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Sobre “Conversaciones Con Arthur Schopenhauer”. Editorial Acantilado

Sobre “Conversaciones con Arthur Schopenhauer”. Editorial Acantilado

Cuando observamos los daguerrotipos de Schopenhauer se asoma el rostro de un hombre ensimismado, de pelo revuelto y mirada penetrante, que exhibe una cabeza incapaz de contener los miles de pensamientos que se agitan en su interior. Vemos un viejo cascarrabias sin un ápice de abatimiento. Cuando consultamos su biografía sabemos que su rostro lo delata. El inventario de odios de Schopenhauer es casi tan largo como el mundo, va desde las mujeres hasta los hombres, de la filosofía hegeliana al mismo espíritu alemán. Sin embargo, en la noche cerrada de sus odios pasa el brillo de sus alegrías como el vuelo de un puñado de libélulas.

Su filosofía ha sido considerada el emblema del pesimismo. Escritores tan disímiles como Jorge Luis Borges y Thomas Mann han considerado fundamental la lectura de sus escritos y no sólo “El mundo como voluntad y representación”. Ahora contamos en español con nuevas traducciones de sus ensayos e incluso de sus diarios de viaje, también se consiguen al menos dos biografías. Según Bryan Magee la impronta de su obra en la modernidad resulta incuestionable. La fuerza de su sistema, la gran idea que pensó, todavía hoy despierta la atención de miles de lectores que sonríen ante la provocación de sus palabras, que admiran las imágenes de su prosa, que reconocen la profundidad de sus ideas, que se sorprenden ante la relación de sus conclusiones con las filosofías de la India. Recientemente a nuestro país acaba de llegar “Conversaciones con Arthur Schopenhauer”, editada por el sello Acantilado, una obra que narra numerosas anécdotas del gran pensador alemán. De su lectura caben rescatar varios pasajes.

Según Schopenhauer el mal es la verdadera esencia del mundo. Una fuerza oscura y ciega late detrás de cada una de las criaturas, obligándolas a continuar con una vida sin propósito y a reproducirse sin una razón. En semejante escenario, que Schopenhauer describe con una belleza literaria irónica, la desolación pareciera una conclusión inevitable, sin embargo el filósofo encuentra algunas salidas: la renuncia, que alimenta a cuentagotas los deseos; el arte, que hipnotiza por un instante la voluntad. En el peor de los mundos posibles, considera, hay un margen estrecho para la felicidad. Schopenhauer dedicó a este tema uno de sus ensayos más brillantes.

La persona detrás de la filosofía siempre será un tema lleno de atractivos para los lectores. Ya en su madurez, cuando la fama tocaba a sus puertas, Schopenhauer era conocido por sus excentricidades. Las personas lo veían caminar apurado junto a su fiel perro “Atma” (Atma quiere decir “alma del mundo” en sánscrito) a quien trataba de una manera muy curiosa: mientras las personas se denigran entre sí llamándose “animales”, Schopenhauer regañaba al pobre “Atman” llamándolo “hombre”. Los desencuentros con su criada, a quien le dejó una pensión después de su muerte, eran el desayuno de la mayoría de las mañanas. Como conversador Schopenhauer era notable, las personas admiraban su elocuencia y si bien sufrían con paciencia la sordera creciente del filósofo, tenían el privilegio de escuchar de su voz la leyenda del Buda, con quien su pensamiento guarda una innegable afinidad. Para Schopenhauer la música era la música de Rossini, cuyas composiciones había mandado transcribir para tocarlas en su flauta, que hoy se conserva en un museo en Frankfurt.  Cuando llegaban a verlo sus discípulos más jóvenes, que lo admiraban con fervor, la conversación llegaba faltamente a uno de los blancos más odiados por Schopenhauer, el matrimonio, al respecto dice: “(…) casarse es lo mismo que, con los ojos vendados, meter la mano en un saco lleno de culebras con la esperanza de extraer entre ellas la única anguila.” (Página 169) Esta silva de anécdotas es afín a la imagen que muchos guardan del filósofo, pero quizá brindan una semblanza incompleta. Luis Fernando Montero, el traductor y editor de este volumen (y autor también de una biografía sobre Schopenhauer editada por Trotta), reúne otros episodios acaso más desconcertantes: menciona la cantidad de retratos de perros que había en la casa de Schopenhauer, que despertaban su alegría y orgullo; los testigos hablan de la añorada visita que hizo a la jaula de un orangután, donde advirtió que la mirada melancólica del animal reconocía en el ser humano a su pariente más próximo. También cuentan cómo el bastón del filósofo rescató a un muchachito que casi fallece ahogado y por quien Schopenhauer sentiría un cariño casi paternal. Entre todas las anécdotas la que refiere Lucia Franz es la más particular, tanto que el mismo Montero nos exhorta a leerla con un grano sal: en sus últimos años, cuando a su alrededor las personas se movían en la punta de los pies, una niña jugaba con el adorado perrito de Schopenhauer, “Atma”: la niña abría los libros con ilustraciones de su biblioteca y miraba los regalos de navidad que tenían preparados en la casa: un regalo para la criada, otro para el filósofo y otro para el perrito. Schopenhauer y Lucia se divertían entre sí, peleaban, se volvieron cómplices, quizá amigos. Después de la muerte del filósofo, la familia Franz visitó a la criada y al perrito, que cuando los sintió los saludó entre aullidos y gestos de alegría. ¿Qué necesidad tenía Lucia Franz de hacer lucir así al filósofo del pesimismo? ¿Qué necesidad tenía Schopenhauer de hablar de perros con una niña? ¿Desmiente una inesperada amistad la maldad del mundo? ¿No puede ser parte de la estrecha ventana para la felicidad?

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