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Borges, La Guía Del Laberinto

Borges, la guía del laberinto

¿Qué se puede decir de Borges cuando él mismo escribió su propia entrada en una enciclopedia futurista, con algunas encantadoras erratas? De su obra quizá fue el lector más sesudo y crítico. De su poética no hubo quien la expresara mejor en unos cuantos versos. Amigo de las entrevistas, pero más amigo del diálogo, Borges no sólo dejó una obra cuyo valor ha ido creciendo en la estima de los lectores, sino también una imagen absolutamente suya. Borges solía decirlo de otros autores, pero nosotros podemos decirlo de él: por un lado nos dejó su obra, por otro su imagen.

Su figura nos recuerda a muchos la trascendencia y la admiración de la lectura; pareciera imposible pensarlo, así dice Bioy, sin la presencia de los libros. Están las fotografías, las anécdotas de la Biblioteca Nacional, la historia de su juventud releyendo los seis tomos de “La decadencia y ruina del imperio romano” de Gibbon. En su obra existen miles de referencias de su paso por las muchas lecturas. Ese lector extraordinario, de una amplitud de miras que todavía sorprende a los mayores eruditos, obró con una generosidad inusitada. En ocasiones es sencillo encontrar una orientación razonable en el mundo de los libros, pero con el paso de las lecturas y de los años nos adentramos más en el laberinto, damos vueltas, concedemos oportunidades y a menudo no hallamos salida. Borges brinda esa referencia, esa historia, el eco de una trama, las afinidades entre libros y lectores.

Como guía del laberinto que hay entre los libros y los autores, Borges ofrece momentos realmente insólitos. Que hable de la literatura anglosajona no es una sorpresa, pero que no mencione a Sterne, a quien tradujo su maestro Alfonso Reyes, es una curiosidad. Borges escribió la entrada sobre literatura portuguesa en la famosa enciclopedia Jackson, resulta una sorpresa que los autores que él más estima en esta latitud sean los menos frecuentados por sus lectores. Que haya escogido justo entre las novelas de Hesse la más distinta y compleja de todas, “El Juego de los abalorios” y que en lugar de “Crimen y castigo” haya preferido “Los demonios” en su “Biblioteca personal” despierta varias inquietudes.  Otra de las virtudes de nuestra guía es su honestidad: la fuerza de la tradición era incapaz si sus argumentos o sus gustos señalaban un camino contrario, ya fuera “Madame Bovary” o el “Fausto” de Goethe.

Cuando se revisa sus “Obras completas”, nombre problemático en este caso como en tantos, se advierte que no sólo los prólogos, los ensayos y las conferencias encierran esta riqueza, también está en sus relatos y en su poesía, y en las entrevistas donde brilla de una forma particular. Estas piezas hoy están al alcance de casi todos. Ni en mis mayores sueños de lector, hace veinte años, hubiera imaginado estar a unos segundos de escuchar al más profundo amor por la lectura hablar de la gratitud y la enseñanza por los tantos libros.

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