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Recordarlo Todo

Recordarlo todo

No es ninguna noticia, pero nuestra vida está tejida entre olvidos y recuerdos. Con el paso de los años aprendemos algunas de las mecánicas de nuestra memoria, el modo y la manera en que recordamos con mayor facilidad los rostros y las situaciones, sin embargo somos víctimas de sus caprichos. Nuestra memoria desobedece. Insiste en traernos una canción cuando queremos recordar nuestros compromisos de la tarde. Desaparece las fechas, los números y los versos; pareciera sentir un gusto macabro disolviendo las fórmulas que aprendimos durante el colegio.

Hoy vivimos un episodio más en nuestra relación con la memoria. Los computadores y los celulares almacenan tanta información que parece inoficioso dedicarse a desentrañar las técnicas nemotécnicas, con todo conviene comprender que cuando memorizamos determinada información, cuando nuestro entendimiento crea recuerdos, no los guarda a la manera en que los guarda una computadora: cuanto conservamos se transforma en una herramienta para nuestro intelecto, en un instrumento en la percepción y la comprensión de cuanto nos rodea. Recordar no solo es guardar. Lo supieron las tribus nómadas que estudió la antropóloga Lynne Kelly, en cuya obra se estudia las ingeniosas maneras en que guardan la información en sus canciones y en sus tótems. Lo supo Simónides allá en la antigua Grecia, en la mayor de las técnicas que se ha concebido hasta nuestros días, los palacios de la memoria. Memorizar es integrar una serie elementos a nuestra comprensión.

Cuando se estudia la obra de Frances Yates, “El Arte de la Memoria”, se queda pasmado delante de las capacidades que desarrollaron algunos intelectuales antes de la popularización de la imprenta. Pareciera que el relato de Borges, “Funes el memorioso”, no estuviera tan distante de la realidad. Plinio refiere varios personajes de memoria prodigiosa. Sin embargo, Yates cuenta los asombrosos alcances de la técnica de Simónides a lo largo de la edad media y entrada la modernidad: en la primera nos cuenta de Santo Tomás memorizó la Biblia y podía recitar los versículos de adelante hacía atrás o de atrás hacia adelante; en la segunda nos habla de Giordano Bruno, que transformó su memoria en una biblioteca de cientos de ejemplares. En varias de sus entrevistas, el crítico literario George Steiner cuenta cómo varios intelectuales ofrecían los libros que habían memorizado a las demás personas en los campos de concentración, en caso de que necesitaran repasar algún argumento o escuchar, de nuevo, una historia.

Entre todas las condiciones no hay una más fascinante que la denominada “Hipertimesia”. Según refiere la BBC se encuentran más de sesenta personas en el mundo con esta condición. En su autobiografía, la norteamericana Jill Price cuenta cómo pasa los días con una memoria que conserva todo: el clima, las minucias del desayuno, las noticias de la noche, la conversación que había escuchado por accidente, los programas televisivos de la tarde. Jill puede recordar cualquier cosa que guarde una relación directa y emocional con ella: si no existe tal relación su memoria es como la de los demás. Entre los demás casos que se han registrado, incluyendo el de Jill, se sabe los innumerables problemas de convivencia que trae esta condición, porque no solo se recuerda, sino que se recuerda con tanta fidelidad que las emociones que se despertaron en aquel entonces vuelven a surgir. Es claro, el horizonte de nuestro entendimiento necesita una dosis de olvido.

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