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Japón, La Zozobra Del Pensamiento

Japón, la zozobra del pensamiento

Texto y fotografías Fernando Galindo G

Prohibidas las fotografías, como en la gran mayoría de los museos, abrí mi cuaderno y comencé a trazar dibujos y tomar notas con un esfero. Una de las vigilantes se acercó y me entregó un lápiz. Señaló la hoja y en medio de las venias y las sonrisas se fue. Estaba en la retrospectiva de uno de los creadores de anime más importantes del Japón, Isaho Takhata (1935-2018) conocido en Latinoamérica por la serie de Heidi, la niña de la pradera, y por “La tumba de las luciérnagas”. De pronto me entregaron el lápiz porque estaba dibujando, quizá era gentileza, pensé. Museo de Tokugawa Ieyasu, Nagoya. Veo la armadura del gran guerrero, sigo por el corredor hasta la sala principal, abro el cuaderno y, de nuevo, sucede: una señora me sonríe con la misma sonrisa que desconcertó a Lafcadio Hearn (1850-1904), el gran viajero de estas tierras, y me entregó no un lápiz sino una punta de grafito clavada en una delgada paleta de plástico. Los esferos eran prohibidos, sin importar que todo estuviera en una armadura de cristal.

A pesar de los días y las continuas visitas, la estación principal de Kioto seguía pareciendo un laberinto de corredores, escaleras y entradas, llena de pasadizos comerciales que terminaban comunicándose entre sí. En la ciudad, de un lado estaban los templos y los santuarios, la tranquilidad de los jardines, los parques donde los observadores de pájaros fisgonean la vida privada de los búhos. Del otro era el bullicio del comercio, los edificios de máquinas tragamonedas, las tiendas con los postres más exquisitos, costosos y diminutos. Entramos a la estación y aguardamos el Shinkansen: era preciso aguardar el minuto exacto de la llegada. Pasamos las máquinas dispensadoras de bebidas, no con las gaseosas sino con una encantadora variedad de té verde, y nos dimos a la tarea de descansar mirando la sinfonía de movimientos precisos alrededor del tren bala. De repente, al lado de las canecas, se estacionó un carro parecido a un carrito de golf. Un hombre bajó, miró las canecas metálicas casi vacías, sacó un enorme llavero, insertó la llave y deslizó las puertas para extraer las bolsas de basura, las subió al carro, las arropó con una cobija y manejó discretamente por la plataforma desocupada. Como llegamos temprano, vi la repetición del ritual: el carro, las llaves y la basura protegida con una cobija.

No queríamos que el viaje estuviera confinado a los distritos comerciales. Verónica conocía Tokio como la palma de su mano y a ninguno nos interesaba el bullicio de las compras o las multitudes, fue inevitable caer, claro, pero era importante hacer el esfuerzo por distanciarse. Queríamos presenciar el mayor enigma de Japón: su naturaleza en sus volcanes y temblores, en su belleza única, sutil. Camino a Hakone vimos al viento animar la espesura de la montaña como si en su interior acabara de despertar una enorme criatura. En el tren bala tuve la única oportunidad de divisar el Fuji, imponente a pesar de las nubes que intentaban envolverlo: cuando quisimos verlo un tifón lo evitó. Esa vez decidimos ir a las afueras de Tokio, una amiga nos mostraría la montaña de Takao.

La bruma permitía ver una naturaleza densa, donde sobresalían con dificultad las estatuas. Decidí que haría muy poco tomando las fotografías a color. Vi las lámparas de piedra al pie de los caminos, vi las tories de madera que señalaban la entrada a un templo, vi una infinidad de zorros hechos de piedra, la mayoría protegidos de la lluvia por un impermeable. La montaña entera era un templo a cielo abierto. Los arquitectos de las Iglesias católicas las modelaron a partir de una idea particular, la compasión, la obediencia, la comunidad, como si quisieran recrear la atmósfera de las primeras oraciones. En el Japón, se cree que las fuerzas de la naturaleza son gobernadas por los espíritus, el sintoísmo es el telar de fondo de todas las creencias y las filosofías, carece de cuerpo doctrinario, quizá haya una relación entre su aparente sencillez y su indiscutible vitalidad. El abandono de este templo era solo aparente. Los devotos aún cuidan a sus dioses.

Museo de Hiroshima. En la entrada dos relojes miden dos momentos, el tiempo desde el último ensayo nuclear y el tiempo desde la explosión de agosto de 1945. Después de consultar un par de libros y ver algunos documentales no consigo imaginar como Japón conmemoraría semejante tragedia, cómo encontraría la manera de retratar la dignidad a pesar de la pesadilla. La recopilación de testimonios dificulta la tarea. Entramos al museo y advertimos que nunca como acá el espíritu japonés compuso cada elemento y cada sala para que rigiera el mayor de los respetos. Aparecen las fotografías, las pocas que se pudieron tomar, aparecen también los testimonios, los videos y los dibujos, los objetos de metal que apenas se mantienen pie, (la figura de un Buda resquebrajado, las brasas de un triciclo). El estudio de la explosión arranca, paso a paso, desde la carta de Einstein a Roosvelt, que compuso en realidad Leo Szilárd, hasta las explosiones, cuyo efecto es analizado desde las primeras milésimas de segundo. El museo conserva una pieza que desafía la imaginación: los dos peldaños de piedra y el rellano donde la onda de calor convirtió a una persona sentada en el rastro más ligero de una sombra. Hoy los cuervos vuelan por entre los vestigios del domo, símbolo de la ciudad. La heroica recuperación de Hiroshima se desarrolló a la luz de la idea de convertirse en un tributo imperecedero a la paz. El primer tranvía que funcionó después de la bomba, a los tres días de la explosión, continúa trabajando hoy.

No, no creo que pueda entender, a pesar de los libros y la historia, a pesar de la literatura y la filosofía. Está la barrera del lenguaje, que sirve de inevitable punto de partida para el pensamiento. Está la barrera de una tradición, de la cual ellos dan cuenta en rituales, pero no en una doctrina. Están las enseñanzas de la geografía, donde la belleza quedó entretejida en el riesgo de un terremoto o de un tifón. Este desconcierto ha sido quizá un compañero de camino, he aprendido aquí y allá, he llenado los mil y un espacios en blanco, sé que cambia y, al tiempo, continua bajo otra forma. Leo un libro sobre la recuperación de Hiroshima y me estremezco de la perseverancia y la valentía. Encuentro una serie de documentales sobre las masacres que perpetraron los japoneses contra los chinos, la peor en Nankin, en 1937, donde los misioneros occidentales dejaron el testimonio de la crueldad plena, sin omisión. De nuevo, y creo que para siempre, este desconcierto que aparece a cada paso; de nuevo la sensación de que lo aprendido impide desfallecer.

Las demás fotografías las puedes ver en https://www.flickr.com/photos/29806366@N06/albums/72157710621152432

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Apreciado Fernando:
    He visto las fotografías de su reciente viaje a Japón. Le agradezco la generosidad que tiene al publicar estas hermosas imágenes.
    También leí su ensayo dedicado a Tolstoi y Wittgenstein. También gracias por retornarme el amor por este maravilloso autor de los diarios secretos, esa muestra preciosa de una sensibilidad protestante, ascética y artística.

    Le reitero mi gratitud por nuestra conversación también.

    Joan.

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