito de la apuesta es que escojas donde podría vivir la vida más plena, sin saber ninguna de las características que tendría. En ese casino imaginario estarían todas las épocas de la humanidad…

A un lado está la época de Heian en el Japón donde la literatura de esa lengua llegó a sus cumbres más altas y las mujeres se ennegrecían los dientes para lucir más sofisticadas. Al otro está la época victoriana donde los trenes comunicaban como nunca a los países de Europa y los niños pobres en Londres deshollinaban chimeneas, muriendo, la mayoría, de cáncer de pulmón. Al fondo está el primer período de los mayas, en Tikal, en Guatemala, con una civilización asombrosa que construyó pirámides y templos, donde los perdedores del juego de la pelota eran sacrificados sin titubeos. Está el Renacimiento italiano, su apogeo artístico, las decenas de torturas, masacres y guerras. Está la China de Confucio y de Lao Tse, donde la mujer estaba supeditada, por principio, a su padre, a su esposo y a su hijo mayor, y una de las prácticas más tempranas era deformarle los pies.

Está tu época, hoy: la posibilidad de que te salves de una apendicitis y la tasa demográfica más alta de todos los tiempos; la mayor expectativa de vida jamás alcanzada y el daño ambiental más profundo. Una inequidad que va de la miseria de millones hasta la riqueza más atroz. De un lado la desnutrición, del otro la obesidad mórbida. Se encuentra el emporio más grande del entretenimiento y la cultura; existen, también, miles de campos de concentración que ejecutan millones de animales a diario, torturándolos de la peor manera y no, no es una exageración. Se cuidan las obras más célebres de la historia; se guardan, asimismo, miles de ojivas nucleares que amenazan destruir todo por completo. Desde tu perspectiva puedes extender a tu antojo este párrafo.

De la vida que tienes en tus manos no sabes nada, solo que tiene veinte años y que tú puedes escoger dónde aparecería. En esa mesa imaginaria rodará la ruleta y se ensamblará cada determinación de su destino: si es saludable, si es extrovertido, si es brillante, si su orientación sexual cumple las expectativas dominantes de ese período y ese lugar, si sus creencias son afines, si no lo son. Más allá de cuánta historia conozcas, ¿dónde quieres apostar? Más allá de esa respuesta, ¿cuáles son los criterios básicos que ese lugar y ese período debería cumplir? ¿Hay alguno que los cumple? ¿Cuál se acerca más? Tiene que ser de la historia, nada vale en este ejemplo ni la teoría ni la especulación. Recuerda: tú escoges la mesa; la ruleta, su destino.

Pero ¿qué relación existe entre los dos experimentos mentales? Me encantaría explicártelo, pero no es necesario para responder.

          Caminas casualmente por la calle, adviertes, pegado a un semáforo, el botón para reiniciar la sociedad. Tienes la extraña certeza de que si lo presionas servirá. Comienzan a desfilar las ideas por tu mente…

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