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Monstruos Y Jardines

Monstruos y jardines

Y allí estaba, recostada sobre la pared, la típica bicicleta sin cambios y con canasto, con las llantas impecables, sin una cadena ni candado que la sujetara, sin nadie que la viera, sin nadie que pareciera esperarla. Yo comencé un debate que sabía perdido, miré a los lados sin encontrar un rostro y me dije que solo era un momento, que la devolvería en cuanto regresara, que nadie lo notaría, que sería un crimen todavía peor estar tan cerca de mi destino y quedarme rumiando el aburrimiento en una estación, solo porque no había buses y los taxistas se frotaban las manos cobrando tarifas escandalosas. Y allí estaba: ella dormida e inocente y con las llantas infladas; yo, que no tenía cómo cortejarla, era pura necesidad. Lejos y desconocido estaba mi destino: El parque de los monstruos.

El Renacimiento quedó tejido entre los estilos paganos y los temas bíblicos; los nuevos días de este mundo comenzaron intentando comprender los motivos y la vida del ayer. Pronto se volvieron los discípulos más entusiastas, desde los escritores que buscaban imitar el estilo de los grandes poetas, hasta los escultores que ansiaban estudiar las obras desenterradas. Los grandes mecenas supieron que en sus manos tenían la oportunidad de crear un nuevo mundo. Construyeron palacios y a esos palacios les construyeron capillas y tumbas, construcciones donde el arte habitaba en cada de una de las salas: allí quedaban colgados las obras de Tiziano y los retratos del abuelo, las vírgenes de Rafael, los tapices y los frescos, las armaduras y las columnas dóricas, los bustos y las estatuas. La historia de los palacios es un tema; el otro, la vida de tantos jardines.

Si en las iglesias prevalecían las mil y una historias bíblicas, en los jardines descansaban los tantos dioses paganos. La vida que el tiempo le ha permitido a unos y otros es distinta: unos envejecen en los tonos ocres de estar encerrados, los otros mueren lentamente, sumergiéndose en el abrazo de las raíces y enredaderas. Para el Renacimiento el jardín no sólo fue decorativo, era una suerte de templo de corte pagano con sus alusiones y alegorías, con sus dioses y héroes: la naturaleza convertida en un templo abierto, que sólo una mirada iniciada es capaz de revelar. Los jardines del Renacimiento imitaron el pasado de los jardines de la antigüedad, excepto uno.

Decidí acercarme de manera casual, como si estuviera siguiendo el guión de un ladrón improvisado, que primero finge una admiración por su presa. La toqué. La pobre parecía aburrida de tanto estar quieta. De repente a mi lado noté el anuncio de un café, ya veía que allí adentro estaría el dueño y de repente sentí esperanzas, algo tendría que hacer, no podría quedarme aquí en este lugar cuando Bomarzo estaba tan cerca, cuando me separaban unos cuantos kilómetros. Entré e intercambié unos cuantos saludos, luego traté de ordenar otras palabras en mi cabeza, me robé unas cuantas palabras del periódico y pregunté si la bicicleta de afuera era de alguien, si la podía alquilar, si alguien sabía cómo podría llegar al Parco dei mostri. Me respondieron pero no entendí; me repitieron y seguí sin entender; de repente algo se prendió en mi cabeza, entendí pero entendí al revés. Yo comprendí: “El arregla motos, debe alquilar bicicletas.”. La lógica me pareció incuestionable, miré a uno de los señores que estaba bebiendo un café y después de intercambiar unos cuantos saludos, comprendí sus palabras cuando comenzaron a bailar sus manos enfrente de mí. Capito! En cinco minutos me llevarían.

El pueblo de Bomarzo quedaba a unos cuantos kilómetros y el Parque de los monstruos o El sacro bosque quedaba a las afueras. En cuanto perdimos de vista la estación de tren comenzamos la cuesta más empinada, quién sabe si Lucho Herrera o Fabio Parra, pero nunca Fernando Galindo. La camioneta subía y daba curvas para seguir subiendo y yo imaginaba mi pobre bicicleta de canastita con un escarabajo colombiano cansado, empujándola, soñando con un gelato o con otra lasagna. Hablamos sin entendernos mucho durante todo el trayecto: el pueblo de Bomarzo se veía hermoso, allí vivía, allá debía llevar algunos repuestos para las motos. Por fin llegamos. Yo no sabía si estar más alegre por la generosidad de llevarme o por cumplir un sueño tejido en tantas letras.

Ni un “parque” ni un “jardín”, esto es un Bosque sacro, solo que esta palabra no llamaría la atención de nadie. Cuenta la historia que para conmemorar la muerte de su esposa, Vicino Orsini (1523-1585), de la prestigiosa estirpe Orsini de papas y guerreros, decidió levantar un bosque de criaturas de pesadillas, enormes construcciones de piedra cuyo significado sólo podría comprender un entendimiento erudito en las artes oscuras, que supiera de forma íntima la poesía y el mito. Algunas consideran que este Bosque era una suerte de entretenimiento, otros que existe un significado oculto en este desfile de estatuas de tortugas y ballenas, horcos y delfines, que resulta lo más probable. Aquí, salvo por una capilla, la antigüedad y sus formas clásicas han quedado desterradas. Las esculturas de formas claras y precisas, de musculatura firme y tensa, de composiciones exactas y simétricas, mostraban las fuerzas de la naturaleza domesticadas. En este Bosque se fracturan. Las fuerzas que representaban esos dioses parecieran todavía latir, cada monstruo se extiende con las grutas y las montañas. Las raíces y la humedad les procuran aún más fuerza, la espesura del bosque pareciera dedicarse a protegerlas, la piedra volcánica de su cuerpo les da una apariencia extraña. Aparece un gigante desmembrando a su enemigo, un par de osos en una entrada mirando la puesta del sol, una torre de dos plantas inclinada en más de 9 grados, demonios y parcas en bajorrelieve, caballos alados que coronan una fuente seca, dragones de dientes afilados, elefantes de batalla, un orco gritando.

Pronto la mitología pagana se muestra insuficiente. Algunos insiste en que el Sacro bosque hay una exhibición del género de lo grotesco, pero esto sería pensar que nuestro Orsini buscaba realizar un simple arte decorativo. No. Resulta probable que Orsini, como tantos durante el Renacimiento, haya quedado cautivo de las artes oscuras, no en vano la misma época que dio a Leonardo dio también a Paracelso, y al mismo tiempo que se traducía Platón, aparecía con más fuerza la llamada “Cábala cristiana”. Este Bosque como tantos jardines pudo ser el trasunto de una enseñanza recóndita, quizá, ahora, indescifrable. La atmósfera está muy lejos del mero entretenimiento, aunque allá en Italia los administradores del parque quieran exhibirlo así.

Conocí esta historia en una de las mejores novelas históricas que ha llegado a mis vanos, Bomarzo del argentino Manuel Mujica Laínez. Recuerdo que el difunto Jesús Antonio Bejarano entró un día a la librería donde yo trabajaba y me dijo que esa era una de las mejores novelas que había leído, yo lo tenía por un hombre de un cultura extraordinaria y no tardé de abrir la primera página de la novela y quedar cautivo: primero con la prosa estilizada y fina del autor, según Fernando Vallejo el mejor prosista en nuestra lengua,  segundo por la trama y la figura de Orsini, tercero por el Renacimiento, la época que desafió todas las barreras medievales. Mujica Lainez quedó embrujado por el Bosque Sagrado y se dio a la tarea de contar su historia, imaginó que este bosque de criaturas enigmáticas y mensajes ocultos no era otra cosa que la manera en que el propio Orsini contaba su vida. Su tarea, como novelista, fue tomar en su memoria las esculturas, y con su conocimiento e imaginación traducir la autobiografía que había dejado Orsini en el Bosque sacro en el relato escrito de su vida. Más allá de la exactitud y de la interpretación que da,  Bomarzo es un retrato portentoso de la mentalidad del Renacimiento.

En la entrada del Bosque aparecen las ediciones españolas e italianas de Bomarzo. Miré las fotografías de las postales y las encontré espantosas, las mías no están mejor, están tomadas en medio de la alegría sin mayor destreza a decir verdad. La segunda alma generosa del día me devolvió a la estación de tren. Allí busqué recrear la historia de la novela y articularla con las esculturas, pronto llegaron algunos nombres, algunas situaciones, el nombre de Maerbale, la figura de Cellini, el saco de Roma de 1527, la astrología y el asesinato, el nombre de Beppo, los otros libros de Mujica Lainez, el que prefería Borges, Los ídolos. Más tarde pensé en los rostros de las personas que me habían ayudado, al final, ya de vuelta a Roma, recordé esa bicicleta, acostada sensualmete, con sus llantas infladas, abandonada a la triste suerte de estar quieta.

Fotografías y texto 2015, Fernando Galindo G

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