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Arquitecto De Turistas

Arquitecto de turistas

La burla es fácil y las bromas al respecto son comunes: los vemos en las plazas abriendo un mapa que no saben doblar de nuevo, buscando a un lado y al otro un monumento que tienen casi al frente de sus narices. En el coliseo Romano deambulan en enormes tropas detrás del guía y la consabida banderita. Delante de la Mona Lisa en Francia toman decenas de fotografías. En Barcelona invaden las Ramblas, en Florencia no dejan ver Las puertas del paraíso, tanto es su número que en Venecia se implementó desde el 2018 limitar su entrada para que la ciudad no colapsara durante el carnaval. Las burlas y las quejan están a la orden del día, pero todos, en algún momento, hemos sido turistas, sin importar la variedad.

Son varios los escritores que establecen la diferencia entre el viajero y el turista, como si al primero le sobrara una nobleza que el segundo, sencillamente, no alcanza. Pero más allá de las diferencias y las opiniones, el fenómeno del viaje ha sido consustancial a nuestra historia, desde la aparición misma de la especie: ha sido consustancial, desde luego, con la vida. Las migraciones más asombrosas lo muestran: el ñu en el corazón del áfrica, las ballenas en los océanos o el mayor viajero de toda la naturaleza, el charrán ártico (sternea paradisea), que vuela cada año 71.000 kilómetros, alcanza días de 700 kilómetros y a lo largo de su existencia cumple, sin problema, la distancia media que separa a la tierra de la luna: los 384.403 kilómetros de ida y los de vuelta.

Si existen autores que narran la historia refiriendo las batallas y los cambios de sistemas políticos, también existen otros que elaboran el inventario de los viajeros y de sus expediciones. Su narración habla de los viajes míticos de los griegos, de las referencias verdaderas de la Odisea y de las exageraciones extraordinarias de Heródoto. Nos muestran la marcha de la familia Polo a través de Asia, donde vieron a los mongoles bebiendo la sangre de los caballos que montaban; también de Ibn Battuta y el paraíso de placeres sensuales que halló al sur de la india. Explican la marcha de los peregrinos que buscaron las reliquias en los templos medievales. Están los capítulos dedicados a los marinos de Enrique el navegante que bordearon las costas del áfrica y a los vikingos que bajaron por los ríos de Rusia.

Exploradores, expedicionarios, viajeros; la palabra turista, sin embargo, encierra una connotación diferente. Marco Polo no tenía una “entrada libre” a todo el imperio mongol, sino una tableta dorada expedida con fines políticos por el mismísimo emperador; los espectáculos circenses que vio Ibn Battuta en la India no fueron solo un entretenimiento sino una demostración de poder; y sería verdaderamente extraño si los pasajeros de un crucero sufrieran el escorbuto que aquejó a la tripulación de Vasco de Gama. El turista es un viajero, sí, pero se desplaza por una infraestructura diseñada especialmente para él. Algunos dicen que lleva su casa a cuestas, pero el lujo del hotel es provisional frente a la comodidad duradera del hogar. Paul Bowles dijo que mientras el turista se afana en regresar, el viajero pertenece menos al lugar donde se encuentra que al próximo paraje de su destino. Más allá de las diferencias, es importante añadir a esos libros una sección dedicada al arquitecto de los turistas.

Corría el siglo XIX, los medios de trasporte hicieron una impronta considerable y compleja: las locomotoras aparecieron y la red ferroviaria no dejó de crecer a lo largo del mundo. Tatiana Escobar cuenta en su encantador libro “Sin domicilio fijo” que un pastor inglés, Thomas Cook (1808-1892), reconoció las inmensas posibilidades que encerraban los trenes y acometió el primero de los muchos viajes de turistas que llevaría en su vida. Concertó la estadía, habló con las agencias de trenes y, en 1841, llevo a más de quinientas personas a participar en un congreso de abstemios. Así comenzó esta historia. El éxito no vino fácil, hubo traspiés al principio, pero la persistencia de Cooke y las posibilidades del negocio eran imposibles de contener. La empresa ofreció viajes de Inglaterra a Paris, viajes a los Estados Unidos, viajes a las ferias mundiales; el mismo Cooke hacía las veces de guía turístico, ganaba por comisiones en los billetes de tren, ganaba comisiones por las estadías del hotel, por las reservas, etc. Publicó, por supuesto, las guías turísticas para las diferentes rutas. Vendía el paquete completo, además inventó los “cheques de viajero”. El último viaje que realizó fue a tierra santa, destino especial si lo hubo para él y para muchos. Del cruzado y el peregrino medieval, finalmente, llegamos al turista moderno.

De la mano de Thomas Cooke y su empresa, a causa de la extraordinaria demanda que había por los viajes, los demás cambios sucedieron rápidamente. Tatiana Escobar nos cuenta cómo los hoteles debían renovarse a la luz de los cambios en los trenes y en las embarcaciones. César Ritz supo qué debían brindar, no sólo atendía a las peculiaridades de cada huésped, sino que se alió con un prestigioso chef. Pronto su autoridad entre las elites se volvió incontestable. Un librero alemán de nombre Karl Baedeker diseñó las guías turísticas más completas del mercado, con mapas plegables, ilustraciones y un sistema de valoración por estrellas, que después seguiría la guía Michelin.

Ciento cincuenta años después el fenómeno del turismo ha crecido a pasos agigantados. Para muchos viajar es parte del mismo conocimiento, para aquellos es el complemento necesario de la sensibilidad, para estos un momento indiscutido del placer. Sabemos que el turista cuenta con sus triunfos, con su hartazgo, con sus epifanías. ¿Que recibe burlas en todas partes? Claro, es parte del pasar.

Bibliografía

  • Escobar Tatiana, “Sin domicilio fijo”. Editado en la colección Paidós Amateurs. México, 2002
  • VV.AA. “Hacia los límites del mundo”. Editado por Círculo de lectores. Barcelona, 1992
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