fbpx
Saltear al contenido principal
Lecturas Ejemplares: Spinoza Por Bertrand Russell

Lecturas ejemplares: Spinoza por Bertrand Russell

            Spinoza (1632-77) es el más entrañable y noble entre los grandes filósofos. Intelectualmente otros lo han superado; su ética, en cambio, es inigualable. Como una consecuencia natural durante su vida y después de un siglo de su muerte, fue considerado un hombre de terrible perversidad. Nació judío, pero los judíos lo repudiaron. Los cristianos lo aborrecieron por igual; los ortodoxos lo acusaron de ateísmo, a pesar de que su filosofía está dominada por la idea de Dios. Leibniz, que no le debía poco, ocultó su deuda, y se abstuvo cuidadosamente de pronunciar una palabra en su favor; incluso llegó a mentir sobre el grado de su relación con el hereje judío.

            La vida de Spinoza fue muy simple. Para huir de la inquisición su familia llegó a Holanda desde España o quizá de Portugal. Fue educado en la doctrina judía, pero le resultó imposible permanecer ortodoxo. Le ofrecieron mil florines anuales para que ocultara sus dudas; cuando rehusó, sufrió un intento de asesinato; cuando éste falló, cayeron sobre él todas las maldiciones del Deuteronomio, junto con la maldición que Eliseo lanzó sobre los niños, la cual produjo que fueran despedazados por las osas. Pero ninguna osa atacó al filósofo. Vivió tranquilamente, primero en Ámsterdam y luego en la Haya, ganándose el sustento puliendo lentes. Sus necesidades eran pocas y simples, y durante su vida mostró una indiferencia extraña hacia el dinero. El gobierno Holandés, con su usual liberalismo, toleró sus opiniones sobre asuntos teológicos, sin embargo, en una ocasión no fue bien visto políticamente, porque favoreció a De Witt en lugar de favorecer a la Casa de los Orange. A la temprana edad de cuarenta y tres años falleció de tisis.

            Su principal obra, la Ética[i], fue publicada póstumamente. Antes de examinarla debemos decir algunas palabras acerca de sus otros libros: el Tractatus theologico-Politicus y el Tractatus Politicus. El primero es una singular combinación de crítica bíblica y teoría política; el último sólo trata acerca de teoría política. En la crítica bíblica Spinoza se anticipa parcialmente a las perspectivas modernas, en particular al establecerles unas fechas más tempranas a varios libros del Antiguo Testamento que las que indica la tradición. Durante toda la obra se empeña en señalar que las Escrituras pueden ser interpretadas de tal modo que sean afines con una teología liberal.

            En lo fundamental la teoría política de Spinoza procede de la de Hobbes[ii], a pesar de la enorme diferencia entre el temperamento de los dos hombres. Spinoza sostiene que en un estado natural no hay ni bien ni mal, puesto que el mal consiste en desobedecer la ley. Sostiene también que el soberano no puede infringirla, y concuerda con Hobbes que la Iglesia debe estar enteramente sometida al Estado. Se opone a cualquier rebelión, incluso en contra de un mal gobierno, y se apoya en los problemas de Inglaterra como una prueba del daño que sobreviene al resistirse a la autoridad con violencia. Pero disiente de Hobbes al considerar que la democracia es la forma de gobierno “más natural”. También disiente señalando que los sujetos no deben sacrificar todos sus derechos al soberano. En especial, considera importante la libertad de opinión. Desconozco cómo reconcilia esto con la idea de que las preguntas religiosas deban ser decididas por el Estado. Creo que quiere decir que deben ser decididas mejor por el Estado que por la Iglesia; en Holanda, aquél era harto más tolerante que ésta.

            La Ética de Spinoza se ocupa de tres cuestiones distintas. Empieza con metafísica; luego pasa a la psicología de las pasiones y a la voluntad; y, finalmente, establece una ética fundada tanto en la metafísica como en la psicología que ha explicado. La metafísica es una modificación de Descartes, la psicología es una reminiscencia de Hobbes, pero la ética es original y es lo más valioso de toda la obra. En cierta forma, la relación entre Spinoza y Descartes es similar a la de Plotino y Platón. Descartes era un hombre versátil, lleno de curiosidad intelectual, pero poco dotado de formalidad moral. Aunque concibió “pruebas” dispuestas a sustentar las creencias ortodoxas, pudo ser utilizado por los escépticos así como Carneades utilizó a Platón. Spinoza no carecía de intereses científicos, incluso escribió un tratado acerca del arco iris, pero sus principales preocupaciones fueron la religión y la virtud. Aceptó de Descartes y de sus contemporáneos una física materialista y determinista, y dentro de este esquema buscó encontrar espacio para la devoción y la vida dedicada al Bien. Su intento fue magnífico, y despierta admiración incluso en quienes no lo consideran satisfactorio.

            El sistema metafísico de Spinoza es de la clase fundada por Pármenides. Sólo existe una sustancia “Dios o la naturaleza”; nada finito subsiste por sí mismo. Descartes admitió tres sustancias: Dios, mente y materia; desde luego, incluso para él Dios era, en cierto sentido, más sustancial que la mente o que la materia, puesto que Él las había creado, podía, si así lo deseará, destruirlas. Pero excepto con relación a la omnipotencia divina, tanto la mente como la materia eran dos sustancias independientes, cada una de ellas definidas, respectivamente, por el atributo del pensamiento y la extensión. Spinoza no aceptaría esto. Para él, pensamiento y extensión eran ambos atributos de Dios. Dios cuenta también con un número infinito de otros atributos, ya que debe ser infinito en cualquier sentido; pero a éstos no los conocemos. Las almas individuales y las piezas separadas de materia son, para Spinoza, adjetivos; no son cosas, sólo aspectos del Ser divino. Una inmortalidad personal como en la que creen los Cristianos no puede existir, ésta sólo puede ser de una forma impersonal, que consiste en convertirse más y más en uno con Dios. Las cosas finitas son definidas por sus límites, físicos o lógicos, es decir, por lo que no son: “toda determinación es negación.” Sólo puede haber un solo Ser del todo positivo, el cual debe ser absolutamente infinito. Spinoza, a partir de esto, es conducido a un panteísmo[iii] puro y completo.

            Según Spinoza todo es regido por una absoluta necesidad lógica. En la esfera mental no existe libre albedrío, así como en el mundo físico no existe el azar. Todo lo que sucede es una manifestación de la naturaleza inescrutable de Dios, y es lógicamente imposible que los eventos sean distintos de lo que son. Esto implica dificultades al considerar el pecado, que no tardaron en ser señaladas por los críticos. Uno de ellos observando que para Spinoza todo es decreto de Dios y por lo tanto es bueno, pregunta indignado: ¿Fue bueno entonces que Nerón hubiera asesinado a su madre? ¿Fue bueno que Adán probara la manzana? La respuesta de Spinoza fue que sólo lo positivo en estos actos fue lo bueno, y que lo negativo fue lo malo; pero la negación sólo existe desde la perspectiva de las criaturas finitas. En Dios, que es completamente real, no existe negación, y por lo tanto el mal que nos parece pecado, no existe cuando se le mira como parte de un todo. Aunque esta doctrina, de una forma u otra, ha sido sostenida por muchos místicos, no puede reconciliarse con la doctrina ortodoxa del pecado y, desde luego, con la del pecado original. Esto está ligado estrechamente con su rechazo al libre albedrío. Aunque no era del todo polémico, Spinoza era demasiado honesto para ocultar sus opiniones, a pesar de que alarmaran a sus contemporáneos; por lo tanto, no es asombroso el odio a su enseñanza.

            La Ética está escrita al estilo de Euclides, con definiciones, axiomas y teoremas; después de los axiomas se supone que todo debe demostrarse por un argumento deductivo. Esto dificulta la lectura. Un estudiante moderno, que no pueda suponer que existan pruebas rigurosas de los asuntos que se piensan demostrar, tenderá a la impaciencia con la minuciosidad de las demostraciones, las cuales, en realidad, no valen la pena ser manejadas. Resulta suficiente leer los enunciados de las proposiciones, y estudiar los escolios, que contienen buena parte de lo mejor de la Ética. Sería apresurado culpar a Spinoza por su método geométrico. La esencia de su sistema consiste en sostener que todo puede ser demostrado, ética como metafísicamente, y que por consiguiente es esencial producir demostraciones. Nosotros no podemos aceptar su método, porque no aceptamos su metafísica. No podemos creer que las interconexiones de las partes del universo sean lógicas, porque consideramos que las leyes científicas son descubiertas por la observación y no sólo por el razonamiento. Pero para Spinoza el método geométrico era necesario, y estaba ligado con las partes más esenciales de su doctrina.

            Trataré a continuación la teoría de las emociones de Spinoza. Ésta se explica después de la discusión metafísica acerca de la naturaleza y el origen de la mente (alma), la cual conduce a esta sorprendente proposición: “El alma humana tiene un conocimiento adecuado de la esencia eterna e infinita de Dios.” (ii, 47) Pero las pasiones, discutidas en el tercer libro de la Ética, nos distraen y oscurecen nuestra visión intelectual del todo. “Cada cosa,” dice, “en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser.” (ii, 6) De aquí surge la lucha entre el amor y el odio. La psicología del tercer libro es enteramente egoísta “Quien imagina que se destruye aquello que odia, se alegrará.” (ii, 20) “Si imaginamos que alguien goza de una cosa que uno solo puede poseer nos esforzaremos en lograr que no la posea.” (ii, 32) Pero incluso en este libro encontramos pasajes en los que Spinoza abandona la apariencia de una demostración matemática y cínica, como cuando dice: “El odio aumenta con el odio recíproco y puede, en cambio, ser destruido con el amor.” (ii,43) Según Spinoza, la perseverancia propia (en latín conatus)es el motivo fundamental de las pasiones; ésta altera su carácter cuando advertimos que aquello que es real y positivo en nosotros, es aquello que nos une al todo, y no lo que mantiene la apariencia de la división.

            Los dos últimos libros de la Ética, titulados respectivamente “De la esclavitud humana o de la fuerza de los afectos” y “De la potencia del entendimiento o de la libertad humana”, son los más interesantes. Somos esclavos en la medida en que aquello que nos ocurre está determinado por causas exteriores, libres en la medida en que nos determinamos a nosotros mismos. Como Sócrates y Platón, Spinoza cree que toda acción mala proviene de un razonamiento equivocado: el hombre que entiende adecuadamente sus propias circunstancias obrará con sabiduría, incluso será dichoso ante lo que para otro sería una desgracia. Él no apela al desinterés; sostiene que el egoísmo, en algún sentido, y más particularmente la propia conservación, rigen todo comportamiento humano. “Ninguna virtud puede concebirse anterior a ésta (a saber, al esfuerzo por conservarse)” (iv, 22)[iv] Pero su concepción de lo que un hombre sabio perseguirá como el fin de su egoísmo es diferente del egoísta ordinario. “El supremo bien del alma es el conocimiento de Dios, y la suprema virtud del alma es conocer a Dios.” (iv, 28) Las emociones (afectos) son llamadas “pasiones” cuando surgen de las ideas inadecuadas; las pasiones en hombres diferentes pueden reñir, pero los hombres que acatan la razón estarán de acuerdo entre sí. El placer en sí mismo es bueno, pero no lo son la esperanza y el temor, al igual que la humildad y el arrepentimiento “quien se arrepiente de lo hecho es doblemente miserable o impotente.” (iv, 54) Spinoza considera el tiempo como irreal, y por consiguiente todas las emociones que tienen que ver con un suceso tanto futuro como pasado son contrarias a la razón. “En cuanto que el alma concibe las cosas por el dictamen de la razón, es igualmente afectada por la idea de una cosa futura o pasada que por la de una presente.” (iv, 62)

            Esta es una sentencia difícil, pero proviene de la esencia misma del espinosismo; haremos bien en detenernos en ella por un momento. En la creencia popular “Para buen final no hay mal principio”; consideramos preferible que el universo esté gradualmente mejorando, que si gradualmente decayera, incluso si la suma del bien y el mal sea la misma en ambos casos. Nos preocupa más un desastre en nuestro propio tiempo que en el de Genghis Khan. Según Spinoza esto es irracional. Todo cuanto ocurre es parte del mundo sin tiempo y eterno, tal como Dios lo ve; para Él la fecha es irrelevante. El hombre sabio, en tanto la finitud humana lo permite, se empeñara en ver al mundo como Dios lo ve, sub specie aeternitatis, bajo una especie de eternidad. Pero tú podrías replicar: con toda seguridad no nos equivocamos al estar más preocupados por los infortunios futuros, que posiblemente pudieran evitarse, que por las calamidades del pasado, por las que ya nada se puede hacer. El determinismo de Spinoza le ofrece a este argumento una respuesta. Sólo la ignorancia nos hace pensar que podemos cambiar el futuro; lo que será, será, y el futuro es tan inalterablemente fijo como el pasado. Esta es la razón por la que la esperanza y el temor son reprobados: ambos dependen en la incertidumbre del futuro, y por ende surgen de la falta de sabiduría.[v]

            Cuando adquirimos una visión del mundo que sea análoga a la de Dios, en tanto nos sea posible, vemos cualquier cosa como parte del todo, y como necesaria para la bondad del todo. Por lo tanto “El conocimiento del mal es un conocimiento inadecuado.” (iv, 64) Dios no tiene conocimiento del mal, pues no hay mal que conocer; la apariencia del mal sólo surge cuando consideramos las partes del universo como si subsistieran por sí mismas.

            La perspectiva de Spinoza pretende liberar al hombre de la tiranía del miedo “El hombre libre en ninguna cosa piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es meditación de la muerte, sino de la vida.” (iv, 67) Spinoza cumplió su enseñanza plenamente. En el último día de su vida se encontraba calmado, no exaltado como Sócrates en el Fedón, antes bien platicaba sobre temas de interés para los demás, como si fuera cualquier otro día. A diferencia de otros filósofos, además de creer en sus propias doctrinas, Spinoza las practicó. No sé de alguna ocasión en la que a pesar de ser provocado cayera en el tipo de ira o agitación que su ética reprobaba. En la controversia era cortés y razonable, nunca acusaba, antes bien hacia su mejor esfuerzo para persuadir.

            En tanto aquello que nos ocurre proviene de nosotros mismos, esto es lo bueno; sólo es  malo aquello que proviene de fuera de nosotros. “Todas las cosas de las que el hombre es causa eficiente, son necesariamente buenas, nada malo puede suceder al hombre, si no es por las cosas exteriores.” Desde luego, nada malo le puede suceder al universo como un todo, ya que no está sujeto a causas externas. “Somos parte de toda la naturaleza, cuyo orden seguimos. Y, si lo entendemos clara y distintamente, aquella parte nuestra que se define por la inteligencia, esto es, nuestra mejor parte, descansará plenamente en ello y se esforzará en permanecer en esa quietud.” (iv apéndice, capítulo 32) Mientras que el hombre no quiera aceptarse como parte de un todo, se encuentra en la esclavitud; pero si toma la sola realidad a través de su entendimiento, es libre. Las consecuencias de esta doctrina son desarrolladas en el último libro de la Ética.

            A diferencia de los estoicos, Spinoza no objeta todas las emociones; objeta sólo las que son “pasiones”, p.e aquellas en las que nos aparecemos como pasivos a merced de causas exteriores “Un afecto que es pasión, deja de ser pasión tan pronto como formamos de él una idea clara y distinta.” (v, 3)  Entender que todas  las cosas son necesarias ayuda a la mente a obtener poder sobre sus emociones. “Quien se conoce clara y distintamente a sí mismo y a sus afectos, ama a Dios, y tanto más cuanto más se entiende a sí mismo y a sus afectos.” (v, 15) Esta proposición nos introduce al “amor intelectual de Dios,” en el cual consiste la sabiduría. El amor intelectual de Dios es una unión de pensamiento y emoción: se podría pensar que consiste en la combinación del pensamiento cierto con la alegría por aprehender la verdad. Toda alegría en la certeza es parte del amor intelectual de Dios, ya que no contiene nada negativo y por lo tanto es parte verdadera del todo, no sólo aparentemente, como lo son las cosas divididas, tan separadas en el pensamiento que parecen malas.

            Mencioné hace un momento que el amor intelectual de Dios implica alegría, pero quizá esto fue un error, pues Spinoza dice que Dios no es afectado por cualquier emoción de placer o dolor; también señala que “Es decir, que el amor intelectual del alma a Dios es parte del amor infinito con que Dios se ama a sí mismo.” (v, 36) Sin embargo, pienso que existe algo en el “amor intelectual” que no es sólo intelecto; quizá la alegría que implica sea superior al placer.

            “El amor a Dios” nos dice “debe ocupar al máximo el alma.” He omitido las demostracionesde Spinoza, y por hacerlo he dado una muestra incompleta de su pensamiento. Como la prueba de la proposición anterior es breve, la citaré completa; en su imaginación el lector puede encontrar las pruebas de las otras proposiciones. La prueba de la anterior dice así:

            “Este amor, en efecto, está unido a todas las afecciones del cuerpo (por v, 14) y es fomentado por todas ellas (por v, 15) Y por tanto (por v, 11), debe ocupar el alma.”

            Acerca de las proposiciones aludidas en la prueba anterior, la v, 14 establece: “El alma puede hacer que todas las afecciones del cuerpo o imágenes de las cosas se refieran a la idea de Dios”; la v, 15 reza así: “Quien se conoce clara y distintamente a sí mismo y a sus afectos, ama a Dios, y tanto más cuanto más se entiende a sí mismo y a sus afectos”; la v, 11 dice: “A cuantas más cosas se refiere una imagen, más frecuente es y más a menudo se aviva y más ocupa al alma.”

            La prueba citada arriba puede ser expresada del siguiente modo: Cualquier aumento en el entendimiento de lo que nos ocurre consiste en referir los eventos a la idea de Dios. Este entendimiento de todo como parte de Dios es amor de Dios. Cuando todos los objetos sean referidos a Dios, la idea de Dios ocupará enteramente la mente.

            Así la proposición “El amor de Dios debe ocupar al máximo el alma” no es un principio al que se exhorta, sino la consecuencia de lo que inevitablemente sucede cuando adquirimos el entendimiento.

Nos dicen que nadie puede odiar a Dios, pero, por otro lado, “Quien ama a Dios, no puede esforzarse por que Dios le ame a su vez” ( v, 19) Goethe, que admiraba a Spinoza sin siquiera haberlo comenzado a entender, consideraba esta proposición como un ejemplo de abnegación. No es nada de eso, sino la consecuencia lógica de la metafísica de Spinoza. Él no dice que un hombre no deba desear que Dios lo quiera; él dice que quien ame a Dios no puede querer que Dios lo quiera. Esto queda claro por la siguiente prueba: “Si el hombre lo intentara, desearía con ello ( v, 17 corolario) que Dios, al que ama, no fuera Dios; y por tanto (por iii, 19), desearía entristecerse, lo cual ( por iii, 28) es absurdo. La proposición v, 17 a la cual se ha referido, dice que Dios no tiene pasiones, placeres o dolores; el corolario citado arriba deduce que Dios no quiere ni ama a nadie. De nuevo, aquí no tiene lugar un precepto ético, sino una necesidad lógica: el hombre que ama a Dios y desea que Dios le ame a su vez desearía sentir dolor, lo cual es “absurdo.”

            El enunciado que Dios no ama a nadie no debe ser considerado contrario al enunciado que Dios se ama a sí mismo con un infinito amor intelectual. Él se puede amar a Sí mismo, ya que esto es posible sin una creencia falsa; y, en todo caso, el amor intelectual es un tipo muy especial de amor.

            En este momento Spinoza nos dice que nos ha dado “todos los remedios en contra de las pasiones.”  El gran remedio son ideas claras y distintas acerca de la naturaleza de las pasiones y su relación con las causas externas. Comparado con el amor a los seres humanos, el amor a Dios cuanta con una gran ventaja: “Hay que advertir, además, que las enfermedades del ánimo y los infortunios tienen su origen principal en el excesivo amor hacia una cosa que está sometida a muchas variaciones.” ( v, 20 escolio) Pero el conocimiento claro y distinto “engendra amor hacia una cosa inmutable y eterna,” y tal amor no tiene el carácter inquietante y turbulento del amor por un objeto mudable y transitorio.

            Aunque la vida después de la muerte sea una ilusión, existe, sin embargo, algo en la mente humana que es eterno. La mente sólo puede imaginar o recordar mientras el cuerpo exista, pero hay en Dios una idea que expresa la esencia de este o de aquel cuerpo humano bajo la forma de eternidad, y esta idea es la parte eterna de la mente. El amor intelectual de Dios, cuando es experimentado por el individuo, está contenido en la parte eterna de la mente.

            La bienaventuranza, que consiste en el amor hacia Dios, no es la recompensa de la virtud en sí misma, no la disfrutamos porque controlamos nuestras ansías, sino porque controlamos nuestras ansías la disfrutamos.

            La Ética finaliza con estas palabras:

            “El sabio, en cuanto es considerado como tal, apenas si se conmueve en su ánimo, sino que, consciente de sí mismo y de Dios y de las cosas con cierta necesidad eterna, no deja nunca de existir, sino que goza siempre de la verdadera tranquilidad del ánimo. Y, si el camino que he demostrado que conduce aquí, parece sumamente difícil, puede, no obstante, ser hallado. Difícil sin duda tiene que ser lo que tan rara vez se halla. Pues, ¿cómo podría suceder que, si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera ser encontrada sin gran esfuerzo, fuera casi por todos despreciada? Pero todo lo excelso es tan difícil como raro.”

Rembrandt, “Filósofo en meditación”. En el Louvre

            Para formarnos una opinión crítica acerca de la importancia de Spinoza como filósofo, es necesario distinguir su ética de su metafísica, y considerar qué tanto puede sobrevivir de la primera luego de rechazar la última.

            La metafísica de Spinoza es el mejor ejemplo de lo que podemos llamar “monismo lógico” –la doctrina, a saber, que el mundo como un todo es una única sustancia, cuyas partes no son capaces lógicamente de existir por separado. La última base para esta perspectiva es que cualquier proposición tiene un único sujeto y un único predicado, lo que nos lleva a la conclusión que las relaciones y la pluralidad deben ser ilusorias. Spinoza pensaba que la naturaleza del mundo y de la vida humana podían ser deducidas lógicamente a partir de axiomas evidentes por sí mismos. Debemos resignarnos a los sucesos, así como al hecho de que dos más dos sean cuatro, ya que ambos provienen de igual forma de la necesidad lógica. Resulta imposible aceptar la totalidad de su metafísica, es incompatible con la lógica moderna y con el método científico. Los hechos han de descubrirse por la observación, no por el razonamiento; cuando inferimos con éxito el futuro, lo hacemos por principios que no son necesarios lógicamente, sino que son sugeridos por los datos de la experiencia. Además el concepto de sustancia sobre el que Spinoza se funda, es inaceptable tanto para la ciencia como para la filosofía contemporánea.

            Pero cuando llegamos a la ética de Spinoza, sentimos –o al menos yo siento- que aun cuando los fundamentos de su metafísica han sido rechazados, algo, aunque no todo, puede aceptarse. A grandes rasgos, Spinoza se interesa en mostrarnos cómo es posible vivir noblemente, incluso cuando reconocemos los límites del poder humano. Él mismo, por su doctrina de la necesidad, hace estos límites más estrechos de lo que son; pero cuando ellos indudablemente existen, las máximas de Spinoza son probablemente las mejores que hay. Tomemos, por ejemplo, la muerte: entre todo lo que puede hacer el hombre, no hay nada que lo pueda hacer inmortal, por lo tanto es inútil gastar el tiempo en lamentos y temores sobre el hecho de que debemos morir. Estar obsesionados por el miedo a la muerte es un tipo de esclavitud; Spinoza acierta cuando dice: “El hombre libre en ninguna cosa piensa menos que en la muerte.” Pero incluso en este caso, es solo la muerte en general que debe tratarse así; la muerte por una enfermedad particular debe, si es posible, prevenirse remitiéndose al cuidado médico. Lo que debe evitarse, incluso en este estado, es cierto tipo de ansiedad o de terror; deben tomarse con tranquilidad las medidas necesarias y en lo posible nuestros pensamientos deben dirigirse a otros asuntos. Estas mismas consideraciones se ajustan a los demás infortunios que sean enteramente personales.

            Pero, ¿qué decir acerca de las desgracias de las personas a quienes quieres? Pensemos en algunas cosas que les suelen suceder en nuestro tiempo a los habitantes de Europa o China. Imagina que eres un Judío, y que tu familia ha sido masacrada. Imagina que eres un trabajador subterráneo en contra de los Nazis, y que a tu esposa le han disparado porque no pudieron atraparte. Piensa en tu esposo, que por un crimen totalmente imaginario ha sido confinado en el Ártico en trabajos forzosos, y ha muerto de crueldad e inanición. Supón que tu hija ha sido violada y luego asesinada por los soldados enemigos. Bajo estas circunstancias ¿debe mantenerse una calma filosófica?

            Si sigues las enseñanzas de Cristo, dirás “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.” He conocido Cuáqueros a quienes admiro porque podrían haber dicho esto profunda y sinceramente. Pero antes de admirarnos debemos estar seguros que la desgracia se siente tan profundamente como debe sentirse. No se puede aceptar la actitud de algunos estoicos, que dicen “¿Qué me importa si mi familia sufre? Todavía puedo ser virtuoso.” El principio cristiano “Ama a tus enemigos,” es bueno, pero el principio estoico “Sé indiferente con tus amigos,” es malo. Además, el principio cristiano no inculca la calma, sino un amor ardiente, incluso hacia los peores hombres. No hay nada que decir al respecto, excepto que es muy difícil para la mayoría de nosotros practicarlo con sinceridad.

            La reacción primitiva a tales desastres es la venganza. Cuando Macduff se entera de que su esposa y sus hijos fueron asesinados por Macbeth, resuelve asesinar al tirano con sus propias manos. Esta reacción todavía es admirada, cuando la herida es grande despierta horror moral en las personas desinteresadas. No puede ser del todo condenada, porque es una de las fuerzas que genera el castigo, y el castigo a veces es necesario. Además, desde el punto de vista de la salud mental, el afán de venganza es posiblemente tan fuerte que, si no se le permite una salida, la perspectiva de un hombre sobre la vida puede desarreglarse y llegar a ser más o menos insana. Esto no es verdad universalmente, pero lo es en un porcentaje amplío de los casos. Por otro lado, debe decirse que la venganza es un motivo muy peligroso. En tanto la sociedad la admite, le permite al hombre ser el juez de su propio caso, lo cual es exactamente lo que la ley trata de prevenir. Además, con frecuencia es un motivo excesivo; busca infligir más castigo del deseado. La tortura, por ejemplo, no debe castigarse con la tortura, pero el hombre enceguecido por la sed de venganza pensará que una muerte indolora es demasiado buena para el objeto de su odio. Además, y acá Spinoza tiene toda la razón, una vida dominada por una única pasión es una vida estrecha, incompatible con cualquier clase de sabiduría. Por lo tanto la venganza como tal no es la mejor reacción al daño.

            Spinoza diría lo que Cristo dice, y también algo más. Para él, todo pecado es producto de la ignorancia; él los perdonaría, “porque no saben lo que hacen.” Pero él habría de evitar la limitada perspectiva bajo la cual, según su opinión, surge el pecado, y alentaría, incluso bajo la más terrible de las desgracias, para que eludieras encerrarte en el mundo de tu pena; te haría entenderla al mirarla en relación con sus causas, y como una parte del orden total de la naturaleza. Como lo vimos, él cree que el odio puede ser superado por el amor: “El odio aumenta con el odio recíproco y puede, en cambio, ser destruido por el amor. (iii, 43) “El odio que es vencido totalmente con el amor, se transforma en amor; y por tanto, el amor es mayor que si el odio no le hubiera precedido.” (iii, 44) Desearía creer esto, pero no puedo, excepto en casos excepcionales, donde la persona que odia está completamente a merced de la persona que rehúsa odiarla a su vez. En tales casos, la sorpresa por no ser castigado pueda tener un efecto reformador. Pero mientras los malos tengan el poder, no resulta de ninguna utilidad asegurarles que no los odiaras, ya que ellos atribuirían tus palabras al motivo errado. Además, por la no-resistencia no puedes quitarles el poder.

            El problema para Spinoza es más fácil que para quien no cree en la bondad suprema del universo. Spinoza piensa que si miras tus desgracias como lo que son en realidad, como parte de la concatenación de causas que se extiende desde el inicio del tiempo hasta el fin, veras que sólo son desgracias para ti, no para el universo, para el cual son únicamente disonancias que pasan apuntando a una armonía excelsa. No puedo aceptar esto; pienso que los eventos particulares son lo que son, y no se convierten en distintos por absorberse dentro del todo. Cada acto de crueldad es eternamente una parte del universo; nada que ocurra después puede hacer este acto bueno en lugar de malo, o puede darle perfección al todo del cual hace parte.

            Sin embargo, cuando es tu destino tener que soportar algo que es (o que a ti te parece) peor que el destino ordinario de la humanidad, el principio de Spinoza de pensar en el todo, o al menos en cuestiones más amplías que tu propia pena, es muy útil. Incluso hay momentos cuando alivia pensar en la vida humana, con todo el mal y el sufrimiento que contiene, como una parte infinitesimal de la vida en el universo. Tales reflexiones pueden no ser suficientes para constituir una religión, pero en un mundo doloroso son una ayuda a la sanidad y un antídoto para la parálisis de la total desesperanza. 

           Betrand Russell. En “A history of western philosophy”. Capítulo X “Spinoza” . Traducción y notas: Fernando Galindo Gordillo


[i] En todo el texto se utilizarán las citas traducidas del original latino de la Ética, en la edición de Atilano Domínguez, editada por Trotta. Las palabras mente y alma se usan con el mismo significado, al igual que afecto y emoción.

[ii] El principal mérito de la obra de Thomas Hobbes (1588 – 1679) reside en sus ideas en el campo de la política, las cuales desarrolla en su libro “Leviatán.” Estas ideas requieren que detallemos primero en otros temas para que las expliquemos a cabalidad. En cuanto a la ontología, Hobbes consideraba que únicamente la materia y el vacío existían en el universo. Además, pensaba que su movimiento se regía por un comportamiento mecánico, donde todo obedecía a una ley fija y necesaria de causalidad, como si se tratara de un enorme reloj. El materialismo y el mecanicismo son las dos características de su ontología. Esta posición nos lleva a señalar sus observaciones en torno a la naturaleza y el comportamiento del hombre: si el universo opera como un reloj, en donde todo está determinado por una causa, entonces el libre albedrío no existe. El determinismo es otra de las características de su filosofía. En el comportamiento del hombre prima el empeño por su conservación, esto lo lleva a ser egoísta y a procurar medios para obtener su seguridad. Su principal temor es la muerte. Ya expuestas sus ideas acerca de la ontología y la antropología, expliquemos los lineamientos básicos de sus ideas políticas. Hobbes introduce la idea de un “estado natural”, el cual consiste en la vida y el comportamiento del hombre antes de que se formara el Estado y se instauraran unas leyes. Su investigación no es histórica, este “estado natural” es una hipótesis de cómo se pudo formar el estado a partir de los rasgos naturales del hombre. En este “estado natural” prevalecerá la discordia; el egoísmo y el temor llevarán al hombre a atacarse a sí mismo y a vivir en una guerra constante. De este “estado natural” surge un convenio: los hombres deciden unirse y delegar en otro un poder que los rija. Éste o estos forman un Estado, pleno de capacidades para decretar castigos y recompensas, cuya principal justificación y objetivo es la protección y el orden. Hobbes llama a este Estado “Leviatán”, un dios por su omnipotencia en la sociedad, y por ésta misma, un dios mortal. Una vez se delega el poder, el Leviatán es libre de disponer si su régimen se conducirá como una monarquía o una democracia. Hobbes, a riesgo de caer en los peligros de la demagogia, prefería el régimen monárquico. En cuanto a la rebelión sus consideraciones son muy claras: el peor estado es preferible que la anarquía, la rebelión se justifica únicamente cuando el Leviatán es incapaz de cumplir el propósito para el cual fue creado: proteger a sus súbditos.

[iii] La palabra Panteísmo viene del griego pan, todo, más theos, Dios.

[iv] En el escolio de la proposición 20 se lee lo siguiente: “Nadie, pues, deja de apetecer su utilidad o de conservar su ser, a menos que sea vencido por causas externas y contrarias a su naturaleza. Nadie, digo, rechaza los alimentos o se suicida por necesidad de su naturaleza, sino coaccionado por causas externas, lo cual puede suceder de muchas maneras. Y así, uno se suicida coaccionado por otro, que le retuerce la mano derecha con la que casualmente había cogido una espada, y le fuerza a dirigir la misma arma contra su corazón; o porque, como Séneca, es forzado por el mandato de un tirano a abrirse las venas, esto es, desea evitar un mal mayor con otro menor: o, porque, en fin, causas exteriores ocultas disponen su imaginación y afectan su cuerpo de tal suerte que éste revista otra naturaleza, contraria a la anterior, y cuya idea no puede existir en el alma. Ahora bien, que el hombre se esfuerce, por una necesidad de su naturaleza , en no existir o en cambiarse en otra forma, es tan imposible como que de la nada surja algo, como cualquiera puede ver con un poco de meditación.”

[v] En el escolio de la proposición 23 del segundo libro se lee lo siguiente: “Los hombres se equivocan, en cuanto que piensan que son libres; y esta opinión sólo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados. Su idea de libertad es, pues, esta: que no conocen causa alguna de sus acciones. Porque eso que dicen, de que las acciones humanas dependen de la voluntad, son palabras de las que no tienen idea alguna. Pues qué sea la voluntad y cómo mueva al cuerpo, todos lo ignoran; quienes presumen de otra cosa e imaginan sedes y habitáculos del alma, suelen provocar la risa o la náusea.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba