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Unas Palabras Sobre Stefan Zweig

Unas palabras sobre Stefan Zweig

Zweig consideraba que la vida lidiaba entre dos tensiones, que la historia de las culturas y el transcurrir de los hombres no era más que el escenario para el viejo combate, donde cada polo luchaba, cada cuerda se tensaba para tañer la música del mundo, para crear el dínamo de la vida. La suya, su historia, también cabe examinarse de ese modo. Indagando los pares y los impares y cada una de las máscaras donde los opuestos libraron la batalla. Acaso en la realidad no todo sea tan simple y la contradicción se deba a las palabras y no a los hechos, se deba a una manera armónica de organizar la experiencia, que dista de ser fiel. En cualquier caso, así comprendió el universo Stefan Zweig, y los mismos datos que tenemos, la historia que contaron sus años, nos muestra que al menos en su biografía los polos tuvieron la realidad de las palabras.

Zweig nace en 1881 en una Viena cosmopolita, llena del esplendor de la cultura, en el seno de una familia judía y adinerada. Su destino literario y artístico era irrevocable. El joven Stefan prefirió el conocimiento de los idiomas al deporte que practicaban sus compañeros, la lectura de los grandes clásicos a las juergas, el paciente trabajo con la escritura a cualquier materia. Le estorbaba el colegio, las tareas inútiles y las disciplinas ajenas al arte. Vivió embelesado por la música y las humanidades, pronto superó a sus profesores e incluso estaba al día con las últimas revistas literarias. Supo de Paul Valéry cuando nadie sabía de Valéry; entre sus libros de geometría escondía las últimas piezas de Henrik Ibsen, leía griego, inglés, francés y latín, y empleaba el dinero con un fervor especial: el de un coleccionista que adoraba la cultura hasta una devoción casi idólatra.

El suplicio escolar terminó. Por recomendación de su padre ingresó a la universidad y, por decisión suya, eligió filosofía. Zweig siempre estuvo alejado del pensamiento abstracto y decidió cursar la carrera no por interés, sino porque sabía con exactitud qué hacer. Y lo hizo. Fue a la universidad tres veces. La primera para inscribirse, la segunda para obtener un certificado de asistencia y la última para entregar su trabajo final sobre Hippolyte Taine. Durante esos años Zweig se entregó por completo a la literatura. Para conseguir mayor destreza en su idioma tradujo la obra de Rimbaud y Verlaine. Escribió decenas de poesías y, por algunos testimonios, sabemos que lo acompañaba siempre una novela.

En los años universitarios viajó por Europa y conoció el mundo literario del continente. Trabó conocimiento con los escritores más prestigiosos y con quienes mostraban una genialidad indiscutible pero no eran conocidos, como Joyce. La figura del poeta belga Verharen lo cautivó, tanto para pensarse como un discípulo. Años después sucedería algo similar con Romain Rolland. Zweig ya había hecho sus primeras publicaciones en distintas revistas. Cuando se devolvió a Viena para entregar su tesis sobre Taine, encontró que uno de los jurados conocía su incipiente obra y la admiraba. La editorial Verlag, que por aquel entonces nacía, compartió esta opinión y le ofreció un contrato de exclusividad por los siguientes treinta años. Zweig aceptó. Nunca tuvo en su vida un traspié para publicar. Había ingresado al mundo literario, era considerado junto con Hugo von Hoffmansthal uno de los autores más relevantes de su generación.

Este camino en apariencia rectilíneo quedaba enzarzado en una pregunta. Zweig ignoraba qué escritor quería o podía ser. Si bien manejaba la técnica de distintos géneros ¿Tendría la creatividad, la fuerza y el aliento suficiente para embarcarse en una novela? ¿Declaraba su poesía un tipo de altura semejante a la que admiraba en los demás? Zweig no podía mentirse. Contaba con el apoyo de su familia, con los recursos, con el tiempo; gozaba de una sensibilidad indiscutible, había soñado con la maestría y había entrevisto algunos frutos. Faltaba la empatía. Había vivido en el mundo de la cultura, no en el mundo. En medio de estas preguntas, que jamás paralizaron su trabajo, comenzaron a aparecer distintos escritos: obras de teatro, novelas cortas, ensayos, traducciones. Poco a poco divisó los límites de su creatividad, donde su aguzada pluma, que durante tanto tiempo había pulido, podía correr sin obstáculo. Apartado en su “torre de marfil”, dedicado al orbe de las humanidades, Zweig se había convertido en un cosmopolita de las artes. Sin embargo, el mundo preparaba una conmoción bajo sus pies.

Zweig había nacido en una ciudad donde la cultura jugaba un rol fundamental y, en su clase, distaba de ser solamente un status de reconocimiento. Sus padres vivieron en un momento particular en la historia, donde el sueño de la estabilidad y un mejor destino no era ingenuo. Los logros de la ciencia, el nacimiento de nuevas disciplinas, el auge de la arquitectura, los nuevos compositores y actores, sembraron la esperanza en el porvenir. Y Zweig la tuvo. No fue el único que desconoció las causas que condujeron al continente a la guerra.

La realidad exhibió su rostro más severo. Zweig había deambulado como muchos jóvenes vieneses por las calles de la ciudad, había conocido las desventuras y las preocupaciones de una forma parcial. La guerra le ofreció la vesania, la insensatez, la brutalidad. Le mostró el dolor. Por un tiempo se mantuvo al margen de la situación escribiendo frases de apoyo para el ejército. Vio en el mundo intelectual diversas actitudes, entre todas sintió una admiración profunda por uno de sus maestros, Romain Rolland, que en lugar de esconderse detrás de los escritores y llamar a la unión desde la comodidad del exilio, estuvo a la altura de lo que predicó. Rolland profesaba la paz. Como seguidor de Tolstói entendió que el mejor lugar para ayudar era sencillamente estar en medio del abatimiento y el dolor. Rolland trabajó para la Cruz Roja, pero en lugar de ocupar la honrosa plaza de enfermero que tuvo Whitman, trabajó enviando comunicados, escribiendo cartas, dando noticias. Y desde allí se convirtió en la conciencia de Europa, clamando no por un partido ni por una patria, sino por la unidad, siempre.

Tan solo una vez Zweig enfrentó el dolor más pleno de la guerra, mirando los cadáveres, oyendo a los enfermos. Comprendió aún más a Romain Rolland. Comprendió como muchos en Europa que cuando se discurre de la guerra se habla sólo de una palabra, cuyo significado es imposible de entender porque su realidad es casi imposible de soportar. Zweig no dio crédito cuando en Francia se debatiera si debían socorrer a los soldados alemanes. Miró con extrañeza y desconsuelo la postura de algunos intelectuales, que ante el “ídolo” de cierta patria sacrificaban sus amistades, sus creencias, sus valores.

Europa se estaba desmoronando. Pero ¿no es ésa una manera muy noble de comprender la guerra? Zweig creyó que la principal víctima del combate era la cultura que lo había criado, que había velado por él desde niño. Como muchos Zweig entendía de inocentes. Y él y los suyos estaban en ese bando, los novelistas, los intelectuales, los poetas y los científicos, los músicos y los arquitectos estaban al margen de cuanto ocurría, ninguno había sido un diente del engranaje, ninguno había sido negligente, ninguno había permitido. Sin embargo, no todos entendían a los demás de la misma forma. La pólvora de las balas transformó todas las disciplinas en campos de batalla: soldados contra soldados, políticos contra políticos, escritores contra escritores, artistas contra artistas, naciones contra naciones. Europa no se desmoronaba, se había convertido en una caricatura de sí. Quedaban, no obstante, reductos para la conciencia del absurdo, para algo de esperanza, ¿hubo espacio también para la redención?

Bajo la consigna de Rolland, Zweig se empeñó a luchar contra la guerra. De esa época data su drama Jeremías, que fue recibido con entusiasmo. Es un gran clamor por la paz. Como lo haría otras veces en el futuro, Zweig se refugió en el pasado y recreó algunos escenarios para denunciar los males que afligían a su tiempo: el nacionalismo, el fanatismo y la intolerancia.

Después del fin de la primera guerra mundial, el malestar general de la década de los veintes no fue ajeno al autor. La herida de la guerra seguía muy frágil. Pero el trabajo literario pronto comenzó a ser un aliciente. Entrevió una serie llamada los constructores del mundo. En Tres maestros, tres novelistas: Balzac Dickens y Dostoyevsky; el hombre y la sociedad, el hombre y la familia y el hombre y el infinito. En La lucha contra el demonio: un poeta, Hölderlin, un dramaturgo, Von Kleist y un pensador, Nietzsche, los tres víctimas de la locura, de la desmesura y del infinito. En Tres poetas de su vida le dedica ensayos a Stendhal, Casanova y Tolstoi. En La lucha contra el espíritu avanza en busca de Freud a partir de dos movimientos: el primero, Mesmer, que dejaba a las personas en trance a partir de la piedra filosofal, el imán según él; el otro, Mary Baker Eddy, la fundadora de la Christian Science, que sin saberlo curaba con la sugestión. En cada uno de estos ensayos Zweig utiliza un análisis psicológico que propala causas y está atento a cualquier patrón, a cualquier semejanza. Zweig escoge a sus personajes con un propósito casi pictórico, en busca de afinidades, de gradaciones y de una comunión de espíritu. Suministra datos biográficos, hace semblanzas, compara, no teme proponer los resortes más recónditos de las acciones y de las obras. En sus primeros ensayos se advierte una cercanía inevitable con los autores y su destino. Le resultan afines aquellos que descubren los modos y las maneras de la psique, el lento y casi indescifrable traslado de una emoción a otra, la obediencia irresoluta de la razón al deseo, los abismos del espíritu, lo desconocido. Su capacidad para evocar el pasado cobró fuerza, también la habilidad para entrar en los más oscuros pasajes de la psique del artista, del amante, del proscrito. Entre estas piezas hay algunas de una fuerza incontenible, como la dedicada a Nietzsche en La lucha contra el demonio.

Sus primeras obras de ficción, novelas cortas o cuentos, muestran pasajes y escenarios de la vida diaria… sólo para mostrar cómo la monotonía oculta a menudo un volcán. Lo suyo no se parece a un cuento, en el sentido clásico del género. Sus obras de ficción distan de las hazañas heroicas, tampoco nos sumerge dentro de la burocracia o la sencillez de la cotidianidad, prefieren una trama que enfrente al unísono los contrarios; como lo haría en sus demás libros, como lo haría siempre, la vida era el escenario, el trasfondo de los protagonistas verdaderos de su obra, las emociones, los opuestos, la manía y la incertidumbre, la inspiración y la locura, el abatimiento, la depresión y el tedio, la tristeza repentina, la felicidad inexplicable. Zweig forma las tramas para exhibir los tempestuosos movimientos de la psique. Ésos eran sus límites, esa fue la conciencia que adquirió.

Y dentro de ellos evitó cualquier lentitud. En sus años de formación se adueñó de la técnica y en su madurez buscó una virtud que fuera suya, que fuera afín a una de sus principales características, la impaciencia. Todo lector la comparte en determinadas dosis, decía. Zweig no toleraba las descripciones pormenorizadas, los pasajes superfluos, los personajes innecesarios. Quería escribir la obra que añoraba como lector. Ágil, veloz, llena de intriga, con ese fin dedicaba noches enteras a encontrar pasajes superfluos y suprimirlos por completo. Pensó que la literatura universal adolecía de un mal insoportable para el lector, incluso le propuso a su editorial el osado plan de reducir a la quintaesencia las obras más importantes desde la Iliada hasta Los hermanos Karamazov. Obraba en cada párrafo en busca de la agilidad; a sus libros los dotaba del contraste, de la antítesis, del juego de los opuestos. La impaciencia lo condujo a una virtud.

Esas cualidades convirtieron a sus biografías en un éxito rotundo. Su vocación de biógrafo y el auge del género cuentan con diversas explicaciones. Su gusto por la historia y las innumerables herramientas que las diversas disciplinas le proporcionaron; su talento para evocar y penetrar en la psique de los personajes, en los secretos más recónditos, en las contradicciones más fuertes. Lo mismo que hiciera su maestro, Romain Rolland, Zweig documentaba cada una de sus obras con un cuidado exquisito, sin embargo, cuando emprendía la redacción, cumplía con exactitud sus máximas: ése, decía, era su principal talento; escribía cientos de páginas, consignaba todo tipo de información, pero siempre buscaba pasar con mayor velocidad de los valles a las crestas. En sus biografías y en sus ensayos utiliza el contraste como una manera de exaltar las principales características de sus personajes. En María Estuardo por ejemplo usa a Isabel: la primera más reina por descendencia; la otra, por carácter; una tierna, amada y amante; aquella, fría y severa. En Triunfo y tragedia de Erasmo de Rótterdam presenta el sosiego y la tolerancia de Erasmo, frente a la vehemencia y el fanatismo de Lutero; el uno testigo del mundo, el otro protagonista. Entre sus biografías cabe destacar por sus particularidades dos: en Fouché, el genio tenebroso, Zweig abandona a los intelectuales y las cortes por un alma atribulada por la ambición, dotada de la complacencia y el engaño, favorecida por su sagacidad cuando no por la fortuna. En Magallanes deja las cortes, las confabulaciones y los artistas por la simple y llana aventura. Y como en la miniatura sobre Balboa, en Momentos estelares de la humanidad, escribió una obra llena de emoción, mostrando la inconmensurable osadía de los conquistadores y navegantes del siglo XVI.

Además de La Impaciencia del Corazón, la novela más extensa que escribió, Zweig compuso varias novelas cortas que consiguen cautivar sin dificultad a cualquier lector. Heredero de la tradición del XIX, lector voraz de Dostoyevsky, quiso mostrar las profundidades de la psique. En Noche fantástica, cuenta la historia de un joven que añora sentirse vivo a toda costa, asumiendo cualquier riesgo, atrapando los estertores de vida en el hipódromo o en las callejuelas, con una sed incontenible, sin que le importase el dinero, su reputación, su misma vida. En Veinticuatro horas de la vida de una mujer, el autor delega en uno de sus personajes su análisis. En un casino, solo con detallar las manos, una mujer descubre a un suicida… y lo salva, y se compadece, y se enamora.

Zweig obtuvo un éxito fantástico. Sus obras fueron llevadas a los escenarios; sus biografías se vendieron por doquier y pronto fueron traducidas a decenas de idiomas. Durante estos años su colección siguió acumulando fabulosas piezas: contaba con partituras de Bach y Mozart, tenía manuscritos de Nietzsche; sus amigos, tanto escritores como músicos, no dudaban en obsequiarle más joyas para su copiosa colección… A pesar del éxito, Zweig no había recuperado el mundo que la guerra había destruido. Sufría de una irritabilidad recia, era incapaz de quedarse en un lugar y veía con estremecimiento la llegada de la vejez. También sentía algo siniestro que rondaba Europa. Muchos señalaron que parecía guardar una valija detrás de la puerta y estar preparado en cualquier momento para partir.

En una de sus conferencias habla de dos tendencias recurrentes en la historia europea. Del mismo modo que nunca dejó de pensar al hombre en medio de dos polos, también sintió que la historia estaba bajo el yugo inevitable del enfrentamiento. A la unión del imperio romano le siguió la ruptura, la disolución de la sociedad en sus partículas más pequeñas que produjeron la edad media; más adelante los intelectuales del Renacimiento encontraron la manera de discurrir en un mismo escenario a pesar de las diferencias y los temas que trataran. De nuevo aconteció la disolución, las dos fuerzas, la fuerza centrífuga y centrípeta disputándose el curso de la historia. Los nacionalismos, la reconciliación, la tregua y la guerra, eran máscaras de un flujo que pasaba de un lado a otro. Zweig había conocido los dos. La guerra separaba; la ciencia y el arte unían. El trayecto era inmisericorde. Sin embargo, Zweig mantuvo una fe particular. El tiempo se mostraba recio con las construcciones del hombre, pero también trataba con amabilidad las producciones del espíritu. El arte vencía al cambio. El artista obraba en lo duradero.

Zweig guardaba la fe tanto en la creación artística como en la perdurabilidad del arte. Tal vez nada podamos decir de la primera. Resulta un territorio inexpugnable, cuya intimidad franquea la entrada. Schopenhauer consideraba que la ejecución del arte era una forma de interrumpir el inexorable flujo de la voluntad. Si bien el hacer puede aislar o reconciliar al hombre con los giros abruptos de la realidad, la perdurabilidad de las obras está sujeta a un sin fin de golpes. Aunque lo quisiéramos las más altas producciones del espíritu no están inmunes ni separadas del cambio de las circunstancias, de la transformación de los valores. No podemos juzgar ingenua esta fe. Para Zweig el arte había sido su vida, su dedicación, su verdadera patria.

Con el ascenso del nazismo comenzó el último movimiento de su vida. El régimen repudió sus libros y los arrojó a la hoguera. En esta ocasión la herida fue más profunda. Zweig viajó, ya me aventuraba a escribir huyó, a Londres, allí escribió a favor de la tolerancia y en contra del fanatismo, mantuvo correspondencia con diferentes escritores, asistió al llamado de Rolland e incluso logró uno de sus mayores triunfos literarios: le escribió a Mussolini para que liberara un prisionero y Mussolini, admirador de su obra, lo liberó. Zweig podía irse de Europa, pero vivir en el exilio del mundo que amaba era insoportable. Tuvo que entregar su colección, dejar su biblioteca y viajar sin la biografía que estaba escribiendo, la que esperaba que fuera su mejor obra, su Balzac.

La tormenta arreciaba contra sus amigos. Unos habían quedado sin dinero, otros estaban expatriados, enfermos, sumidos en la depresión. Zweig aprovechó su fama y escribió decenas de cartas para que recibieran a sus amigos en otros países, ya fuera el Brasil, los Estados Unidos o Colombia. Incluso en las conmemoraciones y eventos que los gobiernos le hacían, adelantaba con discreción su labor fraternal. A pesar de los esfuerzos, por algunos nada pudo hacer.

La idea del fracaso absoluto cobró una fuerza incontrolable. Los esfuerzos de los grandes espíritus, los avances de la ciencia y las ventajas de la democracia se habían trucado en la pólvora de las balas, en las armas que surcaban el cielo y diezmaban la juventud. Algunos artistas estaban desamparados e inermes, escribiendo en el exilio; otros ya habían caído frente al régimen: unos habían muerto; pocos se habían convertido.

Pero el fracaso también era suyo. Las creencias que había sostenido eran repudiadas por la realidad. Creí que, teniendo lectores en el mundo entero, podría vivir en cualquier parte con la misma felicidad, y ahora no me adapto a ningún lugar. ¡Izquierda, derecha, fracaso, fracaso absoluto, sueños insensatos, grotescas ilusiones! Mi vida no fue más que una mentira aumentada a las dimensiones de un destino. Siempre me consideré vuelto hacia el mundo exterior, cuando en realidad solo me preocupaba de mi mismo. Hablaba sobre el humanismo mientras me contemplaba en un espejo. Y me creía apasionado, pero era sólo por conveniencia. Izquierda, derecha, fracaso. Toda mi vida no fue más que un error, un mal sueño del que despierto demasiado tarde. Pero dediqué tantas fuerzas a ese sueño que suscité el respeto y la admiración de todos, y la gente aún eleva la mirada hacía mí.

Su vida familiar era difícil, se había separado, fue atrapado con otra mujer en las circunstancias más ordinarias. Sin patria, Zweig comenzó a errar por el globo. Y llegó a América en busca de un nuevo aire. Llegó a Brasil.

No era la primera vez que visitaba el país. Durante los treinta había pasado por Buenos Aires, Montevideo y Sao Paulo, pronunciando conferencias sobre la situación del viejo continente. En esta oportunidad, en 1941, se instaló junto con su nueva esposa en Petrópolis, cerca de Río. Entabló relaciones con algunos intelectuales y mantuvo correspondencia con sus viejos amigos, dispersos por el mundo. Llegó a un lugar apacible y comenzó a trabajar con un vigor extraordinario.

Escribió un libro sobre Brasil, que le deparó una singular sorpresa. Los norteamericanos sintieron una viva admiración por este ensayo, mientras los brasileros se sintieron defraudados. El libro, sentenció un autor, pareciera escrito por un enemigo del Brasil, en cuanto Zweig exaltaba la sencillez y no el progreso, las selvas indómitas, la espontaneidad. Algunos, por el contrario, querían que hablaran de las construcciones y las avenidas. Después de todo, una obra de Zweig en aquel entonces colocaba a Brasil bajo la mirada del mundo.

Desprovisto de sus cuadernos, de la mano de las traducciones de sus obras, esos “hijos adoptivos”, el desconcierto de Zweig dio pasos rápidos y profundos. Leería todos los días con mayor malestar los periódicos. Las noticias de sus amigos comenzaron a faltar. De una correspondencia considerable pasó a recibir poca o ninguna. Algunas fuentes indican que pudo haber recibido amenazas de los nazis.

Su trabajo continuaba acompañándolo. Sin embargo, el Balzac quedaría inconcluso sin la ayuda de una biblioteca especializada, como las que había en Europa y en Estados Unidos. Por otra parte, su autobiografía requería una documentación más completa, faltaba la correspondencia, la sola posibilidad de confirmar algunas referencias sobre la época que había tenido en suerte. ¿Y su obra? ¿Y sus lectores? ¿Tendría que escribir en otro idioma? ¿Debía dejar el alemán?

Con todo, las lecturas se constituyeron en su principal solaz. Entre las obras de Shakespeare, Tolstói y Balzac, a Zweig le fue dado un último autor, Michel de Montaigne. En el autor de Los Ensayos encontró un clamor por la tolerancia y la libertad; también una profunda reflexión sobre el suicido. Cuando cumplió los 60 años quiso pasar inadvertido, recibió algunos detalles de sus allegados y escribió un deseo, que más adelante transcribió en una de sus cartas.

Debajo de los cabellos grises

Más suave pasa la ronda de las horas,

Porque el oro solo aparece en el fondo

Cuando apuramos hasta el fin la copa.

Los presentimientos de la noche venidera

No alarman – ¡avivan!-

Permanece la pura contemplación del mundo,

Para quien nada desea ya,

No pregunta más por lo que hizo,

No se queja por lo que dejó de hacer,

Y únicamente es la vejez

El delicado comienzo de su despedida.

Nunca el panorama brilló más libre

Que bajo el esplendor de la luz de salida.

Nunca un hombre amó la vida con más honestidad

Que bajo la sombra de su partida.

Zweig le dedicó a Montaigne su último ensayo. Compuso una de sus mejores piezas, quizá la más recordada por muchos lectores, La novela del ajedrez, donde despliega todo su talento para el análisis psicológico en un enfrentamiento: el campeón mundial que resulta incapaz de jugar una partida sin observar el tablero, contra un jugador amateur que en el cautiverio aprendió a jugar sin necesidad de piezas, de tablero y de rival.

Entre todas estas obras acaso ninguna fuera tan dolorosa de escribir como su autobiografía. En un principio barajó varios títulos, quiso llamarla Mis tres vidas, pero al final optó por el definitivo, El Mundo de Ayer. Cuánta fuerza pudo cobrar la nostalgia en el exilio, recordando la vida que consideraba perdida sin remedio. El lector experimenta la rara sensación no tanto de leer un relato personal como el recuento de un mundo a través de un testigo privilegiado. Jamás habla de sus tropiezos sentimentales, jamás nos habla de su vida cotidiana, siempre de Europa, del arte, de los encuentros excepcionales que tuvo en suerte: una tarde con Rodin, en París con Rilke, oyendo los estrenos de Strauss, sentado en la mesa con Bernard Shaw y Wells, junto con Yeats en una ceremonia especial, con Joyce tratando de encontrar sinónimos en italiano, escribiéndole a Thomas Mann, u oyendo a uno de sus mejores amigos, Freud. Nos habla también de la gestación de sus biografías y novelas, recuerda y le resulta imposible dejar de hacerlo la aspiración perpetua a la fraternidad. La nostalgia y el abandono no se opusieron a su trabajo, sino que alimentaron la que muchos consideran su mejor obra.

Zweig estaba dotado de una resolución única. En el ensayo que le dedicó a Casanova, citó “Ama la vida, pero ámala como es.” Pero, ¡cómo continuar cuando todo lo que él consideraba vivo estaba muerto! Se requerían fuerzas descomunales para empezar de nuevo y a él sencillamente le faltaban. La idea del suicidio lo había rondado durante años, no debía vivir hasta donde pudiera, sino hasta donde fuera digno. Brasil tenía otro aire, pero no era el suyo. Era imposible comenzar de nuevo, era imposible deshacerse de la nostalgia. Como Kleist, a quien le había dedicado un ensayo, Zweig aprisionó sus emociones y sujetó su vida cuando decidió su muerte.

En el carnaval de Río, ante las comparsas, la música y las carrozas, le fue dado decir: “Soy más europeo de lo que yo pensaba”. De vuelta a Petrópolis, la guerra se recrudeció. Su sombra estaba extendiéndose por el mundo entero. Las cifras de las bajas y la ruina aumentaron. La esperanza parecía absurda. De repente llegó una carta. Germán Arciniegas, que trabajaba como ministro en el gobierno de Eduardo Santos, lo invitaba a Colombia. La esposa de Zweig esperaba que aceptara la invitación para que juntos fueran de viaje. Pero no fue así. Zweig había atrapado su vida a cambio de la muerte. Estaba hastiado de errar por el mundo para leer, en idiomas distintos, noticias siempre peores. Y como Kleist, con una frialdad pasmosa, arregló cada uno de los detalles para su muerte. Escribió varios borradores de su nota de despedida, compuso cartas para sus abogados, amigos y allegados acerca de los manuscritos y el destino de sus pertenencias, incluso redactó una disculpa para su criada. Arregló el dinero, entregó los libros que le habían prestado y, para los que no pudo devolver personalmente, escribió una nota encima con el nombre del dueño. A Plucky, el perro que le habían regalado, le halló casa; finalmente dejó su declaración definitiva. Junto con su esposa se dio muerte ingiriendo Veronal, el 22 de Febrero de 1942.  

Suicidio de Stefan y Lotte

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