fbpx
Saltear al contenido principal
Cuando El Arte Enferma

Cuando el arte enferma

Después de haber recorrido decenas de iglesias ortodoxas y de mirar miles de íconos y sentir su pesada mirada sobre mi cuerpo me encontré en una disyuntiva: o rehusaba entrar a otra iglesia o… me quedaba en el monasterio de Gračanica y me convertía en monje, era probable que el letargo que sentía no fuera otra cosa sino un tipo de fe, que no necesitaba que yo aprendiera serbio o albanés. Me quedaba o huía, así de fácil. Había visto obras maravillosas, pero mis ojos estaban cansados y no hablo del cansancio que remedian las gafas. Fueron las emociones, el pulso de la admiración, que después de tantos sobresaltos llegó al coma. Esta es una dolencia particular relacionada con el arte, hay otras más famosas, por supuesto.

Según John Armstron y Alain de Botton cabe examinar el arte más allá de las cronologías, las corrientes y las subastas, y en cambio buscar una relación entre las obras y nuestras emociones, hablar, por qué no, de una terapia. Existen remedios que no son sermones, pócimas o férulas. El arte tiene su forma de curar, más allá de la catarsis, sobre la que no existe una sola opinión. En medio de las urbes desordenadas y ruidosas, quizá la recomendación de los románticos de colgar un cuadro que muestre un paisaje alivie en algo la ansiedad. Los ideales no sólo necesitan discursos, sino también piezas que los muestren delante de la sensibilidad. Frente a los trastornos del alma, el conocimiento de sí es una ayuda (algunos dicen que es la misma salud) y a partir del encuentro con las grandes obras, y por una ruleta que no comienzo a comprender, la persona responde de una manera quizá inesperada, que pueda descubrirle un horizonte nuevo o un consuelo. A partir de estas reflexiones los autores imaginan un museo, no según las escuelas o los períodos históricos, sino según la condición humana.

En otros lugares y frente al creciente escepticismo religioso, Botton ha defendido la idea del arte como un sustituto de la religión, incluso ha llegado tan lejos que ha mantenido que los entusiastas del arte deben celebrar más ceremonias, sin tener recelo de tomar prestado algunas prácticas de oficios sacros. No me atrevo a decir que vale la pena leer Cien años de soledad con una devoción parecida a la de un creyente que estudia el Corán. Qué tan distante es la brecha entre el sentir religioso y el estético… eso resulta muy interesante, pero la verdad no lo sé.

A finales de la década de los ochenta, la psiquiatra Graziella Magherini realizó una de las investigaciones más curiosas. Florencia fue el escenario. Más adelante se examinó algunos casos similares en Jerusalén, pero por ahora no perdamos de vista el campanario de Santa María de las flores. En los jardines de Boboli encontraron una chica en una suerte de trance deambulando con un puñado de postales de Botticelli. También se reportó un caso en el museo de Ufizzi y otro de un joven que perdió el conocimiento delante del David, (quiero pensar que se desmayó delante del original, delante de la copia me parece ordinario). La hipótesis se lanzó sobre la mesa. Según Magherini tenemos un museo en nuestro interior hecho de piezas cuya sola presencia anticipamos sobrecogedora y, cuando estamos, finalmente, delante de ellas, nuestra sensibilidad se desborda alterando el ritmo del corazón. Más adelante quisieron llamar a este síndrome el síndrome del turista, pero el turista adolece más de un problema, desde los pies hinchados hasta el mal de alturas, por no hablar de la zozobra o los asaltos. El nombre de síndrome de Jerusalén carece de la precisión necesaria. Hubo un nombre mejor: el síndrome de Stendhal.

Después de marchar con Napolén a Rusia, Henry Bayle, que en aquel momento no se hacía llamar Stendhal, decidió devolverse a Italia donde una década atrás había pasado momentos maravillosos, incluyendo la ópera, una enfermedad venérea y el desamor. Ya había publicado una obra sobre la vida de Mozart y se propuso componer una historia de la pintura italiana. Recorrió los museos, entró a las iglesias, visitó las colecciones privadas y cuando vio una obra de Bronzino comenzaron las sudoraciones y los sobresaltos del corazón. La generosidad del arte y la delicadeza de su sensibilidad se volvieron un problema. De ahí el nombre. La belleza había enfermado a Stendhal. Era el nombre propicio. Dostoyevski tuvo una experiencia particular cuando vio la obra más estremecedora de Hans Holbain en Alemania, de la cual habla extensamente en “El Idiota.” Que ambas obras en el momento oportuno puedan enfermar es probable, pero la distancia entre ambas me hace pensar que las dolencias no son iguales.

Simon Schama cuenta de varios espectadores estremecidos hasta las lágrimas mirando La noche estrellada de Van Gogh. Se guarda el testimonio de Proust hechizado, como no pocos, delante de los cuadros de Vermeer. Son decenas los peregrinos que buscan un encuentro personal con Rembrandt en el Hermitage, con Géricault en el Louvre, con La última cena de Leonardo en Milán. Quizá tan solo falte el día oportuno, la obra precisa, la persona adecuada, para que la salud de una persona, sencillamente, empiece a fallar.

En mi caso nunca ha sido así, a pesar de una profunda debilidad por los museos y, en especial, por esas sucursales del crimen que a la salida venden lápices, postales y recuerdos. Cuando recorrí la Lombardía el hastío exigió muchos días delante de un lago. En los Balcanes, en el monasterio de Gračanica en Kosovo, recorrí la iglesia mirando, de nuevo, los íconos, los paneles, las cruces y los mosaicos en el techo. Mi sensibilidad no respondió a ninguna reanimación, intenté prestarle toda la atención al guía, pero quería darle la espalda. Ya en la salida nos mostró el fresco del infierno. De nuevo, me dije, la rutina de las torturas imaginarias, pero en ese más allá pintado había un cefalópodo, quiero pensar que es un pulpo. Yo me detuve a verlo, y me di cuenta de lo bien que había quedado, se notaba el amor del artista por la criatura, así estuviera condenada o haciendo compañía a los réprobos. Sonreí. No dejaban tomar fotografías. Fue extraño, pero en ese instante pensé que siempre cabe un poco de arte dentro de uno, ya sea curando el hastío, consolando el dolor o produciendo un sobresalto de más en el pecho.

Monasterio de Gračanica, “Juicio final”. Detalle. Kosovo. En este caso también es cierto que la copia es una débil sombra del pulpo original.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba