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Shakespeare Y El Cine

Shakespeare y el cine

Quizá sea un ejercicio inútil pensar en el embrujo que Shakespeare causó a sus contemporáneos. Para nosotros las referencias exigen extensos y aburridos pies de páginas, para ellos eran su voz a voz. Las bromas y los modismos que nos explican los comentaristas debieron fluir sin mayor dificultad. Es claro, una parte de Shakespeare está atrapada en el tiempo y aunque la erudición ha conseguido desentrañar los significados y las alusiones, lo consigue a cambio de perder la naturalidad. Más allá de las dificultades, las demoras y los tropiezos, el embrujo de Shakespeare rige soberano y mira sus dominios con tranquilidad: el mundo todavía está envuelto en sus personajes y en sus palabras. El séptimo arte no demoró en ser su cómplice.

Podemos imaginar al director de cine ojeando una y otra vez Hamlet, preguntando qué dejará en su película, qué perderá. Frente a semejante disyuntiva, algunos directores prefieren simplemente filmar el teatro: tomar las cámaras, arreglar la luz y, sencillamente, grabar la reconocida tradición teatral y mostrarla en la gran pantalla. Las adaptaciones clásicas de la BBC lo hicieron de ese modo, y todavía hoy muchas compañías teatrales exhiben sus obras así. Los recursos del cine quedan al margen. Una de las características de estas adaptaciones es su deseo de querer mostrar cada fragmento de la obra, cada diálogo, cada frase, todo. Las demoras no faltan. Se muestra la pieza entera a cambio de arriesgar la paciencia del espectador. Pareciera una herejía insinuar siquiera la palabra “edición”, pero ¿no sería una tontería desaprovechar los recursos del cine para devolverle a la obra algo del ritmo que perdió a causa del tiempo?

Hoy somos espectadores muy distintos. Los directores lo saben. En la versión de Kenneth Branagh de Hamlet el príncipe pronuncia el famoso monólogo en frente de un espejo, armado de un puñal, en un tono casi secreto, íntimo, difícil. Aquí la velocidad resulta esencial. En la versión de Franco Zeffirelli, Hamlet lo pronuncia en medio de las catacumbas, espaciando los versos en medio de las telarañas y las losas. Si la primera pregunta consiste en cuánto trasladar del teatro a la gran pantalla, la segunda, a mi juicio, descansa en los mismos actores, en la velocidad de los diálogos. Cuando el ingenio de Shakespeare se traslada al ritmo usual de cualquier conversación resulta difícil de comprender. Este es el momento del director: qué debe buscar, la comprensión de quién escucha o los ritmos de quién habla; qué resulta más razonable, que Hamlet hable sobre la vida y la muerte en una precipitada carrera o dando pasos lentos, meditativos y tortuosos. Dónde hacerlo, frente a un espejo, en una catacumba o mirando las olas romper en el acantilado. Shakespeare nos dejó las palabras. El lector encuentra su ritmo cuando las lee. El director apuesta: parte de su triunfo o fracaso descansa allí.

Con el texto en sus manos, más allá de las versiones teatrales, existen directores que han buscado emplear el grueso del lenguaje cinematográfico en sus adaptaciones. Que sean las imágenes, y no solo las palabras, las que nos cuenten la historia de Lear o de Julieta. Algunos buscan los escenarios isabelinos: los castillos enormes, el balcón, la enredadera; si es preciso rodar en Venecia, pues a Italia, si la acción ocurre en los campos escoceses entonces a Escocia. Si Shakespeare pide a sus espectadores que empleen su imaginación para ver la campiña francesa en las tablas, el cine ahora envuelve a Enrique V en el paisaje francés, procurando así una fuerza distinta a la que brinda el teatro. Al milagro del diálogo se suma la fuerza y la persuasión de la imagen, la música, las transiciones, la fotografía, los efectos. El cine no es pobre en recursos, esto, claro, también es un desafio.

Los directores

La historia del cine registra grandes directores cuya obra ha quedado signada por Shakespeare. Sería imposible un recuento sin hablar de Sir Laurence Olivier. Olivier llevó a la pantalla HamletRey Lear, Enrique V, Como gustéis, entre tantas. Las suyas ahora son parte del canon de las adaptaciones, sin embargo no resultan tan gratas. Cuando filmó Hamlet las observaciones de Sigmund Freud estaban en boga y la relación entre Hamlet y su madre quedó caricaturizada de una forma grotesca. Su versión de Enrique V luce acartonada frente a las versiones posteriores. Olivier fue un gran actor teatral, pero su solemnidad en la gran pantalla ha envejecido, además cometió una infamia imperdonable: se embetunó para interpretar a Otelo.

Dentro del puñado de entusiastas de Shakespeare el más importante es sin duda Orson Welles. El director del Ciudadano Kane vivió fascinado por el bardo a lo largo de su vida, llevó varias de sus piezas al teatro, a la radio y al cine. Después de los fracasos taquilleros conseguir dinero para sus adaptaciones se volvió un imposible. Welles interpretaba papeles de poca monta para recaudar fondos para Otelo, Macbeth y Campanadas a medianoche. Viajó por el mundo con su máquina para editar, filmando donde se presentase la oportunidad. Su comprensión de Shakespeare era asombrosa, así lo deja ver sus diálogos con Peter Bogdanovich. Su interpretación de Falstaff en Campanadas a medianoche (Enrique IV primera y segunda parte) alcanzó una cumbre difícil de alcanzar. Aquí se encuentran dos genios: el actor y el director Orson Welles, con ese libretista inglés de cierto renombre, Shakespeare.

Kenneth Branagh sería el honroso heredero de los esfuerzos de Olivier y Welles, por no hablar de los esfuerzos de generaciones de actores shakesperianos, Derek Jacobi, Judi Dench, John Gielguld, entre tantos. Su versión de Mucho ruido y pocas nueces nos recuerda que Shakespeare fue el precursor de la comedia romántica. Branagh cuenta con un reparto de lujo que incluye a Denzel Washington y a Emma Thompson, y consigue una pieza encantadora: la música, los versos, la hermosa toscana, la alegría y los malvados de poca monta. Sin embargo, Branagh también ha hecho apuestas arriesgadas: mencionemos dos: una versión de Como gustéis ambientada en el Japón, que ganó de inmediato la enemistad de muchos entusiastas de Shakespeare, y una versión de Hamlet, donde Branagh quemó todos los cartuchos: el reparto, la música, la ambientación, las casi tres horas… Dentro de la producción de Branagh la joya de la corona no es su versión de Hamlet, sino su versión de Enrique V.

Aquí añadimos algunas adaptaciones más que considero imperdibles para cualquier entusiasta de Shakespeare.

  1. El Rey Lear de Kozintsev(1971)

Una de las piezas claves del cine soviético es también una de las mejores adaptaciones que se hayan hecho de Shakespeare. La actuación de J.Jarvert es impecable; la música de Shostakovich, magistral. Los recursos cinematográficos fueron administrados con rigor y precisión, a pesar de la atmósfera épica y opresiva que buscaban.

2.      Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli (1968)

Esta versión obligó a los demás directores a buscar una perspectiva de vanguardia para las futuras versiones de esta pieza.  Zeffirelli rindió un homenaje extraordinario a la devoción de Shakespeare por Italia: el vestuario, la música, el reparto y la atmósfera son magistrales. Olivia Hussey se convirtió en la única Julieta para los amantes del séptimo arte. 

3.      Macbeth de Roman Polanski(1971)

La velocidad, el fragor de las batallas, la sangre, la brujería y la ambición quedan expuestos de manera magistral en esta versión de Polanski, que consigue emular el equilibrio y el dinamismo de esta pieza, a juicio de muchos el emblema de la tragedia dentro de las obras de Shakespeare.

4.      Waste of Schame, el misterio de Shakespeare y los Sonetos de John Mckey

Los Sonetos de Shakespeare añaden varios elementos al misterio que ronda a nuestro autor. Tanto su dedicatoria como su contenido han dado pie a cientos de interpretaciones. Aquí encontramos una apuesta y, como cualquier apuesta sobre los sonetos, una muy arriesgada. No obstante bien vale entrar a esta discusión y esta obra contribuye en más de un aspecto. 

5.      Mercader de Venecia de Michael Radford (2004)

Una de las obras más polémicas de Shakespeare sin duda. En el período de Shakespeare el Mercader fue considerado una comedia, hoy la pieza nos recuerda los peores períodos del antisemitismo en la historia. Cómo se puede adaptar al cine respetando la obra y al tiempo mostrando las disyuntivas y las reflexiones de nuestro tiempo. Radford lo consigue de la mano de un reparto maravilloso, donde Al Pacino, Shylock, lleva el peso de un castigo que se pensaba cómico en el período isabelino a un castigo que consideramos trágico hoy.

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