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Reseña De “Un Pequeño Paso Para [un] Hombre” De Rafael Clemente. Editorial Crítica

Reseña de “Un pequeño paso para [un] hombre” de Rafael Clemente. Editorial Crítica

Llegar a la Luna parece tan maravilloso que muchos consideran que semejante proeza nunca ocurrió. Durante siglos la Luna fue la inspiración de los poetas y la musa de los escritores. En la literatura se convirtió en el emblema del carácter pasajero y cíclico de la misma vida. Fue el sueño de Cyrano de Bergerac y de Kepler. Fue el viaje que soñaron a su modo H.G Wells y Jules Verne. Finalmente, cuando Buzz Aldrin y Neil Armstrong sentaron su pie sobre la superficie lunar, de algún modo bajaron a la tierra un astro que había permanecido inalcanzable y enigmático durante siglos.

La carrera espacial despierta objeciones y controversias, su carácter épico, sin embargo, resulta innegable. Tan solo pensar que los herederos de cavernícolas pusieron un pie por fuera del planeta, pensar que en el siglo XVIII el ingenio humano creó un globo pilotado por un pato, un gallo y una oveja, pensar que en 1969 ese ingenio consiguió cruzar los casi 400.000 kilómetros que separan la Luna de la Tierra; imaginar semejante progresión da una medida para el asombro. La historia ha sido narrada tanto por películas como por series y documentales, pero en muchas oportunidades la magnitud de la empresa queda eclipsada por la ligereza de las explicaciones. Resulta preciso un contexto. Conviene que los divulgadores científicos nos muestren los mil y un desafíos que debieron enfrentarse en ese momento y su extraordinaria solución.

El ingeniero Rafael Clemente no solo cuenta con una documentación extraordinaria, sino con el sentido pedagógico de llevarnos a través de los parajes más complejos explicándolos de una manera pausada y didáctica. Su narración no olvida las anécdotas y, del mismo modo que detalla en los diferentes combustibles, también nos explica la logística humana del espacio: el contenedor de los alimentos, que debe tener en cuenta la ausencia de gravedad; el desecho de la materia fecal, que no siempre funcionó bien; los utensilios de escritura, que no podían estar compuestos de material inflamable y debían funcionar sin gravedad; el material de los trajes, que además del sostén básico debía proteger de las corrientes de pequeños meteoritos. En este recuento advertimos que ir al espacio exterior consistía, entre muchos otros aspectos y desafíos, en alcanzar una solución nunca antes imaginada para cualquier tarea que, aquí en la Tierra, nos parece simple: clavar un hasta, levantar unas piedras y dar unos cuantos pasos.

 A lo largo del libro, Clemente lanza las comparaciones entre la tecnología que tenemos hoy en día y la de aquel entonces. Despierta curiosidad el capítulo sobre el ordenador que dirigía el Apollo 11. El conjunto de órdenes programadas, escritas en papel y puestas en silos, alcanzaba la altura media de una persona. Sobre las características del computador nos dice Clemente: “Empleaba dos tipos de memoria: una de setenta y dos kilobytes para almacenar programas; y otra de cuatro kilobytes para los datos.” (Pg, 136)

Entre los pasajes de esta obra hay uno estremecedor. Clemente incluye la elegía que debían pronunciar el presidente Nixon en caso de que los dos astronautas no pudieran regresar a la nave que los esperaba orbitando la Luna, manejada por Michael Collins. Una parte reza así (Pg 277): “Estos valientes, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanza para rescatarlos. Pero también saben que para la humanidad hay esperanza en su sacrificio. Estos dos hombres han dejado sus vidas en el propósito más noble de la humanidad: la búsqueda de la comprensión y la verdad.”

Buzz Aldrin en la superficie lunar

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