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Meditación A La Montaigne

Meditación a la Montaigne

En medio de las masacres más crueles y los temores de la guerra, en medio de las fuerzas del fanatismo y la superstición, Michel de Montaigne (1533-1592) se dio a la tarea de formar un arsenal con millones de preguntas que dirigió contra la presunción del ser humano y la filosofía, contra la historia y la religión, pero quizá más importante, por fuera de la altivez del cinismo, Montaigne giró ese poderosísimo arsenal para que cayera sobre sí. En sus “Ensayos” no hay temor por declarar la ignorancia, como lo hiciera su maestro Sócrates; tampoco de modelar el perfil de un sabio imperturbable ante el lector. Montaigne no escondió sus vergüenzas ni sus debilidades. Sabía que la única forma de buscar la sabiduría era de la mano de la sinceridad. Y de esa manera entró al laberinto de las presunciones humanas. “¿Qué sé yo?” era su famosa consigna.

Allá en Burdeos donde se alza la torre de Montaigne todavía se consiguen descifrar las frases que labró en las vigas del techo. Se sabe que Epicuro decidió verter su filosofía en una serie de máximas para el uso de sus discípulos. Cabe decir que ambos pensadores reconocían que la fuerza de la ilusión y la ignorancia necesita ser combatida a diario. La primera meditación es muy sencilla, la sabiduría es el jardinero que debe luchar contra la maleza de la ignorancia una y otra vez, no sólo en los demás sino en sí mismo. Tendemos hacia la presunción, refiere Montaigne; sufrimos una profunda urgencia por llegar a una conclusión aunque no dispongamos lo suficiente para alcanzarla. Conviene recordar nuestra situación en el mundo, la fuerza de nuestras capacidades, los males de la soberbia. Las frases de la torre son eso. Ante nuestras irremediables tendencias, bueno es recordar: “Soy un hombre y nada de lo que es humano me es ajeno.” (En Terencio, Heautontimorumenos I) o “¿Por qué glorificarte, tierra y cenizas?” (En Eclesiastés, 10:9).

Las frases de la torre no son una suerte de resumen del pensamiento de Montaigne, como sí lo fueron las máximas capitales de Epicuro. Eran lugares para su memoria, facultad de la que se quejó en varias oportunidades, y caminos para su pensamiento. Sus “Ensayos” son la clave. Cuando Montaigne alcanzó los treinta y siete años sintió la imperativa necesidad de retirarse del mundo y consultar la sabiduría de los grandes libros, inició así una obra donde entabla diálogo sobre diversos temas, pero no quiso escribir a la manera de los escolásticos ni de los académicos, quiso referirse a lo más inofensivo y a lo más trascendental… y ensayar, asumir varias perspectivas, ayudarse de la obra de Lucrecio o de Séneca, reflexionar sobre qué sabía él, qué podía aprender, qué valdría la pena mostrar. Así habla sobre la educación y la soledad, de la muerte y del suicidio, nos habla de la fuerza de la imaginación y medita sobre la soledad, pero también habla sobre los pulgares, los dientes, la postura de un puerco delante de una tormenta o la aparente religión de los elefantes. A menudo los títulos desconciertan, pero tan pronto se pasa las primeras páginas emerge el tema; su lectura no es sencilla: las referencias latinas y griegas abundan, las digresiones no faltan, Montaigne sigue la corriente de sus pensamientos y su memoria, ofreciendo un instante de su inquietud. En cuanto se cruza esa brecha su lectura es más que provechosa. El testimonio y el cariño de dos autores contrarios entre sí tendría que ser suficiente: por un lado Rousseau, el autor de “Las ensoñaciones de un paseante solitario” cuya deuda con Montaigne es considerable; por otro Voltaire, que bien lo comprendió como uno de los cimientos de la tolerancia.

El tema de Montaigne es el propio Montaigne. Se vale de la literatura clásica pero también de una capacidad inusual para la introspección: viaja dentro de sí en aras de explorar sus apetitos y sus pensamientos. Su obra no es una autobiografía en el sentido convencional de la palabra. Montaigne, sin embargo, nos cuenta tanto de sí que muy pronto se despierta una cálida familiaridad con él: sabemos de su padre, por quien sentía una profunda gratitud, que dispuso toda la sabiduría de los profesores de la época para educar a su hijo de la mejor manera posible, así lo refiere en “De la educación”, (Ensayo 25, vol i), sabemos de su espantoso accidente a caballo, donde su vida estuvo pendiente de un hilo, que le dio lugar a una serie de reflexiones acerca de uno de los temas recurrentes de su obra, la muerte; sabemos de su mejor amigo, Étienne de La Boétie, sobre quien escribió uno de las piezas más hermosas del libro, “De la amistad”. Existen riesgos en este tipo de escritura, sin embargo armado contra la presunción se muestra más humano, más honesto. Quién encuentra algo verdadero en sí mismo quizá encuentre algo de utilidad para los demás. (“La ejercitación”, en “Ensayos ii, 6)  Esta es otra de sus meditaciones.

De todos los ensayos el más inquietante es “Apología de Raimundo Sabunde” (Ensayos ii, 12). Con el ánimo de defender a un autor que había traducido por petición de su padre, Montaigne se da a la tarea de elaborar la disección más profunda y estremecedora a la presunción humana. Nada queda en pie. Aquí se encuentra la cita ya famosa que da mucho qué pensar: “Cuando juego con mi gata, quién sabe si es ella la que pasa el tiempo conmigo más que yo con ella. Nos entretenemos con monerías recíprocas. Si yo tengo mi hora de empezar o de rehusar, ella tiene también la suya”. (Sigo la versión de “Ensayos, ii, 12” en la versión de Acantilado)

A medida que se leen los “Ensayos” en orden se advierte la maduración de ciertos temas. En el primer tomo su escritura sigue los derroteros de la época, no obstante, mientras avanza, su obra se libera de sus ataduras, ya en el último tomo el diálogo con el lector y consigo mismo es sobrecogedor. Las reflexiones ahora ganan no solo por sus lecturas sino por su experiencia; sus ejemplos provienen de haber sido un testigo privilegiado de una época de transformaciones abruptas y fanatismos. Del espectáculo de la vida Montaigne lo vio casi todo: las epidemias que asolaban a los pueblos, las masacres perpetradas entre los cristianos, las historias del nuevo mundo, la muerte absurda de su hermano, la exquisita tontería de los académicos, la admiración y el cariño de su discípula y editora, María de Gournay, pero más allá de la vida delante suyo estuvo el estudio de su propia alma: su obra muestra como su introspección se volvía más fina, las últimas piezas demuestran esta virtud.

Como la palabra meditación hoy muestra varias connotaciones, terminemos citando este pasaje que se explica por su cuenta:

“Cuando danzo, danzo; cuando duermo, duermo; incluso cuando me paseo en solitario por un hermoso jardín, si mis pensamientos se ocupan de ocurrencias ajenas durante cierta parte del tiempo, durante la otra parte los vuelvo al paseo, al jardín, a la dulzura de esa soledad y a mí mismo.”  (“De la experiencia”, en Ensayos iii, 18)

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